Las obsesiones de Silvio Berlusconi, por aquel entonces, ya apuntaban al mundo del fútbol. Los métodos arriesgados de Arrigo Sacchi empezaban a ser algo más que unos cuantos garabatos plasmados en un papel, en el Calcio se respiraban aires de cambio tras la secuela de epopeyas de Maradona y su Napoli y en la Copa de Europa, por primera vez después de casi un lustro, un equipo transalpino se presentaba de nuevo a las eliminatorias decisivas con argumentos sólidos para soñar con el júbilo final. El Milan avanzaba al compás de una incipiente revolución táctica. Pero en la vuelta de las semifinales disputada aquel 17 de abril de 1989, lógicamente, aparecieron las dudas. La ‘Quinta del Buitre’ intimidaba a cualquiera. La ida había sido poco más que un pacto a goles entre Hugo Sánchez y Marco Van Basten. El empate lo dejaba todo abierto. Pero en San Siro seguían sin sentirse favoritos para el segundo partido.

golalfuturo2A Sacchi no le quedaba otra que poner toda la carne en el asador. El entorno exigía al técnico que elevara a la máxima expresión todas sus piezas. Era el día para hacerlo. Gullit, Rijkaard, Donadoni, Baresi o el propio Van Basten. No faltaba nadie en la alineación. Tampoco ese mediocentro pragmático y de talante pausado procedente de la Roma al que el propio técnico había abierto las puertas del club lombardo el mismo verano de su llegada: Carlo Ancelotti. De un obús suyo con la derecha desde la frontal, con doble recorte previo ante dos adversarios, nació el primer gol de esa noche. El inicio de una gesta dulce para los rossoneri y el preludio a un agónico tránsito para los madridistas. El esfuerzo de Buyo ante el disparo se quedó en nada. Con ese trallazo sin respuesta, el chico de Reggiolo que lucía el ’11’ cosido al torso había borrado de un plumazo todas las incertidumbres previamente generadas en el seno milanista. Y muchos supersticiosos dirán que no sólo las de aquel día. También las de todo un proyecto que, a partir de entonces, despegaría para siempre hacia los aposentos de la historia.

Un auge, el de los italianos, que tomaría forma a cuestas del declive del exitoso combinado blanco. De hecho, el Milan salió tan aupado del golpe moral asestado a los madridistas que en la final de Barcelona apenas pareció inmutarse al pasar por encima del Steaua de Bucarest (4-0) para alzarse con el campeonato. Y el relevo de poderes no acabaría entonces. Al año siguiente, en la que el conjunto de Sacchi se proclamaría vencedor por segunda temporada consecutiva de la máxima corona continental, de nuevo al Madrid le tocó sufrir el buen estado de salud de los italianos, que los apearon esta vez en octavos.

Volvamos a aquel lejano anochecer milanés. Después del tanto de Ancelotti, llegarían otros cuatro. Toda una lluvia de fútbol y acierto para el bando local, que presentó la tesis doctoral de su técnico visionario a todo el continente. Mientras Leo Beenhakker, agazapado en el banquillo, consumía un cigarrito interminable con la mirada perdida, Sánchez y Butrageño eran engullidos por el férreo entramado táctico del rival y Schuster se hartaba a correr sin balón. La utopía de jugar y ganar una final en el Camp Nou se esfumaba para los blancos. La ‘Quinta del Buitre’ se dejó en esa noche de San Siro buena parte de la esencia que tanto le había singularizado. Y todo tras la acción de un hombre que 24 años después ha vuelto a cruzar su camino con el Real Madrid. Aunque de un modo muy distinto.

Carletto, sello propio

La influencia que tuvo el librillo de estilo de Sacchi sobre ese plantel que obtuvo su máximo esplendor recién estrenada la década de los 90 está más que patentada. Solo hace falta repasar los registros de entrenadores que maneja la FIFA. Van Basten, Gullit, Rijkaard, Donadoni o incluso Tassotti, entre otros, se animaron a probar su propia aventura al frente de un grupo, algunos con más suerte que otros. Más allá de la intensa pero no longeva estancia de ‘Frankie’ en Barcelona, uno de ellos sobresalió por encima del resto. Ancelotti es con diferencia el que, por continuidad en la élite y pulido palmarés, más ha podido asemejarse a la figura de su ‘maestro’. Aunque no se trata de una mera casualidad. Y es que fue el propio Sacchi quien le tendió la mano para que Carlo se estrenara sentado en el banco: le ofreció el puesto de ayudante de la selección italiana que competiría en el Mundial de 1994. Él aceptó.

[quote]Ancelotti asestó el primer golpe al derrumbe de la ‘Quinta del Buitre’. El mismo que ahora deberá levantar los cimientos de un proyecto que devuelva la estabilidad al madridismo[/quote]Los resultados de aquel combinado en suelo americano no abrumaron por su rotundo éxito, aunque la experiencia no pareció disgustar al novel aspirante, que tan sólo cuatro años atrás había decidido poner punto y final a su etapa como jugador. A partir de entonces, decidió coger él mismo el toro por los cuernos. Su debut como primer entrenador se produjo en el humilde Reggina, al que llevó a la Serie A ese mismo curso. Solo un año más tarde ya se había ganado el visado para probar suerte en la máxima categoría. El Parma, club que le vio crecer como jugador, le abrió las puertas. Y su respuesta fue un subcampeonato histórico para la entidad (1997). En su ascenso meteórico de prestigio en suelo transalpino, su siguiente parada fue Turín, de la que no podría guardar tan buen recuerdo. La afición de la Vecchia Signora nunca pudo perdonarle su pasado ‘gialloblu’ pero al menos pudo darse el gusto de entrenar a Zinedine Zidane, un jugador que le fascinó. Aunque eso no fue un lastre para que en 2001 le llegara la propuesta que tanto había estado esperando. Milán y las ambiciones de Berlusconi volverían a seducirle.

Pese a la similitud de sus patrones y su innegable vínculo, los manuales de Carletto nunca podrán ser recordados como una copia de las pizarras de Arrigo. Su planteamiento futbolístico es parecido, pero con matices. Mucho tuvo que ver Nils Liedholm, su entrenador en la Roma, del que Ancelotti absorbió un cierto interés por el trato psicológico sobre el jugador y un puñado de nociones sobre la defensa zonal. Esos conocimientos, junto al rigor táctico y el dinamismo constante que sí heredó de Sacchi, generaron su propio ideario futbolístico. También se le debe adjudicar justificadamente su refinado ojo para la posición del mediocentro, que tan bien cultivó como jugador. Suyos fueron los aciertos de retrasar a Pirlo al pivote, dar a conocer a Deschamps en su versión más auténtica y, más recientemente, pujar fuerte por un valor de futuro que podría marcar una época desde el círculo central: Verratti.

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En su etapa en los banquillos de San Siro, Ancelotti sí obtuvo el estatus que nunca se le reconoció como jugador, cuando las portadas se las llevaban otros compañeros. Los títulos afloraron de nuevo en Milán y Carlo, con sus virtudes y sus defectos, pasó a ser considerado uno de los entrenadores más reputados del continente. Caballeroso, dialogante y con un don especial para encontrar el equilibrio en vestuarios convulsos y propicios a la disputa de egos. Ya se había generado su marca propia, alejada de todas las comparaciones. La misma que convenció a Roman Abramóvich para ofrecerle las riendas de su Chelsea.

“El Real Madrid era y es el equipo con más historia y tradición entre los que existen. Un modelo para el resto de clubes. También lo fue para aquel Milan de Sacchi”, pronunció hace unos meses Ancelotti en una entrevista concedida como entrenador del PSG, la última franquicia de grandes quilates que quiso ponerle al frente de su plantilla. Toda una declaración de intenciones. Quizás entonces ya se olía que encabezaba la lista del club blanco de posibles sucesores de José Mourinho. Pero cuando seguro que ni se lo imaginaba era mientras impactaba ese derechazo al fondo de la red en las semifinales del 89. Comentan muchos entendidos que el aficionado del Bernabéu no ha acabado de sentirse tan identificado con ningún otro equipo como con aquella ‘Quinta del Buitre’. Pues bien, el mismo que asestó el primer golpe a su derrumbe, ahora será el encargado de levantar los cimientos de un proyecto que devuelva la estabilidad al madridismo. Caprichoso es el destino.