“Todos estamos en el barro, pero algunos miramos a las estrellas”

Lady Windermere’s Fan. A Play About a Good Woman, Oscar Wilde.

 

Sonríe. Samu Obeng Gyabaa (Ghana, 1997) sonríe casi siempre; saboreando una realidad que era inimaginable para aquel inquieto chaval que comenzó a amar el fútbol entre las calles del pequeño pueblo de Nsapor. “Jugábamos en campos de tierra, con porterías hechas con cañas de bambú. Y descalzos, al principio. Recuerdo que mi hermano y yo fuimos de los primeros del pueblo en tener botas. Nos las envió papá, que vino hacia Europa cuando yo tenía siete años; pero a veces no nos las poníamos porque los otros tenían miedo de que les hiciéramos daño si les pisábamos. También nos enviaba balones. Y alguna camiseta. La primera que tuve fue una de Mijatović con la Fiorentina. También recuerdo cuando se hizo el primer campo de fútbol en nuestro barrio. Lo hicimos entre todos, en una zona boscosa; serrando los árboles, cortando las malas hierbas. Yo tan solo era un crío, pero recuerdo que ayudé en todo lo que pude. Había un hombre que siempre nos reñía porque chutando le rompíamos los gallineros que tenía ahí, justo al lado del campo. Son recuerdos que conservo con muchísimo cariño. El fútbol es lo que más recuerdos me trae de Ghana, donde este deporte se vive con muchísima pasión. Todavía no he podido volver allí desde que me fui, pero el fútbol me reconecta con mi tierra. Me devuelve a mi infancia, a mi país”, arranca el prometedor atacante del Oviedo, que en los próximos días vestirá la camiseta de Ghana en la Copa Africana de Naciones sub-23.

La suya es la historia, preciosa, de un jugador que empezó haciendo de portero y que cambió los guantes por los goles a raíz de una lesión que le hizo coger miedo a lanzarse al suelo; la de un niño que con apenas diez años subió a un avión por primera vez. Hacia Barcelona; en busca de un futuro mejor. “No sabía qué era Catalunya ni España. Solo sabía que Barcelona era la ciudad del Barça. Cuando aterrizamos aquí, de madrugada, recuerdo que todo me pareció inmenso. Enorme. Estaba todo lleno de coches, de luces. Me sorprendió mucho. Había luces por todos los sitios. Alucinaba. Era como estar en otro mundo. Como estar en otro planeta. Porque, además, cuando en el pueblo supieron que veníamos hacia aquí hubo gente que, sin haber estado nunca, nos pintó la ciudad de tal manera que yo me pensaba que aquí no había arena, que no se caminaba nunca porque todo eran escaleras mecánicas. También fue un choque porque yo solo había visto una persona blanca en toda mi vida: un hombre alemán que venía cada verano al pueblo con un vecino que había emigrado a Alemania. La primera vez que vino todos los niños hicimos como un corro para verlo. Llegar aquí y ver que yo era el diferente me chocó. Veía a todos los blancos iguales. Incluso confundía los niños y las niñas. Además, también me sorprendieron mucho los grifos. Los lavabos. Las duchas. Aquí ya no tenía que ir a buscar agua en un pozo con un cubo, calentarla al fuego e ir tirándomela por encima en una cabaña. Aquí ya no tenía que ir a diez minutos de casa y pagar no sé cuánto por poder ir al lavabo. Me impactó. No estaba acostumbrado a tener tantas cosas ni tantas facilidades. Al principio mi padre siempre nos reñía porque ni yo ni mi hermana queríamos salir nunca de la ducha y gastábamos mucha agua”, rememora Obeng, que se instaló con su familia en Gurb; un pueblo de la comarca de Osona, vecino de Vic, de unos 2.500 habitantes.

 

“El fútbol me reconecta con Ghana, con mi tierra. Me devuelve a mi infancia, a mi país”

 

El balompié, en una nítida e inequívoca prueba del ingente potencial que atesora como herramienta socializadora, para derribar barreras, jugó un papel clave en el proceso de integración de Obeng a su nuevo mundo. “Fue lo que más me ayudó. Fue vital. Cuando todavía no dominaba el catalán, me ayudó mucho a adaptarme a vivir aquí, a que no me costara nada integrarme. Era como un más, a pesar de que había muchas cosas que no entendía cuando me corregían. Reía. Estaba contento. El fútbol es igual en todos los sitios. En todo el mundo. Todos nos entendemos alrededor de una pelota”, reivindica el atacante del Oviedo antes de recordar cómo se gestó su llegada a la Unió Esportiva Gurb. “Siempre jugaba al fútbol en el patio, con el resto de los niños, hasta que un día, cuando ya quedaba poco para el final de la temporada y para las vacaciones de verano, vi que unos cuantos iban con chándal y se subían a un autobús. Me dijeron que iban a entrenar. Intenté subir al bus, pero no pude porque no estaba apuntado. Recuerdo que lloré muchísimo. Quería ir, sí o sí. Al final acabé logrando que me dejaran ir a ver el entrenamiento. Y la semana siguiente ya pude entrenar”, sentencia Obeng, sonriente.

La tozudez, la constancia y la obstinada e incansable voluntad de cumplir sus sueños, fueron, han ido, alimentando la historia de superación del joven jugador ghanés; protagonista de un ascenso, lento, pero imparable, que le ha llevado a ir escalando, peldaño a peldaño, paso a paso, sin rendirse, en silencio, desde el juvenil del Gurb, con el que hace cinco años competía en la división más baja de la categoría, hasta trabajar con el primer equipo del Oviedo, con el que este año ya ha jugado cuatro partidos; celebrando, además, un gol contra el Deportivo de La Coruña en Riazor en el de su debut en la categoría de plata del balompié estatal. “Aquello no se puede explicar con palabras. No se puede explicar con palabras. Se tiene que vivir. Fue muy bestia. Me sentí como un niño pequeño cuando marca un gol. Fue una locura. Todos los obstáculos que he tenido que ir saltando ya han valido la pena solo por ese momento. Había trabajado mucho, muchísimo, para vivir un momento como ese”, acentúa Obeng, que antes de aterrizar en el Carlos Tartiere vistió la camiseta de los juveniles del Manlleu y el Getafe, del Girona B, en Primera Catalana, del Granollers, en Tercera División, y del Calahorra, en Segunda B, desde donde, este verano, hizo el salto hacia el Oviedo para jugar, en principio, con el filial.

“Habiendo llegado hasta aquí, ahora ya sí que ni quiero ni puedo parar. Es que pienso que quizás es más difícil todo lo que he hecho hasta ahora, todo lo que he tenido que currar, que lo que tengo que hacer para llegar hasta donde quiero llegar. Y el hecho de no saberlo es lo que me hace continuar soñando. Si he conseguido todo lo que he conseguido, que era muy, muy, difícil, es que nada es imposible”, enfatiza el joven atacante de Gurb; que, convencido de que “no luchar por aquello que deseas solo tiene un nombre: perder”, no ha olvidado el día en el que fue a hacer una prueba con su hermano y otro chico ghanés y tuvo que escuchar cómo a lo lejos un hombre decía: “entre estos tres negros no hacemos ni uno de bueno”. No olvida tampoco ni quién es ni de dónde viene: “Mantengo los pies en el suelo. Y la cabeza fría. No pienso que sea quien sabe qué o quién sabe quién. Porque es que no es así. Yo vengo del barro. Yo vengo de abajo. De abajo del todo. El pasado marca, condiciona, tu forma de ser; y yo, que no lo he tenido fácil, lo valoro mucho todo. Y sé que para conseguir las cosas se tiene que currar mucho. Muchísimo”.