“La historia se hace después de la medianoche”

Ronaldinho se presentó en el Camp Nou pero nunca dijo adiós. Dicen que tan importante es saber marcharse como saber llegar. Quizás por eso le ha fichado el Barça como embajador, para que algún día se vuelva a ir del club y pueda despedirse, como cuando en Sayonara Marlon Brando conquista a una bailarina japonesa y la prensa le pregunta: “¿Y qué les diremos a los japoneses?”, a lo que él responde: “Dígales que dijimos Sayonara”.

En tiempos de Messi conviene recordar que Ronaldinho no tuvo un buen final en el Camp Nou. Lo que sí que hizo, y muy bien, fue presentarse. Por mucho que el Sherlock de Cumberbatch borre todos los mensajes que empiezan por “hola”, Ronaldinho demostró la necesidad de saludar al llegar. En Jobs, durante el primer acto de presentación de una primitiva máquina del creador de Apple, Fassbender insiste en que la computadora diga “hola”, por mucho que el técnico le diga que eso es imposible. “Hollywood mostraba las computadoras como algo aterrador […] Es afable, juguetón y tiene que decir hola. Debe decir hola porque puede”.

 

Jugaba al fútbol con la única intención de que los espectadores olvidaran por dos segundos que habían aparcado mal el coche, que no habían pagado la factura del gas o que habían tenido una discusión con el jefe

 

Hay muchas formas de presentarse. A veces basta con un escueto “¿Qué tal?” o un leve asentimiento de cabeza. Aunque su presentación tuvo lugar ante una multitud sedienta de ilusión, Ronaldinho dijo hola en su primer partido en el Camp Nou, donde los verdaderos futbolistas tienen más conversación. Lo hizo pasada la medianoche, en un partido entre Barça y Sevilla que empezó cinco minutos por encima de las doce. “Mi primer gol con el Barça llegó a medianoche, una hora que me encanta“, dijo el brasileño en su vuelta a Barcelona. No cuesta imaginarle como al historiador Arthur Schlesinger Jr. cuando, en una fiesta de Truman Capote, le preguntaron a eso de las once si se lo estaba pasando bien. “Es demasiado pronto para decirlo, la historia se hace después de la medianoche”. En el mes de septiembre, cuando la Liga todavía se disfruta al llegar de la playa, Ronaldinho se paseó ante los ojos de espectadores y rivales, en concreto de Martí y Casquero -nombres de otra época- para acabar lanzando un disparo que años anteriores la grada atajaba como si fuera el portero rival. El público no se vio exigido y Notario, otro jugador decimonónico, se estiró para la foto. Ronaldinho ya había dicho hola en el partido del gazpacho.

Que el brasileño se bautizara en el partido de una bebida parecía premonitorio, aunque se equivocan todos aquellos que le juzgaron por sus salidas nocturnas. Ronaldinho era un tipo abstemio, uno de esos bebedores que necesitan una copa para estar sobrios. Sí que era mentiroso y acostumbraba a contarle falacias al rival. Decía Faulkner en Luz de agosto que el hombre cuyas mentiras se aceptan más fácil es aquel que, durante toda su vida, ha tenido fama de veraz. Ronaldinho debía ser la excepción porque mentía constantemente a sus oponentes; les decía que se iba a ir para la derecha y se iba para la izquierda. Luego les susurraba que sí, que esta vez iba en serio, pero les volvía a engañar. Cuando ya se había ganado su desconfianza, entonces tenía la desfachatez de decir la verdad. Ese era Ronaldinho, un tipo que a veces regateaba en zigzag como ese personaje de Amanece que no es poco que andaba haciendo curvas porque así tardaba más en hacer el recorrido y se pensaba mejor hacia dónde iba.

Con sus mentiras llevó la sonrisa al Camp Nou después de muchos años de ceño fruncido. Jugaba al fútbol como Billy Wilder hacía cine, con la única intención de que los espectadores olvidaran por dos segundos que habían aparcado mal el coche, que no habían pagado la factura del gas o que habían tenido una discusión con el jefe. Y lo hizo en varias ocasiones, con su gesto surfero, su gol sin carrerilla, los lanzamientos de falta y las galopadas infinitas por la banda izquierda.

La sonrisa de Ronaldinho colindó con la de Messi. “El primer gol de Messi fue pase mío y ahí empezó el monstruo”, declaró Ronaldinho. Ese fue el día en que Messi, tipo educado, dijo hola. Ahora, de atrezzo en el Barça, Ronaldinho tiene la oportunidad de recibir el adiós que se merece.