Inicia el verano, calor sofocante. Llegar de currar y servirte un vaso bien frío de tu bebida favorita en la mesa. Gazpacho. Para comer, hoy toca ensalada de pasta y carne empanada, como ayer y, probablemente, como mañana. Mientras, espera en la nevera un inmenso bol de sandía bien fría que no pierde ni un ápice de su sabor. Frente a ti, un poco más allá, está lo que realmente te importa: el televisor. Partido de fútbol, paz al instante, motivación absoluta. Tras una temporada dejándote la voz tras la pantalla animando a tu equipo como si fuese a servir de algo, el resultado de aquel encuentro que tienes delante te resulta indiferente. Ahora, es momento de disfrutar del fútbol. Seré más preciso: de un torneo entre selecciones nacionales.

El Mundial de Qatar 2022 nos ha privado de semejante placer y nos ha sumergido en un pequeño lapso temporal en el que nada importa. Polémicas con los agentes y fichajes de ensueño que acaban por frustrarse. Nada que nos sacie la sed de fútbol. Solo nos queda recordar lo vivido, porque esta vez sí: “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Al verano de 1997 no le correspondía una gran cita con el fútbol de selecciones en Europa. La Copa América se vislumbraba como la única gran competición a disputarse. Sin embargo, la Federación francesa organizó un torneo amistoso que con el tiempo adquirió mucha más importancia y misticismo de lo que se podía imaginar. Le Tournoi fue popularmente llamado en España el ‘Mundialito del 97’ y en él participaron cuatro selecciones: Italia, Brasil, Inglaterra y Francia. Las ciudades de Lyon, Nantes, Montpellier y París serían las sedes, sirviendo de prueba piloto del Mundial ‘98, que también iba a disputarse en tierras francesas.

El funcionamiento del torneo era muy sencillo: todos contra todos. Las cuatro selecciones se enfrentarían en una liguilla y la que más puntos obtuviera tras disputar sus partidos sería la campeona del torneo. Pese a ser de carácter amistoso y quedar todavía varias jornadas por disputarse en algunas ligas nacionales (como la española), los seleccionadores convocaron a los mejores de cada país, por lo que el espectáculo estaba asegurado.

En el partido inaugural, disputado en Lyon, los anfitriones se enfrentaban a Brasil, que llegaba como máxima favorita tras ganar el anterior Mundial y gozaba del temible dúo en ataque Romário-Ronaldo. Francia, en cambio, era una selección que destacaba por su solidez: Zidane era la máxima estrella del equipo y le rodeaban jugadores del nivel de Blanch, Desailly, Karembeu, Deschamps o Pirès. Un duelo plagado de estrellas, pero en el que el gran highlight del partido, del torneo, del año y, posiblemente, uno de los de la década lo exhibió Roberto Carlos.

 

Es verbalizar su nombre y recordar ese gol, tan mágico como inverosímil. No nos tiembla la voz al afirmar que la ‘bomba inteligente’ es el mejor gol de falta de la historia

 

Es verbalizar su nombre y recordar ese gol, tan mágico como inverosímil. No nos tiembla la voz al afirmar que la ‘bomba inteligente’ es el mejor gol de falta de la historia. Porque este golpeo de balón tiene que romper varias leyes de la física. La barrera se atemoriza tras cada uno de los 18 pasos que el lateral brasileño da para coger impulso. Es tan solo un instante, un parpadeo. No pasan ni dos segundos desde que sus potentes piernas empiezan a correr hasta que golpea el balón. El exterior del pie es el arma escogida por Roberto Carlos, la red su presa. Resulta increíble ver el efecto que toma el esférico. Insólito. Nada puede hacer Barthez para evitar un gol de leyenda. 

Aquel partido acabó en empate a uno, pero Roberto Carlos sí ganó. Logró ganarse un hueco eterno en nuestras retinas y en la memoria histórica del fútbol. Nada de lo que vino después pudo ser tan bello como aquel libre directo, pero “the show must go on”. En el segundo partido, Inglaterra venció a Italia 2-0 gracias a una gran actuación del pelirrojo Paul Scholes, que marcó y repartió una asistencia (a Ian Wright). Los ingleses también consiguieron ganar su segundo partido, esta vez contra Francia, que se quedaba ya sin posibilidades de campeonar. El gol de Alan Shearer a cinco minutos del final no solo acercó a Inglaterra al título, sino que también significó el fin de dos rachas francesas: la primera derrota como locales cuatro años después y la primera victoria inglesa sobre Francia desde 1949.

Tras dos encuentros descafeinados, el cuarto partido prometía ser frenético. Italia y Brasil, vigentes finalistas de la Copa del Mundo, se veían las caras en un duelo por sobrevivir. Las dos victorias de Inglaterra obligaban a la ‘Azzurra’ y la ‘Canarinha’ a sumar de tres para seguir manteniendo sus opciones de campeonar. El partido giró tantas veces de lado como una veleta: Italia empezó mejor, colocándose 2-0 gracias a un potente remate de Del Piero y un libre directo de Albertini. Pero, al filo del descanso, la fortuna sonrió a Roberto Carlos desviando uno de sus trallazos hacia la red. El gol en propia meta de Lombardo no desmoralizó a los italianos, que con la entrada de Inzaghi volvieron a ser superiores en el encuentro, logrando provocar un penalti que Del Piero se encargó de materializar. Todo parecía sentenciado, pero al estadio todavía le quedaban dos maravillas por presenciar. Primero Ronaldo y después Romário, dos obras de arte que solo los magos brasileños son capaces de dibujar pusieron el empate a tres en el marcador. Y ahora sí, sonó el pitido final. 

Quedaban todavía dos partidos por disputarse e Inglaterra ya era matemáticamente campeona del ‘Mundialito del 97’. Brasil consiguió vencerles gracias a un solitario gol de Romário, pero ya no era suficiente. La ‘Canarinha’ se marchó de allí sin el título, pero con un buen rodaje para afrontar la Copa América. Solo tres días después se enfrentaron a Costa Rica y les endosaron un 5-0 para, poco más de un mes después, levantar el título que realmente ansiaban de aquel verano. Por su parte, Francia e Italia clausuraron Le Tournoi con un divertido y ofensivo encuentro que acabó en empate a 2.

El ‘Mundialito del 97’ fue tan bien recibido en el panorama futbolístico que, tan solo seis meses después, se utilizó como modelo base para crear la Copa Confederaciones, mediante la modificación de la ya existente Copa Rey Fahd, que se disputaba en Arabia Saudita. La Confederaciones, igual que el ‘Mundialito’, reunía a los mejores equipos, siendo una competición disputada mayoritariamente en veranos alternos a la Eurocopa o el Mundial. De este modo, la FIFA siempre se había asegurado de que hubiese competiciones de selecciones en verano, hasta ahora.

Como periodista deportivo y fan del fútbol solo me queda pediros paciencia y perdón. Paciencia ante la ausencia. Este año no habrá amores de verano como el de Arshavin o Tshabalala. Tampoco saciarás tu sed de ‘Gooooool’. Porque ni el mejor de los gazpachos se iguala al que te tomas con un partido del Mundial enfrente. Incluso la ensalada de pasta y la carne empanada, siempre fiables, se vuelven platos monótonos si al llegar a casa no hay fútbol en el televisor. Y perdón por el sabor. Por el mal sabor. Porque aquel bol de sandía fría que teníamos reservado en la nevera ya no existe. Y porque el Mundial de Qatar es peor que una sandía caliente y fuera de temporada. Tendrá más renombre, por supuesto, pero el ‘Mundialito del 97’, inocente como ninguno, generó más placer. Y al fin y al cabo, en el fútbol de verano, eso es lo que cuenta.

 


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Fotografía de Getty Images.