Esta breve reseña sobre el partido está extraída del #Panenka43, nuestro número sobre la Copa de Europa


 

Estadio de Wembley, 20 de mayo de 1992. Una fecha marcada a fuego en la piel de los aficionados culés que hoy peinan canas. El zapatazo de Ronald Koeman en el minuto 111 de aquella final contra la Sampdoria ponía fin a medio siglo de urgencias históricas, al sufrimiento de generaciones de barcelonistas que creían que iban a morir sin ver a su equipo ganar la soñada Copa de Europa. Hasta el mítico estadio londinense habían llegado 25.000 culés con la mochila cargada del fatalismo heredado de sus padres desde la final de los postes cuadrados de Berna’61. La generación desplazada a la capital de Inglaterra también tenía su fantasma particular en la sombra del gigante rumano Helmuth Duckadam, el muro con forma de portero del Steaua de Bucarest contra el que rebotaron los penaltis de la final maldita de Sevilla’86. Los aficionados barcelonistas llegaban a Wembley con la esperanza de dejar de ser Sísifo y de ver como se conquistaba la montaña más empinada, la del trono europeo, sin que las ilusiones volviesen a caer drásticamente al suelo.

”Salid y disfrutad”. Esa fue la arenga de Johan Cruyff a sus hombres antes de salir al campo. Para llegar a pronunciar esas palabras, ‘El Flaco’ había cambiado el paradigma del equipo, le había dado la vuelta a una estructura deportiva anquilosada en el tiempo. El aficionado se empezó a familiarizar con conceptos como ‘el cuatro’ o ‘rondo’. La máquina de La Masia comenzó a funcionar bajo un mismo modelo y pronto se vieron los resultados. En la final de Wembley el cerebro del equipo era un imberbe llamado Josep Guardiola. ”Vended a Milla, que en la cantera tengo uno mejor”, dijo Cruyff cuando parecía que la marcha del turolense al Real Madrid podría suponer una catástrofe.

El Barça era claro favorito ante la Sampdoria de Vujadin Boskov. Sin embargo, la responsabilidad atenazó durante 90 minutos a los jugadores. Las incursiones del incansable Attilio Lombardo y las escaramuzas de la dupla Mancini-Vialli hicieron que las uñas fueran el único menú de los hinchas culés aquella noche. Sin embargo, todo quedó olvidado en la prórroga, cuando el gol de Koeman borró de un plumazo los malos tragos pasados. Minutos después, el capitán Alexanko encabezó a sus compañeros en la subida a los 39 legendarios escalones hacia el palco de Wembley. Esta vez el Sísifo culé había llegado a la cumbre con la piedra y se había quitado la mochila del fatalismo para siempre.

 


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Fotografía de Imago.