Recojo la pelota junto a una de las esquinas de mi propio campo. Me presiona un contrincante, y en cuestión de segundos tengo a dos tipos encima. Es el primer entrenamiento con mi nuevo equipo y no puedo liarla. Se la ofrezco a mi central, que me la devuelve rápido como el invitado de Ramón García al Grand Prix que acertaba de chiripa la pregunta de la patata caliente. La pelota quema. Qué agobio.

Vuelvo a dársela y señalo hacia dónde voy a ir. Mi compañero se percata y, por suerte, los rivales no. Recibo y ofrezco el balón a otro compañero, me deshago de la patata caliente y me quedo en campo propio. Ha sido una jugada suficientemente estresante como para aventurarse hacia adelante.

“Guay”. Hugh, el capitán, se acerca al trote cuando la acción está suficientemente lejos. “Ha salido bien”, comenta más aliviado que satisfecho, “pero los domingos la revientas, no te complicas”. Patapum p’arriba.

A la semana siguiente jugué mi primer partido con The Quays FC. Un amistoso. En un momento dado recibo en la frontal. “Me giro y si entra alguien por la derecha se la doy, si no, le pego al palo largo, no me complic…”

¡PUM!

Estoy en el barro y la pelota se la lleva un tipo del otro equipo. “¡Árbitro! ¡Maldita sea!”. Trato de levantarme lo más dignamente posible, y Hugh viene a echarme una mano. “Joder, menuda hostia me he llevado”, le digo mientras me incorporo. “Welcome to England, mate”, me contesta cuando ya estoy derecho.

 

Gareth Southgate tomó el relevo cuando Sam Allardyce se ganó el despido. Empezó la revolución. De repente, los tres leones se encontraron con un seleccionador joven. El juego también cambió, como lo hizo la actitud

 

Cuando llegué a Inglaterra a buscarme la vida, antes de tener empleo o habitación, encontré un equipo en el que jugar. Frustrarse porque la pelota no entra es mucho más llevadero que frustrarse porque no sale trabajo. Y aunque mis bártulos seguían en la maleta porque no tenía donde caerme muerto, cuando rodaba la pelota yo estaba en casa.

Terminaba 2015 y llegaba 2016. Wenger había hecho un lavado de cara al Arsenal un par de décadas antes. Pochettino empezaba a comerle la tostada en el norte de Londres con el Tottenham. Mientras Jürgen Klopp construía el equipo que pelearía por la Liga de Campeones años más tardes, Claudio Ranieri ganó la liga con el Leicester. Luego Antonio Conte hizo lo propio con el Chelsea. Y llegó Pep Guardiola, cuyo Manchester City se hartó de romper récords.

Los banquillos de la Premier League recuerdan al menú de un pub. Hay empanadas y asados de toda la vida, y también aliños indios como el tikka masala, o jamaicanos como el jerk. También florecen restaurantes mediterráneos: pasta, pizza, embutido y arroces. Hay para todos los gustos.

Llamándome Xavi, plantarme en el centro del campo generó bromas y expectativas ridículas. Lo cierto es que pasé más tiempo mirando arriba a ver si me caía algún balón que mirando hacia abajo para controlarlo. Pero el juego fue cambiando progresivamente. Poco a poco empezamos a rasear más el balón. Pero no solo nosotros, todo el mundo. Equipos de barrio en campos de barro, tratando de salir jugando desde atrás.

Nada explica mejor este fenómeno que la propia selección inglesa. Gareth Southgate tomó el relevo cuando Sam Allardyce se ganó el despido. Empezó la revolución. De repente, los tres leones se encontraron con un seleccionador joven, que contaba con jugadores jóvenes con los que ya había trabajado. El juego también cambió, como lo hizo la actitud.

“Era todo ida y vuelta y los ingleses ni valoraban ni entendían cosas como un pase atrás o un control”, le explicaba Marcos Alonso a Diego Torres en la entrevista publicada en El País. “El jugador inglés se ha transformado”.

Los periodistas que en la última Eurocopa no pudieron cubrir el torneo de dardos que disputaron los jugadores ingleses, fueron invitados a competir con ellos en Rusia. Y en lugar de mendigar por unos minutos tras entrenamientos y partidos para poder charlar con los futbolistas, contaron de jornadas abiertas en las que entrevistarles durante el torneo. Los cambios de juego y mentalidad trajeron cambios en los resultados.

Ante Colombia, Inglaterra ganó su primera tanda de penaltis en un Mundial. Harry Kane fue el máximo goleador del torneo, y los tres leones alcanzaron las semifinales por primera vez en 28 años.

Un mes después empezamos nuestra pretemporada. Y Hugh envió un video al grupo del equipo. “Tenéis que ver esto, muchachos. Sé que a algunos no os gusta oírme decir que entrenamos en un campo demasiado grande. Escuchad lo que dice Pep. Jugaremos mejor si movemos el balón continuamente, rápido y sencillo, y dejamos los balones en largo de lado”. Ya no la reventamos.