Numancia 1 - 0 Barcelona (31-08-2008)
7.5Nota Final
IMPORTANCIA7
EMOCIÓN9
TÁCTICA6.5
ESPECTÁCULO7.5
Puntuación de los lectores 3 Votos
6.6

“El fútbol es el único deporte en el que un equipo eminentemente inferior puede ganar a otro eminentemente superior”.

Pablo Machín

 

Minuto 12. Carlos Bellvís aparece a la espalda de Dani Alves y pone un buen centro desde el perfil izquierdo del ataque local. Gorka Brit, tras vencer en el salto a Carles Puyol y Éric Abidal, prolonga el balón desde el primer palo y este aterriza en los dominios de Mario Martínez. Completamente solo en el vértice derecho del área pequeña gracias a la pésima coordinación entre los zagueros del Barcelona, el ‘7’ del Numancia controla el esférico y, después de perfilarse con toda la tranquilidad del mundo, culmina el vertiginoso contragolpe soriano fusilando a Víctor Valdés con un potente y elegante derechazo que hace temblar la portería de Los Pajaritos y el incipiente proyecto de Pep Guardiola.

“Fue un gol precioso. Lo tengo grabado en la memoria, recuerdo perfectamente cómo fue la jugada”. Quien habla es el propio Mario Martínez, el autor de aquel histórico tanto que decidió el encuentro entre el Barcelona y el Numancia del día 31 de agosto de 2008, correspondiente a la primera jornada de la liga de Primera División de la temporada 08-09. Caprichoso e impredecible a partes iguales, el sorteo del calendario había estipulado que, en el arranque de su cuarta aventura en la máxima categoría del fútbol español, el humilde conjunto de Soria tenía que enfrentarse al Barça, que ansiaba recuperar el trono perdido tras dos tristes campañas marcadas por la autogestión que Frank Rijkaard intentó introducir sin éxito; al Real Madrid, el campeón de las dos últimas ediciones de la competición regular (06-07 y 07-08); y a un Villarreal que, bajo el mando de Manuel Pellegrini, atravesaba una de las mejores épocas de su historia. “Pensamos: ‘Madre mía, nos tocan los tres gallitos seguidos… Vamos a ver lo que podemos rascar, y después ya empezaremos a jugar lo que, entre comillas, es nuestra liga'”, empieza Mario. Y Juan Carlos Moreno, el ’10’ de aquel último Numancia que saboreó la élite, añade: “Hicimos cuentas y dijimos: ‘No puntuamos hasta la jornada siete o la ocho'”.

 

“Fue un gol precioso. Lo tengo grabado en la memoria, recuerdo perfectamente cómo fue la jugada”

 

Por aquel entonces, el entrenador del conjunto soriano era el croata Sergije Krešić, un clásico de los banquillos del fútbol español de los 90 que acababa de aterrizar en Los Pajaritos después de haber pasado por el Hadjuk Split, el Burgos, el Marbella, el Betis, el Mérida, el Valladolid, el Las Palmas, el Mallorca y el Murcia; un técnico que llevaba “toda una carrera ganándose las habichuelas en banquillos de medio pelo, obrando milagros con plantillas creadas a base de invertir cuatro perras y mucho trabajo”, según destacó Lu Martín en la crónica del partido de El País. “Una de las principales responsabilidades del entrenador es convencer al equipo de que se puede ganar. Cuando vimos el sorteo, la primera idea fue que sería casi imposible puntuar en las primeras jornadas, que empezaríamos a ir a por los puntos a partir de esos partidos… Primero tuve que convencerme a mí mismo, y después transmitírselo a los futbolistas. Y creo que lo conseguimos, porque en un partido puede pasar cualquier cosa. En diez partidos es otra cosa, pero en un partido puedes ganar a la mejor Brasil, al mejor Barcelona o al mejor Madrid”, señala el exentrenador yugoslavo justo antes de subrayar que, durante las dos semanas previas al choque frente al cuadro azulgrana, prepararon el encuentro a conciencia, plenamente convencidos de sus posibilidades de hacer volar por los aires todos los pronósticos realizados por aquellos que desearían que el fútbol fuera un escenario inalcanzable para las sorpresas, para lo inesperado.

“Nosotros llegábamos con la ilusión de ser unos recién ascendidos, de saber que podíamos dar la sorpresa. La semana fue interminable, todos estábamos ansiosos para que llegara el partido… Estuvimos mirando si el Barça tenía algún defecto, y una de las cosas que más estuvimos trabajando fue la jugada del gol. El míster repetía que, tanto por la derecha como por la izquierda, siempre solían dejar bastante espacio en el segundo palo. Y al final parece que lo hicimos jugando a la PlayStation en el sofá de casa porque salió tal y como lo habíamos ensayado. Sabíamos que íbamos a tener nuestra oportunidad, y que habría que meterla”, apunta Mario. Efectivamente, el encuentro empezó de la mejor manera posible para el Numancia. La acción, diseñada por Pablo Machín, que en aquella época ejercía como segundo entrenador del conjunto soriano, salió a la perfección; y, en el minuto 12, en la única ocasión clara que tuvo el equipo de Sergije Krešić, Mario batió a Víctor Valdés para provocar el delirio en las abarrotadas graderías de Los Pajaritos.

A pesar de tener el presupuesto más bajo de la categoría (4,5 millones de euros), el Numancia se estaba imponiendo a uno de los grandes colosos del fútbol continental. Y, por si esto pudiera parecer poco, el 1-0 que proclamaba el electrónico del modesto estadio de Soria llevaba la firma de Mario Martínez, un chico de 23 años que se convirtió al numantinismo nada más nacer. Su padre, Chus, fue uno de los nombres importantes en aquel Numancia que en 1989 alcanzó la Segunda División B por primera vez en la historia de la entidad. 20 años más tarde, él, que creció animando al equipo con un bombo desde detrás de una de las porterías de Los Pajaritos y que se incorporó al club en edad infantil, se convirtió en el primer soriano en marcar un gol en la máxima categoría del balompié español, y lo hizo nada más y nada menos que contra el Barcelona. “Siento una alegría inmensa. No puedo dar un paso sin que la gente me felicite”, reconocía el día después del encuentro contra los pupilos de Pep Guardiola en declaraciones a la Agencia EFE, en una de las casi 20 entrevistas que, “tranquilo y con los pies en el suelo”, realizó en apenas una mañana. “Fue el momento más emotivo que he vivido sobre un terreno de juego”, sentencia ahora el exfutbolista del Numancia, un auténtico trotamundos del mundo del balompié que en las últimas diez temporadas ha jugado en España, Chipre, Azerbayán, Colombia, Bolivia, Portugal, Grecia, Estados Unidos y Polonia.

Con todo, tras el tanto del ‘7’ del Numancia, empezó el sufrimiento para el conjunto de Sergije Krešić. “El partido se hizo interminable, porque desde el 12′ que marcamos el 1-0… Me acuerdo de que estábamos volviendo hacia el centro del campo para que el Barça sacara de centro con [Sergio] Boris, miramos el marcador y dijimos: ‘Madre mía, 12 minutos. La que nos espera ahora… Nos queda ponernos el mono de trabajo”, rememora Mario. Y Juan Carlos Moreno, un atacante que actuó como interior en el conservador 4-5-1 que propuso el croata que se pasó “casi todo el partido defendiendo a cinco metros de la frontal del área”, continúa: “Le decía a Txomin Nagore, que estaba en el centro del campo conmigo: ‘Creo que les hemos enfadado. Ahora, espérate…’. Daba la sensación de que cuando nos marcaran el empate, nos harían cuatro o cinco más. Me acuerdo de que, durante el encuentro, miré el marcador hasta cuatro veces en un mismo minuto. El tiempo no avanzaba, era una sensación de agobio total. Pero aguantamos”.

El Barcelona, cuyo entorno exigía una contundente victoria con la que empezar a enterrar los vicios y los fantasmas de su pasado más reciente, se encomendó a la figura de Leo Messi, que aquel mismo verano había heredado el ’10’ de Ronaldinho, para intentar asediar a Juan Pablo, el arquero local. Lo intentaron una y otra vez, por mediación del propio Messi, de Samuel Eto’o, de Thierry Henry, de Xavi Hernández, de Andrés Iniesta, de Yaya Touré e incluso de Bojan Krkic y Seydou Keita, que entraron al verde en la segunda mitad; pero nada. Atascados en el carril central, espesos, lentos, desafinados e incómodos, los futbolistas de Pep Guardiola pecaron de falta de puntería y de los mismos errores que habían condenado al equipo a dos cursos consecutivos (casi) en blanco. Incapaces de reinventarse en un escenario hostil (“Hay una cosa de la que no estoy muy satisfecho. Antes del partido dejamos el campo sin regar… El césped medía cuatro o cinco centímetros y el campo estaba durísimo; y esto no se lo esperaban”, reconoce Sergije Krešić), de encontrar el camino hacia la portería de Juan Pablo y de materializar ninguna de las muchas ocasiones claras de las que disfrutaron; los azulgrana se estrellaron una y otra vez contra la telaraña defensiva, ordenada e inexpugnable, que había planteado el exentrenador croata, que en la rueda de prensa previa al duelo ya había avisado que era “fundamental reducir los espacios” para evitar que el Barça combinara con fluidez.

Encerrados en su propia área, enormemente concentrados en no dejar espacios y en no conceder ningún regalo, los disciplinados futbolistas del Numancia, auténticos obreros del fútbol (según recogió Sid Lowe en The Guardian, ninguno de ellos cobraba más de 180.000 euros al año), resistieron las embestidas de un Barcelona desesperado de forma heroica, épica; numantina, en definitiva. Contaron, también, con la inestimable ayuda del azar. “Tuvimos suerte, pero es que sin suerte en el fútbol y en la vida no puedes aspirar a nada. Y la suerte hay que buscarla mucho, muchísimo”, insiste en recalcar Sergije Krešić.

Ciertamente, tal y como asevera Mario Martínez, los futbolistas locales vivieron el partido “con mucha intensidad”. “Cuando nos pusimos por delante en el marcador, todos nos miramos y dijimos: ‘Esto no se nos puede escapar… Hay que sufrir como sea, cueste lo que cueste’. La verdad es que sufrimos hasta el último minuto, porque en el 92’ hubo una falta de Messi desde el borde del área que se fue al palo. Se nos puso el corazón a todos… Como diciendo: ‘No puede ser que nos quiten dos puntos ahora después de haber aguantado hasta aquí’. Cuando pegó el balón en el poste fue como un instante de liberación. Después de esos 90 minutos, el entrar al vestuario y mirarnos los unos a los otros fue… Me acuerdo de que estaba al lado de Dimas [Delgado]. Entró sofocado, como todos. Nos sentamos y casi no podíamos ni hablar del esfuerzo que habíamos hecho, aunque la verdad es que no hacía falta hacerlo. Fue una cosa increíble, inexplicable, imborrable, épica, de locos… Creo que no hay nada más bonito que hacer tu trabajo, hacerlo bien y, encima, hacer disfrutar a la gente”, rememora, emocionado, el atacante del Numancia, que admite que cuando fue sustituido por Felipe Guréndez en el minuto 83, después de anotar su primer (y único) tanto en Primera División, se le pusieron “los pelos de punta”: “Fue una cosa muy bestia. Por el hecho de ser soriano, conozco prácticamente a toda la gente que va al estadio y, en el momento en el que el míster decidió cambiarme porque ya no podía ni con mi alma, el ver a todo el estadio levantado, aplaudiéndome y coreando mi nombre es algo que no voy a olvidar nunca”.

Mario Martínez: “Hablé con Iniesta para cambiarnos la camiseta, pero le dije que si no le importaba también me quedaba la mía. Esa no la daba”.

“En el vestuario nadie se lo creía, nadie lo celebraba; hasta que pasaron unos minutos y la gente empezó a gritar, a bailar… Fue algo histórico, una experiencia preciosa que acabó muy bien, pero que solo pudimos disfrutar una vez finalizado el partido”, añade Juan Carlos Moreno, en la misma línea. Y es que, indudablemente, lo que presenció el estadio de Los Pajaritos aquella mágica tarde del 31 de agosto de 2008 fue algo impensable. “Cuando pasa un tiempo, las cosas bonitas te parecen aún más bonitas. Yo dejé de entrenar cuatro años después porque el fútbol dejó de gustarme tanto, pero aquella experiencia fue… La alegría que proporcionó aquella victoria es algo inolvidable. Demostramos que un equipo humilde puede conseguir cosas importantes”, concluye Sergije Krešić.

Y el que por aquel entonces era su ayudante en el banquillo numantino, Pablo Machín (que esta temporada venció al Madrid por 2-1 con un debutante en Primera como el Girona), añade: “Sin duda, es uno de los partidos más recordados en la historia de Los Pajaritos”. “Quién me iba a decir que iba a poder comentar esa anécdota con el propio Pep [Guardiola]. Hace un par de años, hicimos la pretemporada en Mánchester y estuvimos hablando sobre aquel partido. Me acuerdo de que le dije: ‘Bueno, quizás tú no recuerdas la primera vez que nos encontramos, pero yo sí’. Y me respondió: ‘No, no, me acuerdo perfectamente. No hace falta que me lo recuerdes…’. Era mi debut en Primera, pero también era el suyo; y esos partidos siempre son importantes”, asevera el nuevo técnico del Sevilla antes de remarcar que “el tiempo pone a cada uno en su sitio, pero en un partido se pueden dar las circunstancias para que un equipo eminentemente inferior pueda dar la sorpresa”.

Efectivamente, con el implacable paso del tiempo, todo volvió a la normalidad. Tras una buena primera vuelta, el Numancia, el equipo de la capital de la provincia española menos poblada (con los 40.000 habitantes de Soria no se llenaría ni la mitad del Camp Nou), se fue deshinchando poco a poco. La destitución de Sergije Krešić en el mes de febrero acabó de condenar a un equipo que terminaría la liga en el 19º puesto. 18 posiciones más arriba acabó el Barcelona de Pep Guardiola (“Después del partido en Los Pajaritos y del empate contra el Racing de Santander de la segunda jornada estaban a punto de echarle… Tú imagínate que lo hubieran hecho, la que habrían liado”, señala Juan Carlos Moreno, entre carcajadas), un equipo que se sobrepuso a un pésimo arranque liguero para convertirse en una orquestra brillante, en un equipo que aquel año paseó un fútbol exquisito, delicioso e inmortal por todo el globo terráqueo. No pudo hacerlo en Soria, donde los excelentes futbolistas del Barcelona sucumbieron ante un heroico Numancia en un duelo inconcebible e inimaginable.