En 1999 Lazio y Mallorca protagonizaron la última final de la Recopa. Un torneo europeo que nunca quiso ser más que eso se sacrificó en el altar del nuevo fútbol.


No hay nada más socorrido para comenzar un artículo que recurrir a una de esas frases redondas de un escritor famoso. Las de los políticos también sirven -sobre todo de Kennedy o Churchill-. Adagios que aportan una pátina de prestigio cultural. No será el caso de este texto. Llevo mucho tiempo buscando, sin encontrarla, una frase que leí hace años. No la recuerdo literalmente y ni siquiera sé si su autor fue un premio Nobel o un fontanero ocurrente. Venía a decir que hasta los 20 años una persona interioriza los cambios sociales y tecnológicos de forma natural. Hasta los 35 la asimilación de las novedades exige ya un cierto esfuerzo, y a partir de esa edad uno se muestra crítico e incluso receloso con las variaciones ante las que nos sitúa la vida.

Probablemente el paso del tiempo siempre abre de forma implícita una puerta a la nostalgia. Pero sometidos como estamos a un constante cambio, obligados a actualizarnos cada día, empujados al manejo de nuevos aparatos, la tentación de idealizar un pasado más sencillo nunca fue tan tentadora. En la vida y en el fútbol. No me hagáis mucho caso. Quizá simplemente estáis leyendo un texto de alguien que ya tiene más de 35 años.

Alguien, por tanto, que conoció otro fútbol. Crecí admirando un deporte más sencillo, que había permanecido sin cambios durante cuatro décadas. Los campeones de liga jugaban un torneo continental. Los de copa, otro. No había liguillas. Cada país mandaba a su representante, y cada club representaba a un país. En los equipos se alineaban de forma casi exclusiva jugadores de esa nacionalidad. Un deporte que se veía en el campo y, ocasionalmente, en la tele. Basado por tanto en la experiencia física: gritar, sudar, tiritar, llorar, reír, abrazar, insultar. Todo desde un asiento de plástico. O desde el cemento pelado. Y, como experiencia física, muy limitada a la cercanía geográfica. Eras del equipo de tu ciudad, ya estuviera en Segunda o se codease con el Hamburgo en la Copa de Europa. Eras del equipo de tu ciudad, que era el equipo de tu padre, de tus amigos, de una comunidad de personas y afectos. No escogías club: el club te escogía a ti.

Y tú lo amabas porque esa camiseta, ese estadio, ese delantero gordito, todo eso era parte intrínseca de tu vida. Los abuelos pueden ubicar un acontecimiento histórico en función de los nacimientos, las bodas o los entierros habidos en la familia: esos suelen ser sus parámetros de referencia. Los aficionados al fútbol, en cambio, medimos nuestras vidas por las temporadas de nuestros equipos, por los fichajes, por los descensos, por los títulos. Al menos así lo hicimos mientras el fútbol fue un fenómeno aprehensible con más trascendencia social que comercial.

Podría aquí alargar hasta la náusea el listado de detalles vintage, que a muchos harán las delicias en estos tiempos de hipermercantilización. Yo no sé si aquel fútbol era mejor; de hecho, no lo creo. La actual deriva de este deporte ha redundado en estadios que parecen aeropuertos, campos de entrenamiento que parecen laboratorios, entrenadores que parecen arquitectos y jugadores que parecen marcianos. Nunca antes el futbolista fue tan futbolista: los niños entrenan hoy más horas y mejor tutelados. Es cierto, ya no se juega en la calle. ¿Es eso malo? ¿Messi sería Messi si no hubiera cambiado el potrero por la formación casi obsesiva de La Masia? Quizá sí. ¿Cristiano Ronaldo sería CR7 si Ferguson no hubiese esculpido en aquel niño flacucho un blindado de músculos y ambición? Quizá no. La verdad, no lo sé.

No es que ya no queden futbolistas con michelines. Lo sorprendente es que hasta los árbitros y los entrenadores parecen hoy sacados de una maratón. El fútbol de elite, que antes solo era la cúspide de un deporte popular, se aleja de los mortales. Ahora es más fácil admirar a los futbolistas que empatizar con ellos, superdotados físicos, más multimillonarios que antes, más planetarios que nunca, a los que solemos contemplar de forma remota -y pasiva- a través de una ventana que pone a la misma distancia de nuestro sofá La Romareda, Stamford Bridge o la Bombonera de Boca. Jugadores que a veces cambian de equipo sin saber exactamente cómo se pronuncia la ciudad en la que su agente les ha conseguido una cesión con opción a compra que nunca se ejecutará. No digo que sea malo. Digo que es diferente.

 

Presente en el menú semanal de los futboleros europeos durante 40 años, la Recopa simboliza las virtudes y defectos de un fútbol que fue y ya no es

 

Estamos inmersos en una espiral de cambios cada vez más acelerada por la tecnología y, por tanto, de incierto pronóstico. De la utopía de un futuro mejor hemos pasado a la retropía de un pasado imbatible. El filósofo polaco Zygmunt Bauman escribió un ensayo sobre este tema (y luego se murió). Una tendencia que afecta a la moda o a la música pero que, llevada al mundo del balón, tiene un lema: odio eterno al fútbol moderno. ¿Qué es el fútbol moderno? ¿Cuándo empezó eso? ¿Cuánto duró el fútbol antiguo, si es que existió? ¿Y lo que se intuye ahora, es fútbol posmoderno? ¿Es postfútbol? La verdad, tampoco lo sé.

Puestos a datar el fenómeno, en los años 90 advierto una frontera. La Premier. La Champions. La Ley Bosman. Televisiones (en plural). Internet. Boom: el futuro era esto. Algunas cosas se quedaron en el camino pero, seamos sinceros, no todas eran deseables. Quien meó en un estadio de los 80 lo sabe. Aquellos campos apestaban a Ducados y testosterona. En el fútbol casi no había mujeres, ni viéndolo ni practicándolo. Si en el equipo contrario jugaba un negro -lo cual no fue tan habitual en España hasta los 90- buena parte de la grada se transformaba en un coro asqueroso. Muchos fondos eran cocederos de xenofobia y homofobia, dos términos que dudo haber escuchado antes de este milenio. Ahí nos salieron los dientes a muchos. Y alguna vez estuvimos cerca de que nos los saltaran.

Convivías con la violencia cuando te ponías la bufanda, pero también cuando te calzabas las botas -negras, por supuesto- y aquellas inmensas espinilleras que te reforzaban el tobillo y te llegaban hasta la rodilla. Para los nostálgicos: vale, había más futbolistas callejeros y gambeteadores. Pero por cada uno de ellos había tres centrales con unas inmensas ganas de bajarlos a hostia limpia. Y muchas veces lo conseguían.

En cambio, de otras de las pérdidas que ha dejado el progreso es comprensible sentirse viudo. El mundo previo a la globalización era un lugar mucho más pequeño que el actual, y por tanto más sencillo. El radar de equipos, jugadores y partidos a seguir era forzosamente más limitado. Todo tenía una escala menor y el fútbol internacional solo entraba a través de dos tubos: el de los torneos de selecciones, en los que participaban menos equipos, y el de las competiciones europeas. El menú intersemanal del aficionado se mantuvo sin cambios durante décadas: martes, Copa de la UEFA; miércoles, Copa de Europa; jueves, Recopa.

Si hoy es jueves, esto es la Recopa

Escribo Recopa pese a la insistencia de mi corrector de textos por escribir ‘recoja’: evidencia ofimática del absoluto olvido en que ha caído la Copa de Campeones de Copa, que es como oficialmente se denominaba la segunda gran competición continental. En inglés, en francés, en alemán… salvo en español, donde el gracejo de Pedro Sardina, a la sazón redactor jefe del diario Marca, la bautizó con esa felicísima fórmula que hizo fortuna desde el primer momento (tal y como sugieren las hemerotecas, y me confirma Alfredo Relaño).

Así como la Copa de Europa fue un invento del periodista francés Gabriel Hanot, la Recopa tuvo por progenitor a un empresario austriaco, Alfred Frey. Después de amasar dinero con una distribuidora de material cinematográfico, Frey llegó a 1956 convertido en mandamás del Wacker, un modesto club vienés, y vicepresidente de la federación austriaca. En marzo de aquel año, cuando aún se disputaba la primera edición de
la Copa de Europa pero cuyo éxito resultaba ya cristalino, Frey propuso replicar la misma competición pero con los campeones de copa. La dirección de la UEFA no lo vio pertinente y Frey se sacó un as de la manga: si no lo organizaba la confederación europea lo haría el comité de la Copa Mitropa. La Recopa, por tanto, entroncaba por vía directa con el primer gran torneo europeo de la historia, puesto que la Mitropa había nacido en 1927 por inspiración de Hugo Meisl para que los mejores clubes de Europa Central (la Mitteleuropa, en alemán: de ahí el nombre) midiesen sus fuerzas.

 

Nacida como hija de la vieja Mitropa y hermana de la exitosa Copa de Europa, la Recopa nunca conoció al mismo campeón dos años seguidos

 

Verdaderamente atractiva durante el periodo de entreguerras, la Mitropa fue un prodigio de organización en tiempos de las locomotoras de vapor, favorecido por el auge del fútbol danubiano. En aquella década de los 30, Austria, Checoslovaquia, Italia y Hungría -los países participantes- coparon los primeros puestos en los Mundiales. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial y la posterior división del continente en dos órbitas, la capitalista y la comunista, evitaría su recuperación hasta 1955. La UEFA, que pudo apoyarla, optó sin embargo por contraprogramarla con el nacimiento de la Copa de Europa ese mismo año. Dos polos, uno en París y otro en Viena, forcejearon durante esos años por el diseño del fútbol europeo, en una especie de réplica futbolística de la Guerra Fría.

Y así nació la Recopa, el 13 de febrero de 1960, como hija bastarda de un enfrentamiento en los despachos, sin el reconocimiento de la UEFA. En la primera edición, organizada fuera del paraguas del ente europeo, solo diez naciones enviaron a un club (entre ellas no estaba España ni, obviamente, Francia). Sin embargo, el éxito del torneo, que acabó ganando la Fiorentina ante el Rangers de Glasgow, obligó a firmar la paz. La UEFA apadrinó el invento austriaco, y en la segunda campaña, la 1961-62, la Recopa se engordó hasta 23 clubes, entre ellos el campeón español, el Atlético de Madrid, que acabaría levantando el pequeño trofeo en Stuttgart. Entonces se decidió también que la Recopa escogería a sus vencedores en finales únicas, como la Copa de Europa, y no a ida y vuelta como la Copa de Ferias.

Las siguientes ediciones fueron regando de gloria a grandes nombres del continente: el Tottenham Hotspur de Danny Blanchflower y Jimmy Greaves, el West Ham de Bobby Moore y Geoff Hurst (que un año antes de ganar el Mundial levantaron la Recopa también en Wembley), el Borussia de Dortmund de Libuda, Held y Emmerich, y el Bayern de Múnich de unos jovencísimos Sepp Maier, Franz Beckenbauer y Gerd Müller, que sólo llevaban dos temporadas en la máxima categoría y aún no habían empezado a coleccionar trofeos como si padecieran la versión deportiva del síndrome de Diógenes.

En 1969 se produjo una de las primeras sorpresas: el Barça cayó por 3-2 en la final ante el Slovan de Bratislava, a pesar de los goles de Zaldua y Rexach. Aquel Slovan contó en las gradas del Sankt Jakob de Basilea con el apoyo de miles de exiliados checoslovacos, que habían salido de su país unos meses antes huyendo de la invasión soviética. Un año más tarde, el Manchester City obtuvo su único trofeo internacional en un escenario desolador: menos de 8.000 espectadores se dieron cita en el Prater vienés para ver la final ante el Górnik Zabrze. El Telón de Acero aún no presentaba grietas y para los aficionados de Europa Oriental era prácticamente imposible poder seguir a sus clubes por los países capitalistas. Así, en 1974 el Magdeburgo de Jürgen Sparwasser -que unos meses después daría la campanada derrotando con la DDR a Alemania Occidental en su propio Mundial- obtendría el único trofeo continental de la RDA ante el Milan de Rivera y apenas 6.461 espectadores en Róterdam.

La capacidad de anticipar el futuro de la Recopa no se limitó a anunciar nombres que luego confirmarían su pujanza en escenarios aún mayores. También señaló problemas incipientes sin que sirviera para atajarlos. En 1972 el hooliganismo aún no había estallado en toda su crudeza pero en la final de la Recopa, disputada en Barcelona, 20.000 hinchas del Rangers alarmaron a Europa al invadir el terreno de juego, destrozar los asientos y el marcador, e incluso arrancar los micrófonos de ambiente de la televisión. “Aquello no era un coro de entusiastas deportivos sino una manada de delirantes incontrolados dispuestos a arrasarlo todo”, escribiría al día siguiente un aterrado editorialista en Mundo Deportivo.

 

Mientras el Madrid no pudo inscribir su nombre en el trofeo, para toda una generación de culés la Recopa supuso agua en el desierto

 

Las ediciones se fueron sucediendo, con una dinámica que la competición mantendría hasta su desaparición: ningún campeón pudo repetir título. No lo logró el Anderlecht a finales de los 70, ni el Ajax a mediados de los 80, ni el Arsenal en los 90 (aunque para ello tuvo que mediar la milagrosa parábola de Nayim sobre el cielo de París). También se mantuvo la ausencia en su palmarés de un nombre tan grande en el concierto mundial como el del Real Madrid. Por dos ocasiones pudo el club blanco inscribir su nombre en el trofeo: el Chelsea en 1971 y el Aberdeen que entrenaba un joven Alex Ferguson en 1983 lo impidieron. En cambio, para toda una generación de barcelonistas, la Recopa fue agua en el desierto. En la bisagra de los 70 a los 80 el club catalán languidecía sin haber celebrado más que una liga en dos décadas. Y si los títulos de Copa hacían de pálido sustitutivo, la Recopa podía amortiguar la sed internacional del Camp Nou. La final de Basilea en 1979, vencida con Krankl y Neeskens ante el Fortuna de Düsseldorf, supuso un impacto para la afición, que se desplazó en masa a Suiza entre un multitudinario flamear de senyeres, por fin legales tras la muerte del dictador Franco. Tres años después, los blaugrana repitieron triunfo, dando lugar a una generación que faltada de otros títulos cifró su felicidad en ese pequeño trofeo europeo: los ‘aixecarecopes‘ (levantadores de recopas). Nunca un éxito fue tan sinónimo de fracaso como en ese mote culé.

En los 80 siete equipos de siete países diferentes se sucedieron en el palmarés, testimonio de la diversidad e igualdad del fútbol en aquel momento: del Valencia de Kempes al irreverente Malinas belga. Sin embargo, bajo las aguas se estaban gestando las transformaciones que, a comienzos de los 90, redibujaron el panorama futbolístico. Tras el nacimiento de la Champions, la Recopa se presentó como un fósil que recordaba demasiado a la vieja Copa de Europa, cuyo formato original reprodujo hasta sus últimos días: un representante de cada país, cuatro rondas eliminatorias y la final. Sin liguillas. Sin equipos que se añadieran eliminados de otras competiciones. Un torneo del KO sencillo y breve. Y, por tanto, pasado de moda.

A la Copa de Europa la hipermuscularon hasta convertirla en la Champions League, que ni es solo una liga -de momento- ni es solo para campeones. A la Copa de la UEFA la mutaron en un engendro, la Europa League, cuya primera fase cuenta con 12 grupos. Con la Recopa hicieron algo más digno: a la Recopa la mataron.


Este texto está extraído del #Panenka65. Puedes conseguirlo aquí.