Ubi sunt, cualquier tiempo pasado fue mejor. En Lleida, nadie olvidará jamás lo que vivió en aquel mágico 5 de junio de 1993. Pocos apostaban por el ascenso a principios de temporada, pero la Unió Esportiva Lleida de Mané tocó el cielo al batir al Badajoz por 3-0, certificando así, a dos jornadas del final de la Liga, el regreso de la tan olvidada Terra Ferma a la máxima categoría. “El Lleida está en Primera, y no hay nadie que escape al hechizo. Luce el sol en el Segrià y ya nadie se acuerda del crudo invierno”, relataba El Mundo Deportivo, glosando la gesta de un Lleida que hizo historia al conquistar un territorio que se presumía inalcanzable.

“El ascenso era una cosa impensable. Fue increíble. Recuerdo que el día siguiente había elecciones generales. ‘Ni PSOE, ni PP. ¡Vota Mané!’, gritábamos aquella noche”, rememora el escritor Ramon Usall, evocando una época en la que apenas unos pocos privilegiados podían recordar la única vez que el Lleida había estado en Primera División, aquella lejana campaña 50-51 en la que el equipo, incapaz de sumar ni un solo punto lejos de casa, acabó último después de encajar hasta 134 goles en contra, récord histórico de la competición.

43 años después, la euforia regresó a un Camp d’Esports que por aquel entonces vivía entregado a sus futbolistas, a aquellos guerreros de azul que se convirtieron en los ídolos de una ciudad acostumbrada a festejar los triunfos de príncipes ajenos. “Fue una explosión de lleidatenisme. Reivindicamos el orgullo de ser de Lleida. Nosotros llegamos al campo tres horas antes para preparar la transmisión, pero ya había un ambiente brutal. Aquel 5 de junio lo tengo marcado en rojo en el calendario. Vivimos una experiencia impagable. Fue lo máximo. Siempre podremos decir que vimos al Lleida en Primera”, enfatiza el periodista de Catalunya Ràdio Dani Badia antes de admitir que, siempre que se acercan las Navidades, vuelve a disfrutar del “estallido de felicidad” que fue aquel imborrable encuentro contra el Badajoz.

 

“Ni PSOE, ni PP. ¡Vota Mané!”, se gritó la noche del ascenso, sellado un día antes de las generales

 

El Lleida, un club tan familiar como humilde que materializó la proeza del ascenso con el nombre de un supermercado (Boya) estampado en el pecho, empezó a tocar con los pies en el suelo aquel mismo verano, justo cuando empezó a intuirse que sus recursos quizás eran demasiado limitados para poder competir con garantías en la élite. “Éramos la cenicienta, el equipo más modesto. La planificación deportiva se hizo con demasiado retraso, con muchas carencias”, sentencia Badia. “Ahí nos fallaron algunos compromisos de algún club grande”, acentúa Mané, su entrenador, en clara alusión al Futbol Club Barcelona. “Con cero dinero, tuvimos que ir deprisa y corriendo para completar la plantilla. Aquella situación nos obligó a ampliar la secretaría técnica, a delegar, a perder control sobre el club”, insiste en lamentar el técnico vizcaíno, ilustrando la naturaleza de un Lleida que, desde que Mané aterrizó en el Camp d’Esports a mediados de la 88-89 para intentar enderezar, sin éxito, el rumbo de un equipo que parecía condenado al descenso a la Segunda B, había girado siempre alrededor del exitoso binomio que constituyeron su figura y la del presidente, el fallecido Mario Durán.

Inevitablemente, las limitaciones del Lleida se trasladaron a los terrenos de juego desde el primer momento. “Sufrimos muchísimo para acoplar el equipo al principio de la primera vuelta, para encauzar el río. No veíamos cómo podíamos revertir la situación”, admite un Mané que, como muchos de sus jugadores, debutó en la máxima categoría el 5 de septiembre de 1993, en un disputado partido contra el Tenerife de Jorge Valdano en el Heliodoro Rodríguez López (1-0). “Recuerdo perfectamente aquel partido. Antes de saltar al campo, Gonzalo Arguiñano, que era uno de los que tenían más experiencia, me vino a dar la mano. ‘Enhorabuena, chaval’. ‘Hostia, si todavía no hemos ganado’, dije. ‘¿Tú sabes lo que es debutar en Primera?’, respondió. Tenía razón, el tiempo ayuda a darle a las cosas el valor que tienen”, arranca Sergi Parés, uno de los atacantes de aquel Lleida que en la primera jornada, con hasta nueve de los futbolistas que habían conseguido el ascenso en el once titular, cedió ante el Tenerife a pesar de merecer mucho más.

“Allí nos dimos cuenta de que la Primera División es otro mundo. Nosotros nunca nos rendíamos, nunca bajábamos los brazos porque éramos una familia de gente que venía de abajo, con hambre, con ambición, con muchas ganas de crecer; pero en Primera los partidos se deciden en las áreas, y ahí nos faltaba un poco de calidad, especialmente en la parcela ofensiva”, enfatiza Parés, evidenciando el eterno quiero y no puedo que fue aquella fugaz temporada para el Lleida. Parafraseando a la genial película Match Point, la pelota bailaba sobre la línea de gol, pero casi siempre acababa por huir de las redes rivales.

La grandeza del colista

La inquebrantable ilusión del Lleida fue, sin duda, uno de los factores que mantuvieron con vida a los pupilos de Mané, que enlazaron cuatro ajustadas derrotas en las cuatro primeras jornadas. La primera alegría, un empate contra el Valencia en el Camp d’Esports, no llegó hasta la quinta fecha, aunque la hinchada ilerdense tuvo que esperar hasta la décima para disfrutar de la primera victoria de sus futbolistas. Aquel 7 de noviembre, el Lleida batió a la Real Sociedad por un claro 1-3. “El Lleida, vestido de rojo, recordó al ciclón azul de la pasada temporada. Fue un Lleida de cine. Un Lleida que decidió rebelarse contra su propio destino. Un Lleida que dijo basta a tanto desastre. Un Lleida serio. Un Lleida de Primera y no ese Lleida exasperante de hasta ahora. Un Lleida para la permanencia”, subrayaba El Mundo Deportivo.

El triunfo contra la Real pudo ser un punto de inflexión para el Lleida, pero el 0-1 contra el Albacete en el Camp d’Esports de la siguiente jornada ratificó la condición de colista del cuadro de la Terra Ferma, que el 20 de noviembre, con un balance de una victoria, dos empates y ocho derrotas en los once primeros partidos, se presentó en el Camp Nou para medirse al Dream Team de Johan Cruyff en un encuentro que parecía poco más que un trámite para los azulgrana. “Aunque sean muy pocas, también tenemos nuestras posibilidades”, había avisado Mané en la previa, si bien es cierto que nadie esperaba que el Lleida, un equipo que deambulaba desnortado por la élite del balompié español, consiguiera nada positivo en el Camp Nou, donde el Barcelona de Cruyff no perdía en la Liga desde el 6 de octubre de 1991.

Los locales marcaron los tempos del encuentro desde los primeros compases. Pero algo, además del ambiente festivo que rodeó al partido –“El Lleida es el único equipo visitante de Primera División legitimado para jugar en el Camp Nou como local. Solo el Tenerife, por razones humanamente comprensibles, había sido acogido con semejante trato. Pero aquello era el pago de una deuda, y esto es verdadero cariño”, escribió Enric Bañeres–, hacía pensar que las cosas no seguían los cauces habituales. Incomodados por el sólido plantel ilerdense, los Romário, Hristo Stoichkov, Michael Laudrup y compañía no acertaban a encontrar ninguna fisura en la ordenada zaga visitante, siempre parapetada en su propia área a la espera de recuperar el esférico para acercarse al arco rival mediante rápidos contraataques.

El esfuerzo del Lleida estuvo a punto de convertirse en estéril e inútil en los últimos instantes de la primera mitad, cuando José Núñez Manrique se inventó un penalti de Pedro Luis Cárdenes sobre Romário. Con Ronald Koeman en el banquillo, la responsabilidad recayó en el astro brasileño, pero Mauro Ravnić, el Zamora de Segunda en la 92-93, detuvo la pena máxima con la misma contundencia con la que en 2009 superaría una leucemia. El croata había puesto un ‘2’ en la quiniela, escenificando la inagotable fe de un equipo que jamás desconfió de su potencial, como ya demostró Xavi Bartolo unos meses antes al apostarse cuatro cenas a que el Lleida lograría el ascenso. “La falta de fe siempre se paga”, disparó entonces el delantero catalán, que aterrizó en el Lleida procedente de un equipo de fútbol sala de Mollerussa.

La parada de Ravnić multiplicó los nervios locales y dio alas al Lleida. “Aquel Barça era la hostia. Dominaron el partido, pero sufrieron mucho. Ellos tenían la pelota, nosotros teníamos el sufrimiento y la lengua fuera. Pero con el paso de los minutos empezamos a asomarnos a su área”, rememora Mané. Con todo, cuando el encuentro ya languidecía, apareció Jaime Quesada para anotar el gol de su vida con una preciosa parábola que desató la euforia de los 5.000 aficionados que vivieron aquella hazaña en directo. Como Ramon Usall, que recuerda aquella “poética victoria” como “una explosión de euforia popular”. “Demostramos que los clubes pequeños también podemos hacer grandes cosas. Somos el salvaje oeste, pero también tenemos nuestro orgullo”, asevera el escritor. “Es real, lo hicimos de verdad. Perder era lo normal. Empatar era la hostia. Pero lo que conseguimos fue el súmmum”, añade Miguel Rubio, el gran capitán y un fijo para Mané, evocando aquella noche en la que el Lleida, uno de los únicos cuatro colistas que han derrotado al Barça en su campo, desafió la historia en “uno de aquellos partidos que explican la grandeza del fútbol”, según narraba El Mundo Deportivo en una crónica que insistía en que “fue el triunfo de la modestia, la disciplina y la fe”.

La muerte más digna

La aventura del Lleida en Primera fue tristemente efímera, pero para los aficionados del conjunto de la Terra Ferma no debe ser fácil concluir cuál es el mejor día de los que les regalaron los jugadores de Mané. Y es que el Lleida aprovechó la visita del Real Madrid al Camp d’Esports para convertir el 6 de marzo de 1994 en una fecha eterna. “Locura. Delirio. Frenesí. Faltan calificativos. O sobran. Para explicar el histórico triunfo del Lleida. Camino de la calle, un veterano aficionado lo explicaba con apenas cinco palabras: ‘Ya me puedo morir tranquilo”, proclamaba la crónica de El Mundo Deportivo, relatando un encuentro inenarrable en el que el Lleida, desatado, desnudó las miserias del conjunto blanco al doblegarlo por un 2-1 que incluso pareció corto y que acabó de sentenciar a Benito Floro, triste protagonista del partido por la famosa bronca, captada por el Canal+, con la que intentó arengar a sus futbolistas en el descanso: “¿Dónde están esos cojones? ¿Y la calidad? ¿Y las ganas de jugar? ¡Qué lamentable! ¡Joder, que sois el Real Madrid! ¡Haced lo que os salga de la polla, pero ganad, coño! Un equipo que el año pasado estaba en Segunda A… ¡Con el pito nos los follamos, con el pito! ¡Me cago en Dios!”.

“Fue algo indescriptible. Recuerdo que fuimos a un restaurante a celebrar la victoria. Cuando entramos con Quesada todo el mundo nos empezó a aplaudir. Tuvimos que salir del restaurante de la vergüenza que teníamos”, reconoce Sergi Parés, que en el 19′ abrió el marcador que Søren Andersen se encargaría de cerrar diez minutos después con la última de las dos dianas que celebró con la elástica del Lleida, dejando sin efecto el tanto de Fernando Hierro en el 21′. “Aquel gol, con los años, me lo ha recordado todo el mundo. Quedará para siempre, es un pequeño trozo de la historia. La calidad y la experiencia suman, pero la ilusión multiplica. A veces no es suficiente, pero en aquellos partidos lo fue”, celebra Parés.

Con aquellas dos victorias, profetizadas por Miguel Rubio en las celebraciones del ascenso, el Lleida demostró que era capaz de vencer a cualquiera, pero durante el resto de la temporada evidenció que también podía perder contra cualquiera. “Ganamos a los rivales equivocados. Nos quedamos en la orilla después de dos actos heroicos. Pero morimos con una increíble dignidad, con orgullo. Morimos envenenados de felicidad”, afirma el periodista Miguel Rico, que conserva con un enorme cariño la camiseta y el brazalete que lució Rubio en aquel irrepetible encuentro contra el Madrid. “Perdimos la ocasión de nuestras vidas”, lamenta Rico, consciente de que el Lleida escribió “su propia necrológica” con los resultados que cosechó en la primera vuelta y en el Camp d’Esports, donde tan solo fue capaz de vencer al Valladolid, al Madrid y a la Real Sociedad.

Un recuerdo “cojonudo”

El sueño de la permanencia quedó prácticamente enterrado en la penúltima jornada, cuando el Lleida, que en la segunda vuelta llegó a enlazar seis jornadas sin conocer la derrota, perdió por 0-1 ante el Atlético de Madrid en un encuentro en el que Manuel Díaz Vega le birló un penalti clarísimo y en el que los de Mané volvieron a jugar mejor que su adversario. “Explicar por enésima vez que el Lleida mereció ganar suena a chiste, pero es verdad”, explicaba El Mundo Deportivo. El descenso se consumó en Santander, donde el Lleida, que estaba obligado a ganar y a esperar que el Celta de Vigo derrotara al Valladolid en Zorrilla, perdió por 2-1.

“Es curioso porque los descensos son una cosa triste, pero lo recordamos como una experiencia que disfrutamos con una ilusión enorme, como algo que fue de todos. Fue un año perfecto, precioso. Disfrutamos como nunca, disfrutamos como nadie”, concluye un emocionado Sergi Parés. “Cuando se dan las circunstancias adecuadas, puedes hacer grande una cosa pequeña. Joder, es que es un recuerdo cojonudo. Y esta es la parte más bonita de todo este mundo: que te recuerden, que se acuerden de aquellos días, que te miren con ganas de darte las gracias. 25 años después, aquellos momentos continúan vivos en un rincón de la memoria de cada uno. Son vivencias que irán con nosotros toda la vida”, sentencia Mané, el padre de aquel Lleida.

La ciudad terminó despertando. Y las alegrías mutaron en continuas desilusiones que acabaron conduciendo a la desaparición a la Unió Esportiva Lleida, forzada a renacer para sobrevivir. Del cielo de Primera al infierno de la Segunda B, desde donde el Camp d’Esports recuerda aquella histórica temporada en la que los discípulos de Mané se pasearon por los mejores campos del país exhibiendo orgullosos un revelador Ara, Lleida. El sueño fue efímero, pero inolvidable.


Este texto fue publicado en el #Panenka81. Un número que puedes conseguir aquí