El 28 de abril de este mismo año, tras vencer al Luzern con un ajustado 2-1, el Young Boys celebraba su primer título liguero en el siglo XXI, un trofeo que se le resistía desde hacía 32 años. Entre la inmensa alegría por acabar, por fin, con la tiranía del Basilea -campeón de las anteriores siete ediciones-, en la memoria de todos aquellos que celebraban el título estaba en mente el presidente del club, Andy Rihs, fallecido diez días antes de proclamarse campeones de la Superliga suiza. Así, con un sabor agridulce, el Young Boys sumaba otro título a una vitrina que ya cuenta con 12 ligas suizas.

El campeonato liguero le valió un billete para la última ronda previa de la Champions League. Y, después de derrotar al Dinamo de Zagreb, el Young Boys regresa a la máxima competición europea tras más de tres décadas de espera, siendo esta la primera vez que participa en el torneo desde que cambiara el formato a inicios de los años 90. Por fin, después de muchos cursos viéndose a sí mismo como un habitual en los playoffs previos a la Champions League, donde solo le permitían mojar los pies, hoy ya le permiten entrar sin miedo a mar abierto.

En la gala celebrada en Mónaco, las azarosas bolas estrelladas y sus cuencos fueron encasillando a los 32 clubes participantes de la 2018/19. A medida que el Grupo H iba llenándose de integrantes, el asunto se ponía picantón. “Ostras, Cristiano vuelve a Old Trafford”, pensarían los nostálgicos al ver que el Manchester United se iba al grupo de la Juventus; seguido de: “El Valencia seguro que se carga a Juve o United”; y, finalmente, con los aficionados del Young Boys maldiciendo ser el cuarto en discordia de uno de los grupos en los que menos hubieran deseado estar colocados. Lo curioso, y a la vez bonito, será que acostumbrados a destacar un único grupo de la muerte, en esta edición hay cuatro grupos -el A, el B, el C y el H- que podrían llevar todos ellos la misma etiqueta. Cuatro grupos en los que Brujas, PSV Eindhoven, Estrella Roja y Young Boys partirán, a priori, como las ‘cenicientas’ de sus respectivos cuadros, invitados de honor en un combate a tres bandas.

 

Su ataque es pura explosividad; su defensa no destaca precisamente por la fiabilidad ni la rigidez

 

Eso sí, nadie llega a la fase de grupos de la Champions League por casualidad. Si algo demostró el curso pasado la entidad bernesa es que su ataque es pura explosividad. Cerró el año con 84 tantos en la Superliga, más que ningún otro rival en suelo helvético, gracias a la fiabilidad de Guillaume Hoarau, Jean-Pierre Nsame y Roger Assalé frente al arco rival. Con ellos, y junto a llegadores desde la segunda línea como Miralem Sulejmani o Christian Fassnacht, el nuevo técnico Gerardo Seoane, sustituto de Adi Hütter -ahora en el Eintracht-, contará con un amplio abanico de futbolistas que pueden hacer daño de cara a puerta. A esa facilidad para enchufar goles a diestro y siniestro, también se le suma el poderío físico de tipos como Djibril Sow o Sékou Sanogo, regalos caídos del cielo para cualquier entrenador cuando el ritmo del partido requiere de futbolistas con piernas para aportar equilibrio y solidez en la medular.

Y si destaca un punto débil en el vigente campeón de la Superliga helvética es su fragilidad atrás. Quizá en la competición doméstica, con poco más de un gol encajado por partido el año pasado, no acuse las lagunas defensivas de una zaga que no destaca precisamente por su fiabilidad y rigidez, pero cuando los Lukaku, Cristiano Ronaldo y Rodrigo se crucen en sus caminos sí que pueden salir a la luz todas esas carencias, aún más expuestas tras la marcha del joven central Kasim Nuhu al Hoffenheim, vital para la consecución de la última Superliga suiza. Este talón de Aquiles, sumado a la obvia diferencia competitiva que hay entre visitar al Grasshopper en Zúrich o cagarte de miedo cuando tienes que recorrer el túnel de vestuarios de Old Trafford, serán dos de los puntos que deberá solucionar Gerardo Seoane si quiere dar guerra en la fase de grupos.

Así parte el Young Boys suizo de cara a su primera fase de grupos en una Champions League. A veces, cuando el balón estrellado echa a rodar, los ingenuos tacones de cristal de la cenicienta pueden convertirse en un arma de doble filo para unos rivales que, de primeras, no cuentan con su presencia en la fiesta. Veremos si los suizos son capaces de sorprender al mundo y alargar su estancia en Europa más allá de las 12 de la noche.