Languidece el verano; siempre aderezado, siempre amenizado, en su parte final, en su prórroga, por aquellas fases previas de las competiciones europeas que, a pesar de ser poco menos que peleas a vida o muerte que determinan, que definen, el presente de los clubes, disfrutamos desde la lejanía (tanto física como mental); como simples espectadores que son incapaces de otorgarle demasiada importancia a nada en un momento en el que todo parece ser provisional, en el que nada parece definitivo. “Hoy todo es reconducible. Al fin y al cabo, estamos en verano y la vida aún no se ha desprendido de su liviandad”, afirmaba Juan Tallón en las páginas del As.

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Languidece el verano. Y a uno le viene a la cabeza Antonio Gramsci. “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Los monstruos y los tediosos rumores. Tantos iconos de teléfonos, de bombas, tantos días clave, tantas últimas horas, tantas exclusivas, tantos Neymar, sí; Neymar, no, que uno ya solo es capaz de digerir como los penúltimos clavos en el ataúd en el que el periodismo deportivo de este país se está enterrando vivo a sí mismo, en la fosa que él mismo se está cavando mientras, apenado, se lamenta porque ya nadie cree en él, mientras continúa degradando, denigrando, deshonrando, una profesión que algún día consistió en contar, en narrar, historias; en buscar algo más que clicks.

Abro Twitter.

Estoy viendo repetido El Chiringuito de ayer y es muy de mofa. Dos horas y 20 minutos para el Madrid, Barça y Neymar. Diez minutos para el Atleti y llenos de bilis. Es imposible ser menos objetivos y menos profesionales que estos auténticos terroristas informativos”, leo. Añoro al yo que hace unos años, antes de darse por vencido, hubiera respondido con un ¿Y entonces por qué lo ves?. Pienso que en realidad poco nos pasa; que lo raro no es que arda el Amazonas a pesar de que llenemos Instagram de posts preciosos, que lo raro es que el mundo no se incendie a sí mismo, harto de una sociedad que debate sobre si hay que salvar a quienes emigran buscando un futuro o dejarles morir a 800 metros de las playas en las que nos bañamos.

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Languidece el verano. Y uno, sabedor de que se acaba (“Cuando todavía es verano pero ya no hay días libres, ni maletas por deshacer, ni toallas en el balcón, ni grillos, ni abrazos a las cuatro de la madrugada, ¿cómo se llama? ¿Verano, también?”, afirmaba esta semana Marcel Beltran), encuentra motivos para sonreír en cualquier cosa. En todo. En un lunes que amanece en martes entre cervezas. En un texto de Sergi Pàmies. O incluso en un hilo de Twitter que a las 3 de la madrugada te pone sobre la pista de Cosmin Moți, un futbolista rumano que hace cinco años se convirtió en una leyenda del Ludogorets Razgard. En un héroe tan inesperado como sempiterno.

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El 27 de agosto del 2014, el cuadro búlgaro recibió al Steaua de Bucarest en el Estadio Nacional Vasil Levski de Sofía (a 350 kilómetros de su Razgard natal, donde ningún estadio cumplía las condiciones de la UEFA) en un partido, correspondiente a la vuelta de la última fase previa de la Champions League, en el que debía remontar el 1-0 que el club que le borró la sonrisa al Futbol Club Barcelona en Sevilla aquel 7 de mayo del 86 había conseguido en el encuentro de ida. El tanto con el que Wanderson reequilibró la eliminatoria, forzando la prórroga, en el minuto 90 del tiempo reglamentario puso en ebullición un encuentro que enloqueció definitivamente en el 119′, cuando, mientras los dos entrenadores ya preparaban la lista con los lanzadores de los penaltis que tendrían que decidir qué equipo colocaría su nombre en los bombos del sorteo de la fase de grupos, Alberto Undiano Mallenco expulsó al meta local (Vladislav Stoyanov) por derribar, fuera del área, a un jugador del Steaua de Bucarest. Sin más cambios por hacer, fue Moți, un central, quien asumió la responsabilidad de ponerse los guantes; algo que no había hecho jamás antes.

El Ludogorets había logrado forzar la prórroga in extremis, pero la situación que se dibujó sobre el césped del Vasil Levski hizo que prácticamente se despidiera del sueño; que comprendiera que después de remar hasta la extenuación perecería en la orilla. Pero Moți, como si hubiera percibido en el aire que aquella noche de verano iba a inscribir su nombre en la historia de la Copa de Europa, rechazó rendirse antes de tiempo. Tenía otros planes. “Los jugadores del Steaua no sabían qué iba a hacer. Porque ni siquiera yo sabía qué iba a hacer”, admitía, unos meses más tarde, en The Telegraph el zaguero rumano, que, ataviado con el ’91’ del cancerbero suplente (Ivan Cvorovic), queriendo inspirar confianza en sus compañeros, fue, también, el encargado de chutar la pena máxima que abrió la tanda. Moți allanó el camino hacia la clasificación, que se materializaría con su inesperada actuación bajo palos. “No sabía qué estaba haciendo. Sinceramente, no estaba seguro de lo que estaba ocurriendo ni sabía cómo actuar”, añadía el defensa de Reșița, internacional con la selección rumana en hasta 15 ocasiones, en un reportaje en el que acentuaba que “todo es posible. Puede ser muy difícil, pero en el fútbol todo es posible”. Bailando sobre la línea de gol, como si Bruce Grobbelaar se hubiera reencarnado en él, Moți estuvo cerca de desviar la primera pena máxima. Sí que lo logró en la segunda, neutralizando los efectos del penalti marrado justo antes por Wanderson; repeliendo el disparo de su compatriota Paul Pirvulescu como si fuera una pared de hormigón ante la sorpresa de los 25.000 hinchas que se dieron cita en el Vasil Levski, que, asombrados, enloquecieron, estallaron, cuando el central rumano, que durante siete años defendió los colores del Dinamo de Bucarest, el eterno rival del Steaua, comenzó a transformarse en un superhéroe.

La hazaña, tan bella, mágica, como dramática, surrealista e increíble, se hizo realidad ya en la muerte súbita, con el séptimo penalti del Steaua de Bucarest. Cornel Rapa ante Cosmin Moți. Cosmin Moți ante Cornel Rapa, que intentó batir al circunstancial arquero del Ludogorets con un potente derechazo. Pero Moți, ágil como un felino, voló hacia su derecha para blocar el esférico; para darle a la historia una última pizca de épica; para desatar la euforia, el éxtasis, el delirio, en un maravillado Vasil Levski; para darle al Ludogorets, al club de su vida, de su corazón, el billete para participar por primera vez en toda su historia en la fase final de la Champions League gracias a un final de infarto, apoteósico e irreal, de ciencia ficción, de novela, que le elevó a la categoría de héroe; de eterno protagonista de una noche que, inolvidable, permanece gravada en la retina de la afición del Ludogorets, de “un drama difícil de inventar”, como exclamó Federico García Lorca cuando descubrió en un periódico los sangrientos sucesos que inspiraron Bodas de sangre.