Fue en aquella final de la Eurocopa celebrada en 1988 cuando un jugador que parecía la versión fina de su contrario, Vanenburg, se doctoró como uno de los mediapuntas más memorables de los años 80. Su nombre, Oleksandr Zavarov. Para su desgracia, ese fatídico encuentro estuvo marcado por la resurrección de la naranja mecánica. Una para la que, con un DNI diferente, no habría desentonado al lado de Marco van Basten, el delantero total.

Sin embargo, aquel jugador de apariencia ratonil, de apenas un metro setenta de altura, pertenecía a la Unión Soviética; más concretamente, a la zona ucraniana. La historia rara vez recuerda a los vencidos, pero aquella selección de futbolistas soviéticos contaba con Dassaev, Mykhaylychenko, Protasov y el propio Zavarov. Para muchos fue una sorpresa que se plantasen en la final. No obstante: “Ya éramos bastante experimentados, habíamos jugado en el Campeonato de Europa y en la Copa del Mundo”, recuerda Zavarov al llegar a Alemania. “Por otro lado, ¿cómo puedes mantener la calma y no ponerte nervioso si tus oponentes en el grupo incluyen a Holanda, Inglaterra e Irlanda y el otro grupo está conformado por Alemania, Italia, España y Dinamarca?”.

La selección exquisita de naciones que jugaron la Eurocopa hizo de ésta una de las más recordadas de la historia. Zavarov había llegado a la misma con 27 años, en plenitud de su juego. Imprevisible en el regate, eléctrico en el cambio de ritmo y dotado de una visión de juego ideal para romper entre líneas, el pequeño ’10’ soviético representaba un modelo de jugador moderno, heredado de las enseñanzas de Johan Cruyff. Eso sí, por el sobrenombre con el que se le empezó a apodar en 1979 fue con el de Maradona. Su matojo de pelo encrespado y su parecido en la forma de entender el juego y de dotar de viveza a cada acción justificaban el rebautizo. En aquel mismo año, Zavarov daba sus primeros pasos en el Zorya Luhansk, donde llamaría lo suficiente la atención como para ser seleccionado en la selección soviética que iba a participar en el Mundial juvenil del pibe de oro. Nadie tuvo la más mínima oportunidad ante una albiceleste con 20 goles a favor por dos en contra. Ni siquiera el prometedor combinado de la URSS, que sucumbió en la final ante los Maradona, Ramón Díaz y compañía por 3-1, y con Zavarov viendo el encuentro desde la banda debido a una lesión sufrida en las semifinales contra Polonia, a los que había ejecutado previamente con dos goles suyos.

A pesar de la derrota, su caché subía como la espuma en su país, donde llegó a ganar la copa soviética de 1981 con el SKA Rostov, formando un dúo letal junto a Sergei Andreyev. Tales méritos tenían que acabar llevándole a uno de los clubes dominantes de la Unión Soviética, el Dinamo de Kiev. Pero, por poco, este destino se vio truncado debido a un affaire con la expeditiva burocracia rusa, que le impuso una sanción de por vida, que finalmente fue levantada.

 

Zavarov acabaría fichando por la Juventus en la temporada 1988-89. Su misión, hacer olvidar al mismísimo Platini

 

Zavarov acabó recalando en Kiev de la mano de Valeri Lobanovsky, que ya le había intentado convencer anteriormente sin éxito. Así fue como de 1983 a 1988, vivió su época dorada. Entre los éxitos cosechados, se encuentran las ligas de 1985 y 1986. Fue en este último año cuando dio lo mejor de sí, haciéndose con la Recopa de Europa de 1985-1986 ante el Atlético de Madrid, su título más recordado. No en vano, en aquel equipo, Zavarov jugaba por detrás de Belanov y la leyenda soviética Oleg Blokhin. Seguramente, el tridente más talentoso que haya tenido jamás un equipo de la URSS. De hecho, el Dimano de Kiev de esa temporada llegaría a ser incluido como uno de los equipos de leyenda del Subbuteo.

La consecución de la Recopa se produjo sólo unas semanas después del accidente nuclear de Chernobyl. El horror de la situación coincidió con el año en el que Zavarov sumaría una ristra considerable de condecoraciones a su parte de guerra. Entre ellas, la de mejor jugador europeo según la ICO, además de mejor jugador soviético y ucraniano. Únicamente le faltó el premio más preciado del mundo balompédico, el balón de oro, que se llevaría su compañero, Igor Belanov. Dicha decisión estaba reñida con un consenso inamovible en la Unión Soviética: Zavarov era el símbolo de aquella generación irrepetible.

En plena maduración de sus poderes, Zavarov estaba afinando más que nunca su estilo de juego. A la temible verticalidad de sus movimientos, fue añadiendo cada vez más recursos técnicos: voleas a pie cambiado, sombreros perfectamente medidos, driblings cortos y un crisol apabullante de pases en carrera.

Desde su tierra, Zavarov era contemplado como una versión obrera de Michel Platini. A diferencia del astro francés, al ucraniano no se le caían los anillos por poner la pierna al rival o presionar a las defensas enemigas. Como por obra del destino, Zavarov acabaría fichando por la Juventus en la temporada 1988-89. Su misión, hacer olvidar al mismísimo Platini, que se había retirado en la Vecchia Signora después de la 1986-87.

El peso abrumador del cometido fue una presión añadida a un jugador que no había salido de la Unión Soviética hasta aquel año; y al que, incluso, le había costado cambiar de aires cuando partió a Kiev.

A pesar de todo, su presencia en la Juve terminó resultando de gran importancia en los títulos alcanzados en la 1989-90: una Copa de Italia y una UEFA. Tras este postrero aliento de gloria, Zavarov cerró su trayectoria en su Siberia particular: cinco años en el Nancy y tres en el Sant-Dizier. Un exilio de ocho temporadas vacías de títulos en una liga menor como la francesa fue un peaje demasiado duro para alguien que, gracias a su reciente carrera como seleccionador de Ucrania, ha devuelto a la memoria sus fantasiosas intrusiones rondando el área rival. Las mismas que le validan como jugador más técnicamente dotado de la historia del fútbol ucraniano. Incluso por encima de su paisano Andriy Shevchenko.