Estás solo.

Caminas como camina un hombre de Giacometti. Un paso tras otro, ridículo, banal, cabeza gacha y manos en los bolsillos. Has salido de casa temprano. Parece que va a llover. Caminas a través de la tormenta. Nadie te acompaña. Querrías estar solo, en efecto lo estás. Son muchos contigo en el metro. Miran los teléfonos. Glóbulos rojos que alimentan las fábricas del extrarradio. Subes las escaleras. Sigues caminando. Caminas y cada uno de tus pasos es palabra que aguarda y espera.   

Un animal mitológico se despereza a lo lejos. Te reclama, quiere tu voz, anhela en cierta manera tu sacrificio. Caminas hacia él en estado de extrema lasitud. Permanece allá arriba, siempre allá arriba. Caminas hacia lo alto. La criatura bosteza, ruge, late, esto es Anfield. Hablaban los antiguos del centro del mundo. No importa dónde. Hoy será en otra parte, en otra ciudad. Un lugar de conexión entre el cielo y la tierra. No le temes a la oscuridad. Ya estás cerca, cada vez más cerca. Una presencia inmanente se impone y te atraviesa.

Estás aquí, cada nuevo partido se te ofrece como rito de iniciación. Cruzas las puertas como las cruzó Dante pero no se te ocurre abandonar la esperanza. Son cada vez más los que caminan a tu lado. Levantas la cabeza, caminas erguido. Evocas el espíritu proletario de Shankly animando tras la línea de cal, piensas en la rebelión de las masas, un fugaz saludo a su estatua, los puños cerrados, algo así como la conciencia de clase todavía, a pesar de magnates y dólares todavía. Y caminas ya sabes hacia dónde, caminas entre ellos, llevado por ellos, caminas con Paisley, con Klopp, con cada uno de los guías que han sido y que serán, no importa la tormenta.         

Las piernas te empiezan a temblar. Sientes las rodillas de mantequilla, líquidas, pura gelatina, igualitas a las de Grobbelaar en la tanda de penaltis contra la Roma en el 84. Quieres seguir caminando. Un paso tras otro pero ya no aciertas, vuelves a decirte que ya no eres tú, segunda persona del singular, que ahora eres nosotros, primera del plural. Te acuerdas de los Monty Python y del Ministerio de Andares Estúpidos. Te acuerdas también de Dudek en la final de Estambul. El síndrome de las piernas inquietas. Tiemblas, te tambaleas, apenas el canto te sostiene, el vuelo de la alondra, rima consonante, imagen detenida, la liturgia te mece criatura de pecho en los brazos de la multitud. 

Has traspasado el umbral. El templo te recibe con tres golpes en el pecho. No eres nadie, eres todos. Sé múltiple como el universo, te dicen. No soy nada, nunca seré nada, no puedo querer ser nada, aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo. Así como decía el poeta. Escucha el canto, piérdete en él, disuélvete en él, hazte polvo en un chasquido. No estás solo, te dicen, te vuelven a decir, te repiten. Estás dejando de ser el que eras, estás siendo todos para ser nadie. Te digo que yo soy tú, que tú eres nosotros, que todos somos esta voz y este presente, este instante consagrado.

 

Ves a Gerrard resbalarse en el centro del campo pero también ves a Rush, a Dalglish, a Fowler, incluso a Wijnaldum y Origi. Contemplas acaso en tu voz lo que sucederá esta noche y te vuelves a decir, a repetir, que es nada el silencio entre nosotros

 

 

Piensas en los mártires, en los ídolos, en las derrotas, en los muertos. Recuerdas acaso una guerra olvidada en Sudáfrica que dio nombre a la grada sobre la que languideces y te alzas. Tienes a Churchill, embutido en una camiseta de Ian Callaghan, cantando y fumando al lado tuyo. Trescientos soldados caídos en aquella colina vertical. Como moscas, como patos. Este hormiguero de voces que caminan y envenenan tu piel a cada segundo. Heysel, Hillsborough, no puedes dejar de pensar que los muertos también están contigo. Víctimas, victimarios, vencedores y vencidos. Una batalla en Sudáfrica a través del viento, la niebla y la lluvia. Estas batallas, aquellas, y también este viento, aquel viento, que nos palpita y nos dice.   

Participas de una misa solemne, profana, tremenda majestad. Nada se escapa de este anillo. El ritual nos cierra, nos aprisiona, nos eleva y desgarra. Quieres cantar más alto, quieres levantar tu voz hasta un imposible cielo dorado más allá de estas nubes y de esta noche. Levantas los brazos y extiendes la bufanda. Vuelve a sonar. En verdad no deja de sonar nunca. El círculo en el que nuestras voces son el coro épico de tantos presentes, pasados y futuros. El canto es siempre ahora. Ves a Gerrard resbalarse en el centro del campo pero también ves a Rush, a Dalglish, a Fowler, incluso a Wijnaldum y Origi. Contemplas acaso en tu voz lo que sucederá esta noche y te vuelves a decir, a repetir, que es nada el silencio entre nosotros.      

Y cantas, y cantas, y sigues cantando hasta que arden las palabras. Una corriente nos traspasa de lado a lado. Yo soy otro, tú eres yo. Caminamos. Hierve el estadio en la letanía, ondean las banderas, el cántico nos despedaza nota a nota. Creamos entre todos un templo que se alza en el oído. Así como decía otro poeta. Decenas de miles de cuerpos te circundan bajo una sola voz. Vibra al unísono este corazón desacostumbrado. Sientes vértigo, fuerza, embriaguez. Este temblor, fascinante y tremendo, de querer ser nadie. Sin abandonar la esperanza, nunca abandonar la esperanza. No importa lo que pase. Cantas. El balón echa a rodar. Seguirás cantando.    

Te repites. Te lo vuelves a decir. No es nada el silencio. Cantan contigo. Cantan también conmigo. Y caminas. Y sigues caminando.

No estás solo.