Si dicen que los ojos son el espejo del alma, cómo alguien vive el fútbol no debería ser menos indicativo de lo que a uno le remueve por dentro. Xabier Azkargorta, en el último número de Panenka, argumentaba que este deporte “se juega como se vive”; y continuaba su sentencia con diversos ejemplos. “Los argentinos son retadores, desafiantes, competitivos… Los brasileños juegan bailando, con su samba. Los alemanes compiten como un reloj hasta el último momento. El italiano te roba la cartera y ni te das cuenta. ¿Y los bolivianos, cómo jugamos? Como vivimos. ‘A lo que salga’”. El exseleccionador de Bolivia no hacía mención a ningún camerunés, pero, quizá, quien mejor defina la idea expuesta por el técnico guipuzcoano sea Samuel Eto’o Fils.

Su fútbol, su manera de jugarlo, de vivirlo, de mamarlo, ha caminado todos estos años entre el bien y el mal; entre el hartazgo de sus incesantes salidas de tono y el placer de verle correr como un negro para vivir como un blanco. O le idolatrabas o te desquiciaba. Con el camerunés no había un punto intermedio, la escala de grises desaparecía del mapa mientras él necesitaba sentir estar constantemente en el ojo del huracán.

No, no vamos a descubrir ahora a Samuel Eto’o. Él, en toda su esencia, ha sido siempre un libro abierto. Las hojas las deslizaba solito sobre el césped o con un micrófono delante, y nos iba narrando su cuento: el del camerunés que llegó a España en plena adolescencia con la convicción de que nadie podría entrometerse en su camino para pasar a la historia. Si alguien intentaba torpedear sus planes, ojito, saltaba a la yugular cual león indomable.

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Más de 300 goles y más de 700 partidos en su currículum. Pero si hay un encuentro que define a la perfección a Samuel Eto’o, la radiografía perfecta de su ser, 90 minutos que resuman sus dos décadas como futbolista, ese es el Real Madrid-Real Mallorca de un lejano 8 de mayo de 2004.

Poniéndonos en contexto, era la antepenúltima jornada liguera y los blancos necesitaban ganar para que el campeonato no cayera en manos del Valencia. El Mallorca, con Eto’o ya como capitán e ídolo sempiterno del cuadro bermellón, merodeaba la zona media de la tabla sin muchas opciones de alcanzar puestos europeos y con la permanencia prácticamente en el bolsillo.

La cuestión es que Eto’o hacía cuatro años que había abandonado la Casa Blanca sin hacer ruido, sin que a nadie le preocupara en demasía lo que le deparara a aquel chaval lejos de la Castellana. La mitad de sus derechos seguían perteneciendo al Real Madrid y en ocasiones surgía la duda de si Florentino y compañía repescarían al camerunés. Nunca lo hicieron. Llegaría pronto Owen, promocionaban a Portillo, Morientes iba y venía; ni rastro de un Eto’o que se veía capacitado para jugar en aquel equipo, de competir de tú a tú con Ronaldo, con Raúl o con quien quisieran que lo hiciera.

El escenario era el ideal para Eto’o. Joderle la liga al equipo que le trajo aquí y nunca le valoró.

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Diez minutos de juego y ya la empezó a liar. A través de un balón largo le surgió la posibilidad de contar con sus pies, y con su cuerpo entero, de dónde venía y hacia donde se dirigía. Sin necesitar ayuda de los dos compañeros que le acompañaban de camino al gol, Eto’o persiguió aquel balón picado por encima de la defensa del mismo modo que, solo, con una mano delante y la otra detrás, aterrizó en 1996 en el aeropuerto de Barajas soñando con convertirse en futbolista. Braceó después con Raúl Bravo convencido de que no le tumbaría, igual que no le derribaron aquellas cesiones al Leganés, primero, y al Espanyol, más tarde. Préstamos que únicamente consiguieron hacerle más fuerte. Solo le quedaba Iker Casillas delante. Frente a frente, uno contra el otro; y una oportunidad tan clara Eto’o nunca la desperdiciaba, como tampoco dejó pasar la ocasión para triunfar en Primera cuando llegó a las Baleares, el primer lugar en la élite donde confiaron en él.

0-1. Y en la celebración, primer recadito para que quedara claro contra quién se estaban midiendo; un gesto algo críptico con los dedos que se encargaría de aclarar enseguida, en su próximo gol y el consiguiente festejo.

Un cuarto de hora más tarde, después de regalarle un tanto a Delibasic que el montenegrino no supo materializar y tras ver cómo Pavón igualaba la contienda, apareció de nuevo Eto’o. Recogió un balón sin propietario en el círculo central y comenzó su excursión. Condujo el cuero hasta fijar al central, a Pavón, y se escurrió entre él y un Luis Figo que le perseguía con un trote cochinero, retratando a ambos con un cambio de dirección magistral; se sacó de encima a Raúl Bravo con otro toque y reventó el balón, raso y tenso, para que Casillas no pudiera hacer otra cosa que mirárselo mientras se dirigía a la red. Aquel gol, al alcance de pocos, poquísimos, fue la demostración de que ese camerunés de 23 años estaba de sobras preparado para embarcarse en una aventura de mayor nivel.

Corrió directo hacia el córner y se comió el banderín, blanco como el Madrid, metáfora de lo que estaba haciendo aquella noche. Después, buscó miradas de discordia en el palco, retó a la que había sido su afición, se señaló con los índices el pecho y también al césped. “Yo hablo aquí, yo hablo aquí”, sentenció, desafiante. La síntesis de una carrera marcada por incesantes desencuentros con todo aquel que no entendiera el fútbol, la vida o las relaciones del mismo modo que él lo hacía. Como en aquellas incendiarias declaraciones en Vilafranca del Penedés que pusieron patas arriba un vestuario ya de por sí desnortado, como el poco feeling que demostró con Pep Guardiola en un solo año en el Camp Nou, como sus idas y venidas con José Mourinho, como tantas otras ocasiones en las que el camerunés nos dejó desubicados al abrir la boca.

El encuentro acabó con victoria balear por 2-3; con los posteriores tantos de Campano, de falta, y de Luis Figo, desde el punto de penalti. Aquella liga se la llevó el Valencia y Eto’o solo disputó un partido más con la camiseta del Mallorca, pues ese mismo verano haría las maletas para ser el goleador y uno de los líderes de un equipo que dejaría su huella impregnada en la historia del fútbol.

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Ahora, 15 años después de aquel partido, Samuel Eto’o ha decidido acabar con su carrera futbolística después de unos años de vaivenes, por clubes como Everton, Sampdoria, Antalyaspor, Konyaspor o Qatar Sports Club, sin acabar de asentarse en ninguno de ellos. Un final del camino que no se debería corresponder con el de un futbolista que un día fue el mejor jugador de África y uno de los mejores arietes de principios de siglo.

Mejor quedémonos con el recuerdo del primer Eto’o. Con aquel goleador insaciable e incansable que siempre, gustara más o gustara menos, fue de cara y sin pelos en la lengua. Con aquel tipo que se dejaba la vida por la camiseta que defendiera; con el mejor futbolista que haya visto Son Moix; con sus goles en dos finales de la Champions; con el Eto’o al que no le importaba viajar a su antigua casa y plantarse en el lateral diestro para ayudar a los suyos a conquistar Europa y ser el primero en sumar dos tripletes.

Quedémonos con el Eto’o que nos enamoró por jugar al fútbol tal y como entendía la vida.