Aunque es el mayor proveedor de talento del fútbol portugués, el Sporting de Portugal lleva una década y media sin ser el mejor equipo del país. Pero la llegada en marzo de 2013 de Bruno de Carvalho a su presidencia ha variado el rumbo de un club que se encaminaba al desastre. El objetivo: devolverle a la entidad su alma mientras navega contra las mareas del fútbol moderno.

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En otras ciudades más cercanas al centro de Europa, el estadio José Alvalade sería considerado un edificio estrambótico, extraño, incluso feo. Pero sus peculiaridades estilísticas, sus tonos verdosos y sus chillonas estructuras teñidas de amarillo sí se adaptan con naturalidad a la pintoresca Lisboa. Fue inaugurado en 2003, junto al ya desaparecido viejo Alvalade, con motivo de la Eurocopa de 2004, aquella en la que los portugueses dejaron por un mes su fijación oceánica para posar su vista en el continente, anhelando recibir unas alabanzas que nunca llegarían. Uno de los pocos triunfos de aquel verano de frustraciones, pues, fue la actualización de los campos lusos; la casa de los ‘leones’ es un escenario de la nueva hornada, propio del siglo XXI: tiene un supermercado, un gimnasio a disposición de cualquier ciudadano y hasta un cine. Pero de esos azulejos portugueses que se acumulan en su fachada sin orden aparente, y que tan bien casan con la luz dulce y vaporosa que inunda los días de la capital, se deduce que ahí juega un club cuya razón de ser es la tradición.

El Sporting Club de Portugal tiene hoy entre ceja y ceja recuperar el respeto por esa vieja esencia, consciente de que de ello depende su autoestima, lastimada tras años de desvaríos económicos, falta de proyecto y crisis deportivas sucesivas. Su plan se basa en restaurar valores como la proyección polideportiva y global de la entidad, el empeño por equipararse a las grandes potencias europeas y, por encima de todo, la cantera. Su cantera: el semillero de Portugal y el granero de la Seleçao.

– ¿Qué tiene de especial la academia del Sporting?
Que siempre tuvo una vocación, un ADN, un afán por tener en sus equipos a jugadores formados en el club. Es algo que siempre nos ha diferenciado del resto. En Portugal hay un talento natural, y los que tienen ese talento ven que aquí hay oportunidades, que hay una opción real de llegar al primer equipo. Pero hoy, además, queremos tener una política de conservación de valores. No nos gustaría que pasara lo mismo que con Figo o Cristiano Ronaldo, talentos extraordinarios que han hecho grandes carreras pero que no han dado triunfos deportivos al club. Es importante desarrollar una estrategia de contención.

– ¿Cómo se explica que los futbolistas formados en el Sporting doblen a los de Oporto y Benfica en la selección?
Porque no consideramos que invertir en formación sea un desperdicio. No cerramos academias -algo que sí está ocurriendo en otros lugares-. No abrimos franquicias, todo se controla desde el mismo club. Y vamos a seguir invirtiendo, porque el deportista que nos gusta es el que está formado en casa. Los fichajes los complementan y les ayudan a crecer más rápido.

En su despacho con vistas al césped del José Alvalade, el que responde a nuestras preguntas es Bruno de Carvalho (Lourenço Marques, Mozambique, 1972), presidente del Sporting desde 2013. Cae la tarde lisboeta. A su alrededor, ordenadores apagados y sillas vacías. Se acaba la jornada pero él sigue al mando. “Este es un trabajo de 24 horas y siete días a la semana”, recuerda. Habla el tipo que, a sus 44 años, ha demostrado en su primer mandato -se cierra en marzo de 2017 con unas nuevas elecciones- que no es un dirigente más entre el tropel de mandatarios dispuestos a gestionar una mediocridad cómoda. “No entiendo que se haga un proyecto si no es para ganar. Eso es lo que hacía el Sporting en los últimos años”, dice. Y ése, vencer, es su objetivo primordial. Devolverle el título de liga al equipo del que es aficionado 15 años después del último. Mientras el club se reestructura económicamente y se pelea con la deuda, en lo deportivo, el equipo demuestra que está en condiciones de disputar la liga, tras el subcampeonato obtenido el pasado curso. “Para que todo tenga sentido tenemos que ser campeones”, añade. Para su segundo mandato, si supera las elecciones, promete ganar un título europeo: “siendo realistas, la Europa League, matiza a lo largo de la conversación. La base deportiva existe: el club lisboeta es una máquina de fabricar talento. Y no solo por ser la única entidad que ha formado a dos ganadores del Balón de Oro -Figo y Ronaldo-, sino porque puede reivindicar con orgullo -y lo hace- que diez de los 14 futbolistas que jugaron y ganaron la final de la Eurocopa de Francia este verano han llevado su león cosido al pecho.

– Entonces, ¿por qué no ganan títulos? ¿Es un mal negocio tirar de cantera?
Es un negocio buenísimo como idea conceptual pero económicamente es un desastre. Con las normas del fair play financiero, un club que apueste por la formación se ve perjudicado frente a otro que se decante por comprar. Hemos vendido a Joao Mário por 45 millones [al Inter] y en el activo consta como 0 porque lo hemos formado aquí. Hoy no se le da importancia, pero la defensa de la entidad formadora un día será la discusión más importante del fútbol. Su maltrato desvirtúa la competición.

 

“Apostar por la cantera es un desastre económico. Hay que defender a los clubes formadores”

 

– ¿Qué se ha hecho mal desde la entidad?
No se ha entendido que para mandar en un club como éste, el presidente tiene que estar 24 horas trabajando. Tiene que ser un profesional de la entidad y unir dos elementos: tener formación en dirección de empresas y entender lo que significa el club. No vale ser un gran gestor pero no sentir nada por el equipo, de la misma manera que no sirve tener el sentimiento pero carecer de conocimientos empresariales.

– Teniendo eso, ¿cómo se rehace el camino?
Financieramente, pero también socialmente. La recuperación debe ser total, así que hay que empezar por las bases. Aquí se había perdido el sentimiento de pertenencia. Los aficionados ya no se reconocían en la actitud y el proyecto de los dirigentes del club.

– Y mientras tanto, la diferencia entre la clase alta y el resto en el fútbol europeo no deja de crecer.
Ahí el fútbol portugués puede tener un problema.

– ¿Un problema insalvable?
Habría que hablar de las diferencias fiscales entre los países y también de los derechos televisivos. Todos quieren ver la Premier League y La Liga. Muy bien, adelante, pero, ¿por qué los clubes portugueses no pueden llevarse una parte? Si una operadora de televisión le paga 50, 60 ó 70 millones a la liga española o a la Premier, son 50, 60 ó 70 millones que no pone en la liga portuguesa… Además, todas estas diferencias han hecho que el fútbol, en los últimos años, se haya vuelto mucho más previsible.

– ¿El fútbol, entonces, era mejor antes?
El Leicester es la excepción que confirma la regla. Me gustaba mucho la liga inglesa en los 80 porque equipos que acababan de subir eran capaces de ser campeones. Era especial. Nunca sabías lo que podía pasar. Ahora que la Premier League reparte más dinero que nunca, siempre vemos a los mismos equipos en las primeras posiciones. Y lo mismo ocurre en las semifinales de la Champions League, siempre los mismos.

– ¿Más dinero significa menos competitividad?
No me tomes por un loco que va en contra del capitalismo. Yo soy 100% procapitalista, pero me gustaría que alguien se parara a pensar por qué ahora que se han multiplicado los ingresos, la competitividad se ha visto reducida a media docena de clubes. Más que equipos sexies, como dicen algunos, lo que hace falta es que haya espectáculo, y para que lo haya hace falta incertidumbre.

Bruno de Carvalho, sobrino nieto de José Pinheiro de Azevedo, el ‘almirante sin miedo’, que sirvió en las guerras coloniales y fue primer ministro del gobierno provisional que llevó a la instauración de la democracia, ya prepara las armas para lanzarse a una nueva batalla: la defensa de los clubes formadores. Es el mensaje que repetirá esta temporada en las entrevistas que acostumbra a conceder en Portugal. Consciente de que la comunicación es poder, no deja pasar sus oportunidades ante el micrófono. Desde que llegó a la presidencia, su voz rugosa, prematuramente gastada, que a veces suena como un instrumento de percusión, no ha dejado de martillear la conciencia de sus homólogos europeos. “¿Cómo pueden ir por ahí tan tranquilos sabiendo que la gente nos tiene a todos por unos corruptos? Tengo dos hijas y no quiero que piensen que su padre es un ladrón”, explica. En su punto de mira, la introducción de la tecnología en el fútbol, de la que es un defensor, y la lucha contra los fondos de inversión, esas compañías opacas que han florecido a costa de las necesidades de los clubes. Contra uno de ellos, Doyen, mantiene un litigio por la rescisión del acuerdo por Marcos Rojo.

– ¿Se ha ganado muchos enemigos?
Tengo enemigos en todos lados. Pero también muchos admiradores. Cuando empecé a hablar en contra de los fondos de inversión, se levantaron voces contra mí. En el tiempo en el que el Sporting más trabajó con ellos, perdió 100 millones de euros. Y cuando rompimos nuestros tratos enseguida empezamos a mejorar los resultados. Ahí fue donde se alertaron: vieron que sabía lo que hacía, que no solo era alguien que hablaba por hablar. Los fondos eran un cáncer para el fútbol. Se requería un tratamiento serio, atacarlo. Se prohibieron, se retiraron las células malignas del cuerpo. Pero luego, lo que se tendría que haber hecho era crear una legislación que dejara entrar en el fútbol a empresas financieras que puedan hacer su negocio mientras ayudan a los clubes con relaciones de win-win o lose-lose.

– ¿Qué falta? ¿Ética?
Falta comprender que el fútbol forma parte del mundo. Es un subsistema que no debería mantenerse a parte. ¿Por qué si hay un problema con un contrato se va a un tribunal del fútbol? ¿Por qué me tengo que pelear con Doyen en un tribunal deportivo? ¿Por qué el fútbol tiene que estar por encima de la ley? No se puede sustituir a la justicia. El fútbol es un subsistema: los problemas del fútbol son los de la sociedad en general. Soy un amante del capitalismo, pero no soy tonto. Cada generación que pasa, pierde más valores. La crisis financiera que estamos viviendo es una consecuencia, no una causa. Nunca se ha resuelto el problema porque no se ataca el origen, que es social. Se han perdido los valores familiares. Se ha perdido la palabra, que debería valer más que el oro: es lo único que nos llevamos al morir.

– Entonces, ¿con qué es más optimista, con el futuro del fútbol o con el de la sociedad?
Soy muy ambicioso pero no soy nada optimista. Por necesidad, el fútbol cambiará más rápido. Comprenderá enseguida que la gente no quiere que continúe así. Tendrá que volverse transparente. Con la sociedad es más difícil que pase, porque la gente no ha interiorizado que el problema es suyo: creen que están viviendo y en realidad está sobreviviendo. La vida es corta, y hay que vivirla. No sobrevivirla.

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PRESIDENTE, AFICIONADO, PERSONA

La primera vez que fue al campo del Sporting con su padre, a los seis años, le dijo: ‘voy a ser presidente de este club’. “Me causó tal impresión, aquel estadio… 39 años después, soy el presidente. Y mi padre está vivo para verlo”, recuerda.

– ¿Ha cumplido ya su mayor ambición con 44 años?
Como persona, como profesional, completamente. Me dije que a los 45 tenía que ser presidente. Ya no tengo más sueños profesionales. Ahora tengo sueños con el club. El cielo no debe ser el límite, pero siempre con los pies en la tierra. El día que el presidente Bruno de Carvalho no los tenga en el suelo, el Bruno de Carvalho aficionado lo cogerá y lo sacará de aquí.

Aunque las incipientes canas y las ojeras delatan su ritmo de trabajo, en su cara redondeada se lee una expresión enérgica y juvenil, casi infantil. Sus ojos, oscuros, se abren como platos cuando habla del Sporting y de él mismo, dos conceptos que a veces no son fáciles de discernir. Por su boca habla el presidente-ejecutivo, el negociante, el director y hasta el tiburón. Pero también el presidente-hincha. ¿Debe un dirigente ser un forofo? De Carvalho opina que sí, pero en su caso no podría ser de otra manera. Hablamos de un hombre que lo segundo que le preguntó a la que sería su futura esposa cuando la conoció fue si era aficionada del Sporting -por supuesto, dijo que sí-. Nos referimos al nieto del escritor Eduardo Azevedo, autor de la historia oficial del club, el abuelo que le contaba al pequeño Bruno las historias del un club grande. “Nos llamaban ‘el crónico’ porque ganábamos siempre”, rememora De Carvalho, el hombre que, contraviniendo la lógica de unos tiempos en los que el aficionado y el directivo ya no comparten caminos, ha sido capaz de dar el salto desde el fondo de los ultras, del que fue un miembro en su juventud, al palco. Aunque lo del palco es una forma de hablar: no lo busquen allí en día de partido, pues advierte que no es muy amigo del box presidencial, de las llamadas zonas ‘nobles’ del estadio. Su sitio, encuentro tras encuentro, está junto al técnico y los jugadores.

 

“Los palcos son el mundo de la hipocresía. ¿Por qué no puedes celebrar un gol? El fútbol es el gol”

 

– ¿Se puede mantener una relación de cercanía entre afición y club en un contexto en el que, cada vez más, el hincha es un mero cliente?
El fútbol es un negocio. Pero no hay que estar recordándole constantemente a la gente que solo son clientes. Depende de ti como presidente. Si el hincha se refleja en tu figura, deja de ser un cliente.

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– ¿El sentimiento del aficionado depende del mensaje que le mande el propio presidente?
Sin ninguna duda.

– Interesa que el aficionado le vea a usted como uno más.
Quiero que tenga la certeza absoluta de ello. Quiero que me vean como el aficionado número uno. Porque si no, ¿qué hago siendo el presidente? Tengo que estar dispuesto a morir por el club. Lo digo de verdad, no soy de hacer discursos dramáticos al estilo Hollywood, yo nací en África. Yo no soy yo: soy 3,5 millones de personas [los aficionados, que calculan, tiene el club].

¿Hay un Bruno de Carvalho presidente y otro aficionado?
Hay un Bruno de Carvalho presidente y hay un Bruno de Carvalho persona. Aficionado y presidente son lo mismo para mí. Eso sí, en cada momento hay que adoptar un papel social distinto.

– ¿El fútbol se ve mejor desde el banquillo?
No. Desde el banquillo la visión que tienes es pésima. A veces no entiendo muy bien lo que pasa en el campo. Pero quiero estar junto a los que trabajo cada día, con los que nos dan las alegrías o las tristezas. Quiero demostrar al grupo que soy parte de él en todo momento. Es importante para un club que quiere recuperar su identidad.

Hay muchos presidentes que están interesados en serlo, en parte, por todo lo que se cuece en los palcos.
No me gusta eso que en España llamáis ‘palco’. No entiendo esa regla que te obliga a sentarte al lado del presidente rival y que no te deja celebrar los goles. ¡¿Cómo es posible?! ¿Tener que pedir perdón si celebro un gol? Esto no es ópera ni teatro ni cine. Esto es fútbol. Los palcos son el mundo de la hipocresía.

Cuando se acaba la conversación, se ausenta un minuto. Al volver, la reemprende él mismo. “Solo para que quede claro: yo no quiero igualar el fútbol por debajo. Quiero hacerlo por arriba”, y ese último tramo de la charla acaba con una reflexión sobre una hipotética ‘superliga’ europea, un club privado de clubes ricos hecho competición. “Eso sería la muerte del fútbol. Sería el fin de muchos clubes. Incluso podría traer una ola de hooliganismo, porque para defender lo propio, uno es capaz de todo”, añade, apocalíptico, armado con argumentos que provocan reflexión. ¿No están de acuerdo? Pues si quieren discutir con él, lo encontrarán dispuesto al otro lado del ring dialéctico. Así vive y actúa, a pecho descubierto, el presidente sin miedo.