Dicen que si navegas de noche por el Bósforo —el estrecho que divide Estambul— verás en el agua los reflejos de las numerosas mezquitas que se distribuyen alrededor de la ciudad. Un paisaje idílico separa Asia de Europa, un recorrido tranquilo y fluido que une el Mar Negro con el Mediterráneo. Una de las pasiones de esta metrópoli, que en ocasiones tendemos a pensar que es la capital turca —cuando en realidad es Ankara— , es el fútbol, ese deporte capaz de alterar las emociones de los habitantes otomanos. Al destello de los minaretes se suma el de las bengalas en las gradas, uno de los elementos más típicos en los estadios de este país ubicado entre dos continentes. Ahora, el espectáculo y el ruido que conviven en los campos se verán acrecentados con los rugidos de un tigre. Un tigre de 33 años recién llegado que espera perforar infinitas veces las redes contrarias mientras viste los colores del Galatasaray. Radamel Falcao empieza una nueva aventura por la Europa oriental, que es, a la vez, la Asia occidental.

Portugal, España, Francia, Inglaterra y ahora Turquía. Parece una ruta maravillosa para hacer un viaje de verano por Europa, pero es mucho más que eso. Son los destinos en los que ha marcado goles Radamel —en algunos más que en otros— después de emigrar de Buenos Aires cuando era un joven de 23 años recién salido de River. Una década después, llega a Estambul con ilusiones renovadas para formar parte de un equipo en el que militan jugadores de la talla de Muslera, Feghouli, Babel o N’Zonzi. Todos ellos son un ejemplo de las figuras que se mudan a Turquía antes de poner fin a su carrera, cuando lo que quieren es tener minutos y seguir disfrutando con el balón en los pies pasada la treintena. Falcao se ha unido recientemente a este grupo de futbolistas para seguir marcando tantos durante el tramo final de una trayectoria brillante e irregular al mismo tiempo.

Todavía sobrevuela el recuerdo del sudamericano por la ciudad de Oporto, donde dos años fueron suficientes para meterse a la afición en el bolsillo. Durante su primera temporada los ‘Dragones Azules’ no tuvieron grandes conquistas, pero en la segunda aquel equipo trajo un saco lleno de alegrías para repartir por la ciudad donde desemboca el Duero. Una noche espléndida frente al Villarreal en semifinales de Europa League, en la que hizo un póquer de goles, situó al ‘Tigre’ en la élite europea —si es que ya no lo estaba antes—. Hulk, Guarín, Moutinho, Otamendi y él mismo, entre muchos otros excelentes jugadores, se hicieron aquel curso con la liga, la copa y la Europa League, tres títulos que coronaron un año magnífico para un club que no ha vuelto a vivir algo tan grande desde entonces. Aquel Oporto dirigido por un joven André Villas-Boas devolvió a los portugueses a la élite europea y convirtió a Falcao en uno de los delanteros más codiciados del mercado. De este modo, el Atlético de Madrid, que había perdido a Forlán y Agüero, decidió poner 40 millones sobre la mesa para llevarse al ‘cafetero’ a la capital española, donde pudimos darnos el gustazo de verle cada fin de semana. 

Probablemente, aquellos dos años en Madrid fueron los mejores de la carrera de Falcao, tanto para él como para nosotros los espectadores. Su instinto dentro del área siempre ha existido, pero fue aquí donde pudimos ver al ariete en su máximo esplendor. Repitió triunfo europeo por segunda temporada consecutiva, ganando al Athletic Club en una final en la que firmó un doblete fantástico que hacía alucinar a Simeone y al príncipe Felipe, presente en la grada junto a Ángel Villar y Enrique Cerezo —un tridente más dañino que la ‘MSN’—. Tres meses después se encargó de dar otro recital en la Supercopa de Europa, transformando un hat-trick fabuloso frente al Chelsea que nos dejó a todos asombrados. Y al final de la campaña 2012-13, su última en el Atlético, los del ‘Cholo’ Simeone volvieron a alcanzar la gloria, esta vez en la final de la Copa del Rey. Falcao no marcó aquella noche, pero el desenlace de su estancia en Madrid fue maravilloso para los ‘colchoneros’, ya que lograron levantar el trofeo en el Santiago Bernabéu y frente al Real Madrid, el rival número uno al que llevaban años sin poder vencer. El gol en la prórroga de Miranda y el pitido final inundaron de felicidad a una afición rojiblanca que poco después se tuvo que despedir de su ídolo. Se marchaba un ‘9’ superlativo que dejaba un pequeño vacío en nosotros. Su paso por la Liga fue corto pero intenso, como una estrella fugaz que sobrevuela el cielo en pleno verano.

Un Mónaco renovado y con dinero desembolsó 43 millones para convertirlo en la referencia atacante de su nuevo proyecto, ofreciéndole un contrato bastante jugoso. Radamel rechazó propuestas de clubes con más nombre en Europa y acabó firmando con los monegascos. En la liga francesa le perdimos un poco la pista al colombiano, que empezó con buen pie en la ciudad (o país) de los yates y los casinos, sumando tantos en su haber como había hecho siempre. Pero ocurrió lo peor, el inicio de la travesía del averno. Un cubo de agua fría se derramó sobre él cuando aquel señor de bata blanca le dijo que tenía una ruptura en el ligamento cruzado, lo que no solo suponía perderse el final de curso, sino también el Mundial de Brasil. Aquel momento fue duro también para los aficionados. Colombia se iba a plantar en el país vecino con un pelotón espectacular, con Falcao como máxima referencia para encarar la mayor competición a nivel de selecciones, pero al final no pudo ser así y fue un joven James Rodríguez quien se puso el traje de líder e hizo vibrar al globo terrestre, aunque eso ya forma parte de otra historia. 

Mientras tanto, en la costa azul la tristeza se había apoderado de Radamel, quien acabó saliendo cedido dos temporadas: al Mánchester United, primero, y al Chelsea, después. En Inglaterra empezó un infierno que le martirizó anímicamente con los ‘Red Devils’ y también físicamente con los ‘Blues’. Desde la lesión de ligamentos el ‘Tigre’ no levantaba cabeza, no daba los mismos arañazos que enloquecían a las defensas contrarias. El cambio de ‘look’ que acabó con su melena no sirvió tampoco para que las nubes británicas que le eclipsaban desaparecieran. Al fin, en la 2016-17, y ya con 30 años, regresó al Mónaco para escribir un futuro feliz y olvidarse de aquella sensación tan frustrante que le impedía volver a ser quien era.

Aterrizó de nuevo en el Principado y Leonardo Jardim le ofreció el brazalete de capitán. Tenía la misión de guiar y dar ejemplo a una fabulosa remesa de estupendos futbolistas con un brillante futuro por delante. Empezaba con buen pie. Ahora él era el veterano y el resto aprendía, y ese resto lo conformaban jugadores como Kylian M’Bappé, Bernardo Silva, Fabinho o Thomas Lemar. Esos fueron algunos de los miembros que consiguieron derrocar junto a Falcao la tiranía del París Saint-Germain en el campeonato doméstico, toda una epopeya que no ha alcanzado nadie más desde la campaña 2012-13. Y no solo eso, el Mónaco también consiguió plantarse en unas semifinales de Champions tras superar al Manchester City de Pep Guardiola, una eliminatoria en la que nuestro protagonista fue uno de los máximos artífices. Aunque su nivel distaba mucho del mostrado en Oporto y Madrid, el ‘Tigre’ obtuvo 30 dianas en esa temporada y pudo ser un grandísimo delantero de nuevo, justo en el mismo club en el que había empezado su periodo negro y asfixiante.

La siguiente campaña continuó marcando goles en el Estadio Luis II, pero esta vez no ganó ningún título, pese a llegar a la final de la Coupe de la Ligue. Su último curso en Mónaco (2018-19) fue un desastre a nivel colectivo. Las 15 veces que Falcao logró que el balón traspasara la línea sirvieron para salvar al club de un descenso que estuvo muy cerca. Leonardo Jardim fue destituido y su lugar lo ocupó Thierry Henry, quien acabó siendo relegado para situar de nuevo al primero en el banquillo monegasco. Ya con la permanencia certificada y pasado el 30 de junio, Radamel quedaba como agente libre y decidió mudarse de nuevo pese a las pretensiones económicas que le ofrecían desde el Principado. El Galatasaray esperaba.

De esta manera han transcurrido los sucesos que han llevado al ‘Tigre’ a Estambul, donde fue recibido hace unos días con los brazos abiertos por miles de aficionados y espera tener un papel importante para asegurar su presencia en la Copa América de 2020. Aún le queda la espina de no haber hecho algo grande con su país, pero el verano que viene tendrá una nueva oportunidad para quitársela y, además, jugando en casa, puesto que el campeonato lo albergarán en conjunto Argentina y Colombia. De todas formas, para ese acontecimiento todavía queda un año, así que por ahora este ‘Tigre’ se encargará de atravesar redes y rugir fuerte para enfervorecer a los aficionados turcos, europeos y asiáticos. La antigua Constantinopla será el nuevo hogar de Falcao, una ciudad partida en dos por un Bósforo tan estrecho como la línea que le ha separado de la gloria y la frustración en diferentes ocasiones. Sea como fuere, por aquí te recordamos como el gran delantero que fuiste y que sigues siendo, ‘Tigre’. Mucha suerte por Turquía.