El colega que te rellena la renta. El que te hace la revisión del coche. La que te rebaja el precio en el dentista. El que te acompaña a la puerta a fumar en invierno aunque él no haya probado el tabaco. El que va a por hielos en plena barbacoa. El que no bebe de fiesta para llevar el coche y te deja en casa. El compañero de colegio que te esperaba, incluso los viernes, a que terminaras la mochila para salir de clase. La que te daba de su bocadillo sin marcar el tope con los dedos.

Hay gente que quiere hacer la vida fácil a los demás. Son pocos y cada vez menos, así que considérate afortunado si los tienes cerca. César Azpilicueta es todos los amigos posibles: el que lleva la iniciativa, el que asume las críticas, el que se sacrifica. El penúltimo gesto servicial del navarro fue fingir que iba a lanzar el penalti en la prórroga del Mundialito. Con 1-1 en el marcador, el defensor del Chelsea cogió la pelota para que los jugadores del Palmeiras intentaran distraerlo, un poco como cuando tu colega quería calmar los ánimos en la discoteca a riesgo de llevarse una hostia. Mientras tanto, Havertz, el verdadero lanzador, se concentraba tranquilo. Marcó y Azpilicueta levantó el trofeo. Fue el gesto anterior, y no el brazalete, el que delató su capitanía y liderazgo.

El éxito en el fútbol se lo lleva el último que sale en la imagen. El foco individual se centra en el jugador que marca, el portero que salva al equipo a última hora o el entrenador que realizó un cambio clave. La maniobra de distracción de Azpilicueta estuvo a punto de quedarse en el anonimato. Por suerte, alguien lo grabó, lo subió a Twitter y se viralizó. Si no, no hubiéramos sabido nada de esa jugada. En la época en la que importa más el hacer saber que el saber hacer, hay que reivindicar el protagonismo de los que no quieren llevarse el mérito. Se dice mucho eso de la mujer del César. Pues César, Azpilicueta en este caso, pasa de parecer un buen capitán y un buen jugador. Solo quiere serlo.

 

Todos necesitamos cerca a Azpilicuetas: gente indispensable, pero gente discreta que, además, enseñan cada día el valor de la amistad

 

Centremos la lupa en los secundarios. En los que no juegan de centrales ni de carrileros: son bomberos porque apagan fuegos, granjeros porque gestionan pollos. Samsagaz Gamyi, que empieza a llamar a su amigo señor Frodo cuando le encargan la misión de destruir el anillo, se lanza al agua, sin saber nadar, para no dejarle solo en la peligrosa aventura. Ron Weasley, Robin, el asno de Shrek. Detrás de esos personajes secundarios de leyenda suelen estar actores que se encasillan. Que se lo pregunten a John Cazale. Pasó a la historia del cine como uno de los mejores secundarios. Solo rodó cinco películas, entre las que destacó con su personaje de Fredo en El Padrino y El Padrino II. “Nunca nadie me enseñó tanto de este oficio como él”, dijo Al Pacino. Las cinco cintas en las que participó fueron candidatas al Oscar a mejor película. Como buen secundario, él nunca fue nominado por sus papeles, con los que conseguía ser parte fundamental de la película y complementar al personaje principal.

Los protagonistas hacen brillar una historia, pero son los secundarios los que permiten que exista. Nos disfrazamos de Harry Potter o de Batman, pero sin sus secundarios ellos no serían nada. Todos necesitamos cerca a Azpilicuetas: gente indispensable, pero gente discreta que enseña cada día el valor de la amistad. “Solo hay dos cosas que valen la pena en la vida: el amor y la amistad; el resto es una mierda”, escribió Lobo Antunes. Si llega a incluir el fútbol, alguno se habría pensado que hablaba de Azpilicueta.

 


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Fotografía de Imago.