Imagino a un tifoso en San Paolo en los 80 y lo recreo a imagen y semejanza de un hincha que planta su trasero cada dos fines de semana en una butaca del Camp Nou de hoy. Manos a la cabeza, boca abierta, gestos de incomprensión. El pequeñín lo ha vuelto a hacer. La ha vuelto a liar. Cómo lo habrá hecho será una pregunta retórica que no esperará respuesta, porque probablemente no la haya. Si se lo habrá inventado él o si lo habrá visto alguien en algún lugar del mundo antes, ya puede generar más dudas. Dicen que Europa, Italia más concretamente, ya disfrutó allá por los 60 de un argentino que fue algo así como un Maradona o un Messi de su época. Cuentan los que le vieron jugar que aquel tipo era Maradona antes de Maradona. O Messi antes de Messi. Corto de estatura, zurdito, ilusionista y gambeteador clásico de la escuela argentina, aunque con muy poca paciencia sobre el césped, donde le cosían a patadas, y también fuera de él. Su nombre era Enrique Omar Sívori.

Nacido en 1935, en San Nicolás de los Arroyos, una ciudad a camino de Rosario desde Buenos Aires, la historia balompédica de Sívori hubiera sido muy diferente de no ser porque Renato Cesarini se cruzara en su camino en sus primeros años de vida. Quedó prendado de su fútbol viéndole corretear con el balón enganchado a su izquierda y se lo llevó directo a las inferiores de River Plate. Desde entonces, la suya se convirtió en una relación paternofilial. Cesarini le aconsejaba por dónde caminar. Sívori, cabezón y testarudo, cuando no encontraba la razón, sabía que su mentor le señalaría cuáles eran los senderos del raciocinio.

En River Plate pronto se hizo un nombre. Solo estuvo tres años en el primer equipo, suficientes para levantar tres títulos de la Primera División argentina, siendo él uno de los grandes culpables de aquellos éxitos. Con la ‘albiceleste’, más de lo mismo. A los 22 años ya era uno de los ídolos del país, uno de los cinco delanteros que asombró a Sudamérica entera después de ganar la Copa América de 1957 con un ataque, conformado por el propio Sívori, Oreste Corbatta, Humberto Maschio, Antonio Angelillo y Osvaldo Cruz, que será eternamente recordado como los ‘Carasucias’.

 

Corto de estatura, zurdito, ilusionista y gambeteador clásico de la escuela argentina, aunque con muy poca paciencia sobre el césped, donde le cosían a patadas, y también fuera de él

 

Fue en ese mismo año cuando, tras el consejo de Renato Cesarini, la Juventus puso diez millones de pesos encima de la mesa, una locura entonces, para que Sívori cambiara Argentina por Italia. Buenos Aires por Turín. Y, de paso, en un fútbol de otra época y legislaciones, la ‘albiceleste’ por la ‘azzurra’. Pero el problema en su llegada a la ‘Vecchia Signora’ fue que al menudo futbolista argentino, a quien llamaban ‘el Cabezón’ por las dimensiones de su testa, se le fue la cabeza. Se dejó llevar. Aparcó el fútbol para ser un bon vivant, y tuvo que aparecer Renato Cesarini, su mentor, para reconducir sus pasos. “Vales para futbolista, no para galán. Si hubieran querido un galán habrían traído a uno que se pareciera a Gardel, no a vos”, le dijo. Y así regresó la mejor versión de Sívori.

Con Boniperti, emblema del club con el que tuvo sus más y sus menos tras el cese de Cesarini como técnico ‘juventino’, y John Charles acompañándole en una delantera de escándalo, vinieron tres ligas italianas (58, 60 y 61) y un par de copas (59 y 60). Italia entera quedó enamorada de aquel argentino que en 1961 obtendría la nacionalidad italiana. Decían que él solito llenaba las gradas, que la gente iba al estadio solo por el placer de ver en primera persona al capocannoniere de la 58-59, al Balón de Oro de 1961, al único hombre ajeno al Inter al que, en tiempos de rivalidad máxima entre la Juve y los ‘nerazzurri‘, Helenio Herrera hubiera dado cabida en un ‘once’ de ensueño. “Sívori y diez del Inter”, respondió el técnico interista cuando fue preguntado por el mejor equipo que podría presentar la selección italiana sobre el césped. Más claro, imposible. Aunque su paso por la ‘azzurra’ no dejó un grato recuerdo. Pues, en su única participación en una Copa del Mundo, en Chile’62, el cuadro transalpino fue incapaz de superar la fase de grupos, cayendo al tercer puesto, por detrás de Alemania Federal y la anfitriona.

Después de ocho años repartiendo clase por el Comunale, recién entrado en la treintena, Omar Sívori cambió el norte de Italia por el sur. Fichó por el Nápoles, donde pondría el punto final a su carrera a los 34 años. Y, pese a no estar ya en su cenit como futbolista, junto a fichajes de la talla de Jose Altafini y Dino Zoff, le regaló a los partenopeos el primer subcampeonato liguero de la historia de la entidad en la temporada 1967-68. Quizá aquello le sirviera a la afición napolitana para soñar con que, pronto, otro argentino de corta estatura e inigualable talento iba a poner patas arribas el calcio. Aunque aquello es ya otra historia. La historia de Maradona, y no la del primer hombre que jugó al fútbol como Maradona.

 


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