Nunca he conocido a nadie que le guste perder. Y lo gracioso es que nos pasamos la vida perdiendo. Desde lo más banal hasta lo más trascendental. Todo, absolutamente todo, se va despidiendo como el agua por el desagüe y nunca vuelve. El tren, familiares que nos dejan, amigos que toman diferentes vidas, un juego de cartas, el dinero, unas partidas a la Play, una vacante para un puesto de trabajo, la pareja. Lo que sea. Todo lo perdemos. Vivimos perdiendo. Y entonces, ¿por qué nos atrae tan poco la derrota si al fin y al cabo forma parte de nuestro estilo de vida? ¿No nos estaremos olvidando de leer entre líneas el concepto?

Hace poco, no recuerdo cuánto, entre discusiones futbolísticas en la redacción, se oyó algo así como a veces se gana y a veces se aprende. Creo que pasó bastante desapercibido. Ni idea, la verdad. Pero, aunque probablemente ya la habría escuchado incontables veces, en esa ocasión mi mente agarró la sentencia y se la llevó directa a la carpeta de ‘frases’ de mi disco duro. Y le dio un valor diferente a las últimas derrotas de mi equipo. Y a las de mi vida, de paso, también. Aquellos tres puntos que se fueron al bando contrario dejaron de doler tanto. Aquella estúpida discusión, también. Todo lo perdido tiene algo de aprendido, espero. Y quizá por eso a los que siempre ganan, que no sé quienes son pero por ahí andarán, les dé tanto pánico la derrota. Sudores fríos, miradas perdidas, encogimiento de hombros. Miedo a no entenderla, a no sacar nada positivo de ella.

Y de entre todos vosotros, nosotros, los derrotados, si hay alguno que en los días más recientes ha dado una lección de cómo encarar la derrota, vivir con ella, cogerla de la mano, apretarla bien fuerte, y saber lidiar con ella, ese ha sido Javier Aguirre Onaindia. Primero, por tener la valentía y el coraje de asumir la responsabilidad de la derrota. “El entrenador es básicamente el que toma las decisiones”, señaló ante los micrófonos, quitándole las culpas a sus futbolistas, tras rozar el milagro de la permanencia en la última jornada. Un milagro que ya se antojaba tal cuando el mexicano llegó a Butarque con el Leganés a seis puntos de la salvación, con una sola victoria en doce encuentros ligueros, y que se hizo cada vez más imposible cuando se le fueron los dos hombres encargados de marcar los goles de la salvación. Uno en dirección a Sevilla en enero. El otro, a Barcelona en febrero. Y todavía fue más imposible cuando el tercero de sus anotadores se despedía, lesionado, de la competición en el último mes.

 

“Si el fútbol puede valer de algo, pues que sea como lección de eso, que nadie se rinda, que siga luchando hasta el final. Aunque el resultado no es el esperado, la sensación y el sacrificio merecen la pena”

 

Pese a todo, el ‘Vasco’ Aguirre, con su sonrisa, su tono jocoso, su temperamento y su actitud, sacó a rastras a aquel equipo de un estado crítico y lo devolvió al césped. A competir, a dar tantas hostias como las que recibía, a batallar hasta que las matemáticas le dijeran que todo eso ya no servía de nada, y quién sabe si hubieran seguido haciéndolo. Y así, con la vitalidad de Javier Aguirre, aun con todo en contra, los ‘pepineros’ llegaron vivos a un último asalto en el que nadie los esperaba de otra manera que no fuera sin opción alguna a la permanencia. Lo dieron todo hasta el minuto 90. Y no se dio. Perdieron. Como de costumbre. Como lo habían hecho durante toda la temporada. Pero lo hicieron dignificando una profesión que cada vez lo parece menos y un deporte que también cada vez lo parece menos.

“Si vale como ejemplo lo que hemos hecho, mantenernos vivos hasta el final, luchar, no bajar la cabeza; aunque a nosotros no nos haya dado, le aseguro a la gente que es un orgullo llegar así hasta el final. Si el fútbol puede valer de algo, pues que sea como lección de eso, que nadie se rinda, que siga luchando hasta el final. Aunque el resultado no es el esperado, la sensación y el sacrificio merecen la pena”, apuntó, derrumbado, el capitán Unai Bustinza al terminar el encuentro ante el Real Madrid que enviaba, oficialmente, a los ‘pepineros’ a Segunda División. Y sí, vale como ejemplo. Porque si tengo que perder, que lo seguiré haciendo, yo prefiero hacerlo como el Leganés de Javier Aguirre.

 


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Fotografía de Getty Images.