La pasión de los argentinos por el fútbol no tiene una explicación científica. El fútbol genera un estado emocional excepcional que no responde a ningún patrón normal. Este hecho se debe a una cuestión puramente cultural de un país como Argentina, donde existe una gran necesidad de identificarse con un club de fútbol. Un sentido de pertenencia que se convierte en una auténtica religión. El caso más extremo lo representan las barras bravas, ultras violentos que utilizan los colores de un equipo como excusa para realizar negocios ilegales. Sin embargo, existen historias más puramente futbolísticas de ‘barras buenas’ que marcaron la sintonía de una época, como la de Marcelo Betbesé con los Racing Stones.

En la década de los años 80, un grupo de amigos empezaron a seguir a Racing Club por todos los estadios del país. Una iniciativa por pasión a unos colores en una época complicada para el equipo del Cilindro de Avellaneda, debido a que llevaba más de 25 años sin conquistar un campeonato. Un día, el joven Marcelo decidió unir su amor por la Academia con otra de sus grandes pasiones, la música. Una combinación que originó los Racing Stones, un grupo de aficionados con la clásica estética de rock que no se regían por los principios de La Guardia Imperial (Barra brava principal de Racing de Avellaneda).

Ubicados en la puerta número 10 del Cilindro de Avellaneda, los Racing Stones llenaron las gradas con sus banderas con la lengua diseñada por Andy Warhol, todo un icono de la banda británica liderada por Mick Jagger. La creatividad de los componentes del grupo no tenía límites. En 1994 (año en el que se cumplían once años desde la última victoria de Independiente en el clásico de Avellaneda), Marcelo contrató un avión para que sobrevolara el estadio durante el partido con un cartel que ponía: “Rojo Amargo: 11 años”. Unos auténticos pioneros que acompañaron a Racing Club a lo largo de la década de los 90.

Marcelo lideró a los Racing Stones y ayudó en todo lo posible al club de su vida. Una de sus grandes contribuciones al futuro del Racing de Avellaneda fue la actual sede de entrenamiento de las categorías inferiores conocida como Predio Tita Mattiussi, homenaje a una histórica trabajadora del club. En esa época, la Academia no contaba con instalaciones propias, a pesar de disponer de un terreno cedido años atrás que se encontraba a poco más de dos kilómetros del estadio. Por este motivo, Marcelo se posicionó al frente de un grupo de socios y consiguió construir las instalaciones para la cantera del club. Una contribución que le afectó económicamente, ya que tuvo que dejar de lado su trabajo durante el proceso de construcción. Un factor que, unido a las batallas internas y la privatización del club, provocó su marcha de Argentina con destino a Brasil.

La pasión por el mundo del póker

Marcelo se instaló en la ciudad de Salvador, capital del estado de Bahía. Un lugar donde intentó despegarse de su pasión por el fútbol, en una especie de exilio físico y mental. Una tarea que no fue sencilla. El antiguo líder de los Racing Stones abrió un bar en la Praia do Flamengo que bautizó con el nombre de la barra brava que había creado en 1990. Un establecimiento cuya decoración, tanto de las sillas como de la vestimenta que usaba el personal, giraba en torno a la famosa lengua de las banderas que ondeaban en el Cilindro de Avellaneda. Seis años más tarde abrió un nuevo negocio, en esta ocasión en la ciudad de Fortaleza, que llamó Costas da Paz (una mezcla de los nombres de dos de sus ídolos de la Academia: Gustavo Costas y Rubén Paz).

En enero de 2006, una llamada de su amigo Mariano Graciarena cambió su vida para siempre. ‘La Morsa’, como era conocido entre sus conocidos, llevaba tiempo jugando al póker online y pensaba que era el trabajo perfecto para Marcelo, por lo que decidió pasar unas pequeñas vacaciones en Fortaleza para enseñarle de primera mano el mundo de las cartas. A pesar de su desconfianza inicial, Marcelo decidió iniciarse en el póker después de ver a su amigo ganar más de 3.000 dólares en partidas online durante esas vacaciones en la ciudad brasileña. Unos primeros pasos de un camino que le llevaría hasta convertirse en jugador profesional.

Comenzó a jugar al póker online con apenas 100 dólares que le había dejado su amigo. Unas primeras experiencias que combinaba con sus estudios del juego de cartas. El libro La senda del ganador, escrito por Juan Zubiri, se convirtió en su compañero de viaje. Después de un año entero jugando de ocho a diez horas diarias consiguió 15.000 dólares. Sin embargo, Marcelo se dio cuenta de que había llegado a su máximo nivel, por lo que decidió ponerse en contacto con la persona que había sido su maestro, al menos a través de las páginas, Zubiri, y le propuso alojamiento y comida gratis a cambio de unas clases particulares para que le enseñara cómo jugar al póker como un verdadero profesional. Zubiri aceptó la propuesta. Durante esas semanas, el jugador profesional reveló a Marcelo sus estrategias y tácticas en las mesas de juego.

Del póker online a los casinos más importantes del mundo

Especializado en el Texas Hold’em, la modalidad de póker más popular en la actualidad, Marcelo decidió dar un paso más allá en su trayectoria como jugador profesional y comenzó a recorrer el mundo con el objetivo de ganar dinero en los mejores casinos. Un trabajo que se ha convertido en su modo de vida, ya que piensa en las cartas durante las 24 horas del día. Un jugador disciplinado que considera que el azar es solo un 20% del juego, mientras que el 80% restante corresponde a estudios y probabilidades que hay que conocer previamente. Una visión por la que no deja de estudiar nunca e intenta actualizarse siempre a los nuevos tiempos.

Desde 2009, Marcelo realiza cada año un viaje a Las Vegas, la ciudad más grande del estado de Nevada, para participar en las World Series of Poker (WSOP), la serie de torneos más prestigiosos del mundo del póker. Una competición donde busca la consagración definitiva como jugador profesional. En la edición de 2012 consiguió su mejor actuación en el Maint Event celebrado en la Ciudad del Pecado terminando en la posición 541 de unos 7.000 jugadores de todo el mundo que participan. Un trayecto por los casinos más importantes del mundo que realiza en ocasiones con un grupo de amigos uruguayos, que Marcelo conoce como La Tropa. Un grupo en el que se erige como líder con el objetivo de obtener el mejor resultado y las mayores ganancias posibles en las mesas de juego.

Una pasión por el póker que le ha servido como terapia para curarse de su amor de toda la vida, Racing Club. Una nueva vida que comparte junto con su hijo, Nicolás, que también forma parte del circuito profesional de póker. Nicolás cuenta con una trayectoria similar a la de su padre, ya que desde pequeño fue un apasionado seguidor de la Academia, incluso parecía que iba a ser su única prioridad en su vida. Aprendió a jugar al juego de cartas desde pequeño observando las partidas online de su padre, con el que en la actualidad comparte su gran pasión. Ambos han realizado el mismo viaje desde la grada del Circuito de Avellaneda hasta las mesas de juego. Un viaje sin billete de vuelta.