Terminó 0-0, aunque poco importa el resultado.

Es el 30 de abril de 1989, y el Inter y el Milan van a jugar su derbi número 207, el que marca uno de los puntos álgidos de la historia del fútbol milanés. Los nerazzurri se acercan a su 13º Scudetto, un título de récord: 58 puntos sobre 68 posibles, el 85,2 por ciento, en un momento en el que la victoria todavía se premiaba con tres puntos. Por su parte, el Milan, que había ganado el título de liga un año antes, se preparaba para vencer en el Camp Nou, un mes más tarde, y llevarse su tercera Copa de Europa, ante el Steaua Bucarest. Será también la primera ‘Orejona’ de la era Berlusconi. Sobre el terreno de juego se ve un derbi bonito y disputado, y, al final, el empate es bueno para ambos. También se ve un gol fantasma, en un potente disparo lejano de Carlo Ancelotti que, tras pegar en el travesaño, rebota sobre la línea de la meta defendida por Walter Zenga para luego volver al campo. Parece gol, está claro, pero todo pasa demasiado rápido para que el ojo humano lo perciba. El árbitro y el juez de línea dudan y deciden que el balón no ha cruzado la línea. Las imágenes a cámara lenta dirán que era gol.

Hay otra razón que hace especial a ese derbi. En el Giuseppe Meazza no solo se dan cita dos grandes conjuntos. Es mucho más que eso. Se enfrentan dos filosofías de juego, dos éticas de trabajo, dos visiones del mundo opuestas. Dos ideologías. Y esta compleja tensión dialéctica toma la forma geométrica de la diferencia física entre las fuerzas, como si se tratara de una disputa caballeresca o de un duelo de western. A un lado, el equipo dirigido por Giovanni Trapattoni, un símbolo del fútbol italiano. Al otro, el comandado por Arrigo Sacchi, portador de “otro fútbol”, orgulloso de separarse de la tradición nacional. El Inter representa a aquellos que dan prioridad a las fuerzas defensivas, a la calidad del individuo como motor del rendimiento colectivo, al resultado como consecuencia de la fuerza moral y de la motivación. El Milan representa a los que favorecen al juego de ataque, a una organización del conjunto en la que hasta el más talentoso debe cumplir; al juego como la única vía para lograr un resultado. Llevándolo al extremo, se podría afirmar que quienes se enfrentan son la tradición y el progreso, el conservadurismo y el cambio. Sin embargo, llevando la discusión al campo puramente futbolístico, en la que el Inter ‘trapattoniano’ y el Milan ‘sacchiano’ son una representación a pequeña escala, se trata de un contraste entre el fútbol en zona y el fútbol al hombre. Una falla que durante los 80 separó los cimientos del fútbol italiano y lo llevó a una auténtica guerra religiosa.

Un cambio conservador

Fuera de Italia, no se puede llegar a comprender la relación que los italianos mantenemos con nuestro fútbol, un lazo tan fuerte que podría ocupar un papel protagonista en el capítulo principal de la autobiografía de nuestro país. Y cierto es que ponemos todo de nuestra parte para no hacernos entender. Sobre todo en aquella época determinante en la que no acabábamos de entendernos ni a nosotros mismos ni al cambio por el que atravesábamos. En crisis económica desde los 70, y devastados por el terrorismo rojo y negro, entramos en la nueva década como si fuera una extensión de la anterior. Y nuestro fútbol, ​​capítulo central de la autobiografía nacional, estaba en plena crisis de identidad. Los clubes lo pasaban mal en las competiciones europeas. Y en cuanto a la selección nacional, las cosas iban aún peor. El pobre papel en el Mundial de 1974 en Alemania Occidental había obligado a los funcionarios federales a optar por una compleja refundación que tras el buen rendimiento en la Copa Mundial de 1978 en Argentina se creyó completa. Pero luego vino la decepción de la Eurocopa de 1980, disputada en Italia, el primer torneo continental que usaba la fórmula de la fase de grupos. Y para sumar argumentos al pesimismo, ese mismo año llegó el primer escándalo de amaño de partidos, con varios futbolistas detenidos en el vestuario después de un encuentro. La victoria de la selección comandada por Enzo Bearzot en España’82 llegó de la manera más inesperada, y en el capítulo central de la autobiografía de la nación sirve para explicar cómo el país se levantó de nuevo e inició una nueva etapa de prosperidad, después del boom económico de los años 60.

 

“Es el peor defensa del mundo. No puedo entender cómo puede haber gente que salta al césped con el único objetivo de evitar que otra persona juegue”, dijo Maradona sobre su marcador

 

No fue hasta más tarde, con el inicio de los años 90, cuando comenzaríamos a preguntarnos si la década de los 80 había sido realmente prospera o si el país solo había estado viviendo por encima de sus posibilidades. Pero cuando la ola de bienestar viene no hay lugar para que la conciencia nos formule este tipo de dudas. Pesó más el deseo de vivir una etapa de expansión que dejara atrás la ‘década de plomo’. Y el mayor escaparate de aquellos dorados años 80, lo más brillante de la recobrada grandeza italiana, fue el fútbol. Y en su vanguardia, Bearzot y su selección, que adquirieron ese estatus gracias a una prudente renovación táctica de la tradición nacional: la denominada “zona mixta”, un cruce entre la zona y el hombre, una fórmula que, visto el resultado, fue un arma ganadora. Pero la llamada “zona mixta” solo es una invención lingüística que hace referencia a la capa de pintura que se aplicó sobre la escuela defensiva italiana. Los zagueros de aquella selección eran marcadores al hombre -y de los más experimentados del mundo en su tiempo-. Fulvio Collovati, actuaba como stopper, se encargaba del control del delantero centro rival, un papel puramente italiano con un origen lingüístico incierto. Junto a él, el feroz vigilante del atacante más talentoso del rival: Claudio Gentile, libio de nacimiento pero italianísimo en lo que a fútbol se refiere. Obra suya fue el rasguño en la camiseta con el ’10’ de Zico durante el histórico Italia 3-2 Brasil de Sarrià.  Y unos días antes tuvo que dominar a un Diego Armando Maradona que aún acudía a ese Mundial siendo una versión menor de sí mismo. El marcaje que sufrió ese día el Pibe de Oro fue un anticipo de lo que se vería una vez aterrizara en el campeonato italiano: todos los domingos se encontraría con un vigilante distinto, siempre listo para morderle los tobillos y no darle respiro. Una persecución semanal que llevó al astro argentino a perder la compostura una tarde de domingo de enero de 1987. El Nápoles acababa de vencer con dificultad al Brescia en el estadio San Paolo, y el futbolista más grande de todos los tiempos externalizó su cólera contra Alessandro Chiodini, un defensa del que ya casi nadie -ni en Italia- se acuerda y que aquella tarde masacró a Diego con método y dedicación. “Es el peor defensa del mundo. No puedo entender cómo puede haber gente que salta al césped con el único objetivo de evitar que otra persona juegue”, dijo el argentino a los periodistas. Y al opinar así sobre Chiodini (haciendo una definición histórica de la figura del defensor, no solo italiano), Maradona perdió la discusión. Porque reducía al marcador a un simple personaje anti-fútbol y menospreciaba un arte que solo verá reconocida su dignidad después de su extinción. El arte del marcaje, un talento que solo se adquiere tras largos años de trabajo y sacrificios. Un empleo ingrato que, sin embargo, es esencial para mantener el equilibrio de cualquier equipo.

La invención lingüística de la “zona mixta” vino motivada por la tensión existente en el fútbol italiano entre el deseo de renovación de sus tácticas y el mantenimiento de su identidad. El calcio atravesaba una fase en la que sentía el cambio más como una necesidad que como una vocación, y por eso buscó un progreso cauto que se alejara de la perspectiva de la revolución. Una revolución que ya estaba germinando en casa y tenía un nombre identificable: marcaje en zona.

La herejía de Nils Liedholm

Repasar la historia de los primeros experimentos italianos de fútbol zonal nos lleva  a perseguir huellas dispersas. Durante los años 70 se produjeron algunos experimentos que solo significaron pequeños cambios. Fue el Torino de Gigi Radice, que en la temporada 1975-76 ganó el último campeonato de la historia granata, quien había llevado a cabo los primeros experimentos. Y un año más tarde, en la campaña 1976-1977, se vio otro intento, comandado por Pippo Marchioro en el Milan. Fue un desastre: el equipo entró en zona de descenso y al final de la primera vuelta Marchioro fue cesado. Su lugar lo ocupó el mito milanista Nereo Rocco, un veterano que estaba entre los grandes teóricos de fútbol italiano. Su llegada significaba un regreso al pasado. Pero esa restauración italianista del Milan duró sólo seis meses, el tiempo necesario para asegurar una agónica salvación. La siguiente temporada, los rossoneri, pondrían en su banquillo al entrenador que con más decisión adoptaría el juego en zona, el verdadero hereje, el que sentó las bases de la revolución protestante en el fútbol nacional: Nils Liedholm. El sueco ya había llevado a cabo experimentos tácticos cuando dirigió al Varese y a la Fiorentina, y más tarde, durante los cuatro años que pasó al frente de una Roma sin grandes ambiciones, afiló su filosofía y sus métodos. Devolvió al Milan a la zona alta, logrando el cuarto puesto en la temporada 1977-78 y, al año siguiente, se alzó con el campeonato que valía una estrella -la que en Italia se da cada diez campeonatos ganados-. Pero fue sobre todo con su retorno a la Roma cuando la herejía de Liedholm finalmente tomó forma. El sueco vivió una primera temporada de transición en la capital, pero un año después rozó el Scudetto tras un emocionante cara a cara con la Juventus. Y lo hizo llevando el fútbol en zona alrededor de Italia, una apuesta que por primera vez dejó de ser vista como un experimento excéntrico para convertirse en una filosofía de juego exitosa e innovadora. En la 1982-83, meses después del triunfo de la selección nacional en España, la Roma de Liedholm dio al pueblo giallorosso su segunda liga, la que había estado esperando durante más de cuarenta años. El conflicto ideológico estaba servido: la Nazionale había ganado jugando al hombre, mientras que la Roma campeona era el altavoz de los conjuntos que en categorías inferiores se estaban convirtiendo a la nueva fe. Aun así, el éxito de la Roma y la calidad de su juego alimentaron un gran malentendido: que el fútbol jugado en zona era, en sí mismo, espectacular. Un error muy difícil de deshacer. Solo con la llegada de los años 90, cuando se confirmó la victoria protestante en esa guerra religiosa, quedaría claro que se puede jugar mal tanto en zona como al hombre, que la zona puede convertir un partido en una aburrida partida de ajedrez, en un vacuo ejercicio entre tecnócratas. El espectáculo y la belleza depende de factores como la calidad de los jugadores o la actitud de los equipos. No todo depende del sistema de juego empleado. Sin embargo, incluso a mediados de los años 90, había quienes aún sostenían que la zona era la opción preferente.

 

Nadie nunca reconoció a Liedholm sus méritos. Suele suceder con los verdaderos revolucionarios

 

Nils Liedholm llevó alrededor de Italia su herejía y proselitismo. Después de ganar el Scudetto con la Roma, rozó la Copa de Europa, perdiendo en los penaltis ante el Liverpool en una final jugada en casa. Y luego regresó a Milán, donde sentaría las bases del equipo que Arrigo Sacchi conduciría al éxito europeo y mundial. Nadie nunca reconoció a Liedholm esos méritos. Suele suceder con los verdaderos revolucionarios.

¿Derecha o izquierda?

Entre la mucha falsedad vertida en defensa del equívoco de que la zona es un estilo de juego superior, también hubo quien abrió un debate sobre la orientación política de las dos filosofías de juego en el tradicional eje izquierda-derecha. En concreto, fue el director adjunto de La Gazzetta dello Sport, Alfio Caruso, quien puso el debate sobre la mesa. Refinado intelectual y escritor, en esa ocasión su análisis fue manifiestamente erróneo. Estábamos en el apogeo de la guerra religiosa, cuando Caruso sentenció la que el fútbol en zona es “conceptualmente de derechas”, ya que está basada en el gesto aristocrático y en la posesión de un talento que solo atesoran los elegidos, mientras que el fútbol al hombre es “conceptualmente de izquierdas”, ya que se basa en el sacrificio y el espíritu de abnegación, cualidades propias del extracto obrerista. Si tengo que expresar mi opinión, me parece que es justo al contrario. El marcaje al hombre, ​​con su exaltación del individualismo y de la lógica del uno contra uno que pide demostraciones de fuerza, recuerda al imaginario de la derecha, liberal o fascista. Por el contrario, la zona refleja con fidelidad los ideales socialistas del mutualismo, la división del trabajo, y el empoderamiento individual por la pertenencia a un grupo organizado. Y añado que, precisamente, el carácter socialista de la zona revela cómo, si se aplica de forma radical, probablemente deriva en una burocracia sin sentido o un autoritarismo tecnocrático. Para explicarlo, otro ejemplo que se remonta a 1995 -es decir, a una época en la que la zona y su revolución protestante ya habían triunfado-. Estamos en un Lyon-Lazio de la Copa de la UEFA, y el entrenador del equipo romano es uno de los gurús de la zona, Zdenek Zeman. En el ecuador de la primera mitad, con el Lyon ganando 1-0, el delantero croata Allen Boksic recibe la pelota al borde del área rival. Los cuatro defensores franceses tratan de pararlo como una manada de perros persiguiendo a una liebre, pero no hay forma de detenerlo. Boksic llega a la línea de fondo fondo y efectúa un centro perfecto para Winter, que en el segundo palo marca de cabeza sin problemas. Uno a uno. Mientras el Lyon pone la pelota en el centro, Boksic ve cómo Zeman se le acerca desde el banquillo y, en lugar de felicitarle por el gol, lo regaña por optar por una acción individual en lugar de aplicar el esquema. Para el fútbol en zona racionalizado en extremo, la destreza individual no es más que desobediencia. Ahí demuestra una falta de sentido común propia del socialismo real.

 

Boksic ve cómo Zeman se le acerca desde el banquillo y, en lugar de felicitarle por el gol, lo regaña por optar por una acción individual en lugar de aplicar el esquema. Para el fútbol en zona racionalizado en extremo, la destreza individual no es más que desobediencia

 

Una generación perdida

Cuando retrocedemos hasta aquellos tiempos los italianos nos damos cuenta del histerismo que acompañaba al conflicto entre el hombre y la zona. Ocurrió en un momento en el que el cambio social y cultural se extendía por todo el país, pero se quiso hacer de esta cuestión un objeto de enfrentamiento entre facciones al que no le faltaron episodios desagradables. Claudio Gentile, después de ser uno de los más altos representantes de la escuela italiana de los marcadores al hombre, se convirtió en entrenador. En sus tiempos de técnico de la selección sub-21 italiana, lanzó una advertencia: los jóvenes formados en categorías inferiores, educados para jugar en zona, habían perdido la capacidad de defender. Se movían con criterio según el momento, tenían buena técnica con el balón, aplicaban bien la presión presión y el fuera de juego, pero habían perdido la capacidad individual que les permitiría abortar con más eficiacia el peligro. La escuela italiana de los defensores, el orgullo nacional, se pierde. El fútbol en este país ha matado su propia identidad. Y tal vez nos lo merecemos.