Los culebrones de verano en forma de fichajes no son nada nuevo. Lo que sí que es más novedoso es su formato: el serial en cuestión ha dejado de ofrecerse por capítulos en periódicos y noticiarios para convertirse en un reality de actualización constante. Los veranos del aficionado al fútbol son igual de aburridos de lo que lo eran antes, aunque mucho más bochornosos, calurosos y agobiantes. Y no por culpa del cambio climático, sino por la sobreexposición irrespirable de un mercado que ha abandonado toda lógica, entregado a la locura del minuto a minuto -una patología cuyo síntoma más inmediato, lo sabemos los periodistas, es la improvisación-.

Ante nosotros ya no hay una burbuja, hay un mercado que ya no es tal, con sus leyes tergiversadas o directamente ignoradas. El dinero, ese elemento que despidió el siglo XX y saludó al XXI siendo supuestamente la única verdad, lo sigue siendo todo, solo que ahora ya no significa nada. Solo es dinero, cifras caprichosas en un contexto global cada vez más resquebrajado e inquietante. Que la cantidad récord jamás pagada por un futbolista esté a punto de doblarse en menos de un año no hace más que alimentar esa sensación, también en el contexto balompédico. El fichaje de Neymar por el PSG nos abre la puerta a un nuevo fútbol que se acomoda a un mundo que también está mutando. ¿Quieren entrar?

PODER INDIVIDUAL

Se trata de un fútbol en el que la victoria sobre el campo ya no lo es todo, en el que el progreso de una carrera profesional no se mide necesariamente en brillar en la liga más competitiva o acumular el mayor número de títulos. El ego, aunque tradicionalmente inseparable de un deporte en el que se admite la expresión individual, siempre en tensión con el colectivo, ya es el único que conduce las trayectorias de los futbolistas. Es la consecuencia de un contexto en el que el jugador es marca, tiene un logo que lo representa más que el escudo del pecho y mide su popularidad en clics, seguidores y me gustas en sus propios canales de difusión. Pero sería desproporcionado culpar a los futbolistas de este exceso de individualidad. Solo van en la dirección de los tiempos en los que viven. No podremos acusarlos de asesinos si matan al deporte, pero es evidente que este se está llevando la peor parte: ¿qué sentido tiene competir cuando vencer ya no significa necesariamente ganar, cuando que digan que eres el mejor de Europa es mucho más rentable que aparecer diluido en el palmarés junto a otros veintitantos campeones de Europa, cuando a uno no lo sale a cuenta jugar junto al número uno porque limita sus posibilidades de serlo? No peligra la competición, pero se profundiza la crisis del espíritu del juego. Quizá el futuro nos depare equipos formados únicamente por solistas. Quién sabe. Será otro deporte, y no gustará a los nostálgicos. Pero no necesariamente dejará de ser bello. Serán conjuntos que sonarán como una superbanda de jazz -aunque, ojo, no ha sido nunca este género excesivamente comercial-.

 

Quizá el futuro nos depare equipos formados únicamente por solistas. Quién sabe. Será otro deporte, que no gustará a los nostálgicos. Pero no necesariamente dejará de ser bello

 

PODER CADUCO

Es un fútbol en el que los clubes cuya gestión esté anclada en el pasado -y el pasado no está décadas atrás; el pasado es ayer- van a tener cada vez más problemas para retener el talento que generan o el que han conseguido fichar. El Barcelona, en esencia, es un club rico, y por eso, más allá de la poca habilidad de su directiva, no ha sabido reaccionar cuando otra entidad lo ha tratado como si fuera un conjunto modesto. No ha sabido defenderse cuando lo han apartado de su rol porque, simplemente, no tiene el suficiente dinero. Y así, los aficionados culés han pasado en dos semanas de la incredulidad a la incomprensión -estadio previo a la ira o, por lo menos, a una sensación de traición un tanto irracional-. El nuevo contexto en el que se altera el equilibrio de poderes les sobrepasa a todos, al club y a la masa social. Y eso mismo les puede ocurrir a clubes que, pese a que, como el Barcelona, solventaron con éxito la modernización que pedía el fútbol del siglo XXI, ahora corren el riesgo de no saber encontrar respuesta a los nuevos requerimientos de un mercado que animan clubes como el PSG o el Manchester City. Peligra el liderazgo de entidades de la magnitud de la Juventus o del mismísimo Bayern, que, en boca de su presidente, Uli Hoeness, advirtió recientemente que los bávaros tienen que encontrar su “propio camino en una piscina llena de tiburones”.

PODER BLANDO

Es también un fútbol que seguirá mezclado con la política, como hasta ahora, pero en el que ya no serán ciertos futbolistas, clubes e hinchas los que utilicen sus altavoces para llevar su discurso más allá del balón. Unas actitudes, de hecho, cada vez más censuradas por los líderes de opinión y directamente sancionadas por la UEFA y la FIFA, instituciones que, sin embargo, hacen la vista gorda y hasta se felicitan cuando es el poder el que instrumentaliza el juego. Así pues, los tradicionales actores del fútbol están pasando a ser títeres involuntarios al servicio de intereses geopolíticos lejanos sin que sea siquiera necesario que abran la boca. Neymar, como la mayoría de futbolistas de su estatus y generación, no parece estar demasiado interesado en asuntos políticos. Por lo menos esa es la postura que se les recomienda adoptar con el fin de evitar riesgos innecesarios para la explotación de su marca. Pero eso no significa que el brasileño no pase ahora a formar parte de un mecanismo que lo convierte en un elemento de poder blando óptimo para un país como Catar, que se beneficiaría de ello a través del club parisino, perteneciente a Qatar Sports Investments desde hace más de un lustro. Así lo explica el profesor Simon Chadwick en un artículo publicado en theconversation.com. En el contexto de la crisis diplomática de Catar con Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Egipto y otros vecinos de su región que lo acusan de estar ligado a “organizaciones terroristas”, cuenta Chadwick que “en un momento en el que (…) quieren que el mundo hable mal de Catar, Doha se ha convertido en el foco de la mayor noticia del año en el deporte favorito del planeta”. De la misma manera que la celebración del Mundial de 2022 quiere servir para endulzar la imagen del estado del Golfo Pérsico, el efecto Neymar quiere hacer lo propio después de un verano caliente. El fútbol está en el tablero de las relaciones internacionales. En este sentido, Catar no ha inventado nada. Solo juega la partida en la que todas las potencias, regionales y planetarias, participan. Y ha elegido a Neymar para ganarla.