El sevillismo no olvida que si hoy puede levantar las manos para contar los nueve títulos que ha celebrado en la última década es gracias, en parte, a Andrés Palop, cuyos dedos articularon el primer puño en alto de esta época gloriosa. El guardameta valenciano -ocho años en el Sánchez Pizjuán- recuperó en el #Panenka55 algunas de las instantáneas de aquellos días de euforia. “Esta ciudad y su afición te atrapan”.


 

Tras seis años en Valencia y no disponer de los minutos que quería, tomé la decisión de cambiar de aires. Me llamó Monchi, que sabía que mi contrato tenía una cláusula para poder salir libre, y me convenció. Era 2005 y llegué a Sevilla ilusionado. Se trataba de un equipo histórico y su afición siempre me había atraído. No le di muchas vueltas. Además, se había clasificado para jugar la Copa de la UEFA. Me lo tomé como la oportunidad de mi vida.

A pesar de todo, aquel verano surgieron algunas dudas. Me ficharon con Caparrós al mando pero cuando fui presentado el técnico ya era Juande Ramos, que a la postre fue el que me dio confianza y continuidad bajo palos. Además, en pocos meses el Real Madrid se llevó a Sergio Ramos y a Baptista. Júlio era el mejor jugador de la plantilla, un futbolista clave. Entonces empezaron a llegar nuevos jugadores: Saviola, Kanouté, Dragutinovic, Luis Fabiano… Fue la primera demostración de que aquel equipo sabía recomponerse. Los que vinieron suplieron con creces las importantes bajas y acabamos haciendo una temporada extraordinaria.

En Valencia, la gente se portó de maravilla conmigo. Pero la afición del Sevilla es otro estilo, mucho más pasional; si lo das todo, van a estar contigo al 200%. Mi primer partido de liga fue inmejorable: ganamos 1-0 al Racing y tuve tres acciones muy buenas. Entré con buen pie. Me saqué un peso de encima porque recuerdo que en la primera rueda de prensa en Sevilla había muchas dudas sobre mí. Las entendía, porque tenía 32 años, no era titular, había jugado 40 partidos en Primera en seis años… Sin embargo, había trabajado duro para afrontar el reto. En esta tesitura se encontraban otros futbolistas, lo cual no era casualidad. ‘Drago’ venía de una liga menor; Kanouté había perdido peso en el Tottenham; Luis Fabiano apenas jugaba en el Oporto; incluso Maresca, protagonista en Italia, llegó con ganas de triunfar en España.

 

“Es curioso: todos me recuerdan por el gol que le marqué al Shakhtar Donetsk en octavos, cuando en la final fui escogido MVP del partido”

 

Nos juntamos, básicamente, jugadores con hambre, futbolistas que íbamos a dar el máximo para crecer y revalorizarnos. Desde luego, esto es mérito de Monchi. Si su figura ya era importante entonces. Convence a los jugadores a través de la confianza. Todos nosotros coincidíamos en eso: no éramos protagonistas en nuestros clubes y queríamos serlo aquí. Monchi sabe captar estas necesidades, estas urgencias, y a cambio te ofrece una entidad que colma todas tus aspiraciones.

Aquel primer año fue espectacular. Con la ayuda de la gente que ya estaba, con hombres del filial como Puerta o Kepa, con los nuevos y con un entrenador que nos hizo entender bien el juego, nos convertimos en una gran familia. A pesar de que para muchos era algo inédito, la final de Eindhoven la vivimos con naturalidad y responsabilidad: hacía 60 años del último título sevillista. No solo eso; un año antes el equipo rival, el Real Betis, había logrado la Copa del Rey, desatando la euforia en la ciudad. No podíamos fallarle a nuestra afición, teníamos que darle esa copa. Deportivamente había mucha confianza: éramos conscientes de que para perder ese partido teníamos que hacerlo muy mal. Y, sinceramente, de todas las finales que jugué, ésta fue la más sencilla, porque la afrontamos muy bien y la rematamos con mucha contundencia. Unos meses después vino la Supercopa de Europa contra el Barça. Nos sirvió para asentar el proyecto y confirmar que aquella primera Copa de la UEFA no fue casualidad. Seguimos con los pies en el suelo y aquel segundo año peleamos por el campeonato de liga y revalidamos el título europeo. Es curioso: todos me recuerdan por el gol que le marqué al Shakhtar Donetsk en octavos, cuando en la final fui escogido MVP del partido. Aunque por aquel cabezazo la gente aún me para por la calle para decirme dónde y con quién estaban, me quedo con las paradas en la tanda de penaltis ante el Espanyol. Las dos acciones fueron importantes, pero evitar goles en el último minuto es lo que sueña cualquier niño que quiere ganarse la vida con guantes.

El Sevilla ha seguido jugando finales y logrando títulos desde 2006 y esto demuestra el gran trabajo de dirección deportiva que hay detrás. Al contrario que el Barça, que desde aquel año ha ido ganando manteniendo una misma columna vertebral, el Sevilla ha seguido compitiendo con un equipo prácticamente nuevo cada año, y eso es muy difícil. Y aunque estos jugadores duren poco en la entidad, cuando se marchan siguen siendo sevillistas. Porque esto es así: esta ciudad y su afición te atrapan. Un club que te da la oportunidad de vivir tus mejores años no se olvida fácilmente.