Estadio de Sarriá, feudo de RCD Español, Barcelona, verano de 1982. Mundial de España.

En seis días estivales y luminosos, del 29 de junio al 5 de julio de 1982, el ya demolido estadio ‘periquito’ fue el escenario del que quizás es el mejor triangular de selecciones que se ha disputado hasta la fecha. Los participantes: Brasil, Italia y Argentina.

Se jugaba un triangular como consecuencia del extraño formato que la FIFA dispuso para ese Mundial. Había cuatro cuadros iguales y luego los cuatro vencedores de cada uno de ellos pasarían a semifinales.

Durante los citados seis días no sólo acompañó el fútbol y los cánticos de los aficionados, sino también la luminosidad veraniega del cielo. La señal de televisión ayudó a apreciar la belleza de las camisetas de tres selecciones que, por aquel entonces, ya acumulaban seis campeonatos mundiales, cuando tan sólo se habían disputado once. España’82 era la duodécima edición del torneo.

Además del nivel y la calidad futbolística de los tres contendientes, la riqueza cromática de las indumentarias era fantástica. Se vieron el azul, el negro, el celeste, el amarillo, el verde… Una completa paleta de colores. Además, en esa época los equipos no se cambiaban las camisetas porque coincidiera un color: cada uno jugaba con su primera elástica en la mayoría de los encuentros.

Se vieron en Barcelona, bajo esa preciosa luz de julio, la verdeamarelha, la albiceleste y la azzurra.

Argentina venía de ganar su primer Mundial, acontecimiento deportivo que quizás fue el más usado políticamente tras los Juegos Olímpicos de Berlín del 36; preludio, propaganda y reafirmación del régimen nazi. En el caso de la nación del sur del continente americano, esta vivía bajo el yugo de la imperante y despiadada dictadura del general Videla.

Los argentinos mantenían el esqueleto del grupo con el que habían alcanzado el cielo cuatro años antes, aderezado con algunos brochazos brillantísimos. Especialmente atractivo era el niño prodigio nacido en Villa Fiorito: Diego Armando Maradona. Seguían Fillol, el ‘Caudillo’ Passarella, el ‘Matador’ Kempes y un liviano jugador de enorme calidad, Oswaldo Ardiles, que en aquellos tiempos, con la controversia de las Malvinas, se consideraba que había dado el salto al “enemigo”, puesto que fichó por el Totemham inglés.

Brasil había maravillado en la primera fase de aquel campeonato con un fútbol preciosista y efectista, en la ciudad que quizás mejor podía haberla acogido, Sevilla. Y ya parecía haber abandonado, para gloria del fútbol, sus oscuras participaciones en los mundiales de 1974 y 1978.

Daba la sensación de que La Canarinha volvía a la esencia de su genuino fútbol, el que emergió en el Mundial de Mexico’70, donde por última vez fue fiel a la misma. Los Jairzinho, Pelé, Clodoaldo o Carlos Alberto tenían por fin un relevo de garantías en los Junior, Cerezo, Zico, Sócrates, Falcao y Eder. Otro equipo que, como el setentero, tenía que usar “dieces” en los laterales. El sacrificio táctico merecía la pena.

Italia hizo una lamentable primera fase en la que logró clasificarse con tres empates. Sus títulos mundiales eran muy antiguos, de 1934 y 1938. Además, aun estaba fresco un escándalo de apuestas deportivas, el llamado ‘Totonero’, que en 1980 provocó la sanción de 2 años de su delantero centro, y a la postre máximo goleador del Mundial’82, Paolo Rossi.

No obstante, su participación en el anterior Mundial había sido esperanzadora. Cuarto puesto, pleno de victorias en la primera fase, incluyendo la lograda ante Argentina, futuro campeón. Y además con un dibujo táctico muy engrasado y basado en la Juve.

El partido decisivo: Italia – Brasil

Los dos primeros duelos prepararon lo que sería el último y decisivo encuentro, el célebre Brasil-Italia, uno de los choques más bellos que nos ha brindado el fútbol en toda su historia. Al nivel de la semifinal Italia-Alemania de México’70 o del Alemania-Hungría, en Berna, en el campeonato de 1954 en Suiza.

Los teloneros de aquel extraordinario partido entre brasileños e italianos fueron el Italia-Argentina (2-1) y el Brasil-Argentina (3-1). Así que los antecedentes anteriores al último choque, que era el decisivo, permitieron llegar a Brasil e Italia con opciones de alcanzar las semifinales. A los amarillos les valía el empate por haber marcado un gol más que los azzurri. A estos segundos sólo les valía ganar.

Aquel 5 de julio, Brasil alineó a Peres, Leandro, Óscar, Luizinho, Cerezo, Junior, Sócrates, Zico, Éder, Falcao y Serginho; e Italia formó con Zoff, Cabrini, Collovatti, Gentile, Scirea, Antognoni, Oriali, Tardelli, Conti, Graziani y Rossi.

No iba a ser fácil para los favoritos, los brasileños, ya que a los cinco minutos Italia se adelantó en el marcador. Cabrini desde la izquierda puso un centro en esa zona venenosa del área en la que el portero y la defensa están a merced de cualquier delantero que entre de cara con decisión. ¿Quién lo hizo? El gran Paolo Rossi, quién si no, que remató en el segundo palo sin marca.

Tan sólo 7 minutos después se produjo el empate con un gol de una belleza imponente. Sócrates recibió de saque de banda, tres metros por detrás de la línea del centro del campo. Avanzó con esa elegancia y forma de correr que le caracterizaban, y traspasó la zona ancha. Sócrates no conducía el balón; directamente lo llevaba en los pies. No necesitaba prestarle atención, era un objeto al que solo golpearía cuando hubiera visionado todo el tapete en su extensión. Desde su enorme estatura empezó a otear el campo italiano. Se apoyó en Zico, que con un arrebato de genialidad se fue de tres italianos, tacón por la espalda incluido. Luego este se la devolvió a Sócrates, que venía de cara corriendo como un cisne. El ‘Doctor’ penetró y rompió a la defensa italiana, y batió por el palo corto a Zoff, no sin antes amagar con un centro.

Brasil, sin embargo, parecía empeñado en complicarse la vida. En el minuto 25, el enorme jugador Tonhiho Cerezo, en un exceso de confianza impensable, realizó un pase horizontal de izquierda a derecha, justo delante de la frontal del área. Un pase que Rossi, adelantándose al resto, convirtió en el 2-1 para Italia tras un gran disparo desde fuera del área.

Quedaban 22 minutos y La Canarinha estaba eliminada. Necesitaba un gol, ya que el empate la clasificaba. Desde la banda izquierda, Junior realizó con el exterior una apertura a la banda derecha hacia Falcao. Éste controló y recorrió el frente defensivo italiano por el balcón del área. Amagó con una apertura hacia la derecha, pero continuó y de un fuerte disparo con la zurda, la colocó a la izquierda de Zoff, que nada pudo hacer.

Empate a dos, quedaban 22 minutos y Brasil estaba clasificada, pero tan sólo seis minutos después Italia marcaría el 3-2 definitivo en un córner mal defendido por los brasileños, quedaron solos dentro del área Rossi y Antognoni, y de nuevo Rossi embocó, completando un maravilloso partido.

Finalizó el encuentro con la victoria de Italia, y un equipo con figuras como Junior, Cerezo, Zico, Sócrates, Falcao y Eder quedó eliminado. Quién lo diría y quién lo creería.