-Hombre, Gareth, ¿cómo van las clases de chino? Felicidades por el doblete. Siga así.

[Incredulidad]

-¡Iván! Usted por aquí. Claro, hijo, claro que en dos semanas volverá a ser, ejem, titular.

[Sudores fríos]

-¿Ve aquel chico de ahí, Neymar? Pues se llama Mbappé pero quiero que piense que es su querido Leo.

[Miedo]

-Deme un abrazo, Rodrigo. No vivía un agosto tan duro desde aquel viaje de fin de curso a Benidorm.

[Alivio]

-No te vengas abajo ahora, Paul. Todavía podemos luchar por la Europa League…

[Resignación]

Se cierra una nueva ventana de fichajes y habrá que sacar conclusiones. La primera, la más evidente: con una inflación cada vez más exagerada y con la sombra del fair-play financiero y los límites salariales planeando sobre los clubes, hoy los cracks ya no juegan donde quieren. Cracks, sí. Jugadores que costaron una pasta y que cobran una pasta; ergo, jugadores que solo pueden cambiar de aires si otro club tiene, también, mucha pasta. No hay tantos, por cierto. En este contexto, las negociaciones se convierten en auténticos disparates, con ofertas que cuentan con más casillas que la renta: cesiones, subastas de jugadores, sueldos a pachas, cláusulas para demorar el pago, penalizaciones, intercambios a secas…

Ya hemos visto las consecuencias de todo ello. U otro equipo de élite se enrolla y acepta el trueque, o toca tragar. O el club de élite le suplica un crédito a un banco, o se queda sin su nuevo capricho. O el jugador presiona hasta el límite al club de élite, o se queda donde no quiere estar -que bueno, sigue siendo un club de élite-. En el selecto club de los equipos de élite están prácticamente obligados a ayudarse entre ellos. Pero si no es posible, que cada uno tape sus propias vergüenzas.

Mientras todas estas operaciones llenan páginas de periódicos e inflaman tertulias, existe un damnificado al que no damos demasiada importancia, lo cual tampoco es nuevo pero sí injusto. El entrenador.

Mientras lidia con una plantilla volátil, el técnico de turno debe aparecer en la sala de prensa y asegurar que todo está bajo control. Cuando no es verdad. Mientras uno de sus ‘elegibles’ no está en el campo porque podría salir en breve -¿cuándo normalizamos semejante tomadura de pelo?-, el preparador no tiene escapatoria: debe exponerse, inventarse excusas sin que se note demasiado, evitar no reír cuando la percepción del ridículo se hace fuerte y esperar, cómo no, las críticas. 

Este papelón sí va en su sueldo y este verano hemos visto unos cuantos.

Con dos de sus mejores atacantes, Cavani y Mbappé, lesionados, Thomas Tuchel tuvo que convocar a un denostado Jesé porque, ni siquiera con dos bajas tan sensibles, el club le autorizó a utilizar a un Neymar recuperado para el fútbol pero con la mente en Barcelona. “Solo puedo decir que estoy tranquilo. La situación en el mundo del fútbol es una locura. Todo puede pasar. Este no es el momento de perder la cabeza“, manifestó con encomiable frialdad a las puertas de un partido de liga.

Ernesto Valverde pasó de darle a Rakitic la titularidad hasta de su cuenta corriente a ponerlo en cuarentena. El típico y lógico giro de guion de alguien tan radical como el actual técnico del Barça. Mientras el nombre del croata llevaba meses con el cartel de transferible porque el club necesitaba cash, Valverde defendía como podía su revolución: “tengo mucho donde elegir en el centro del campo“.

 

Mientras lidia con una plantilla volátil, el técnico de turno debe aparecer en la sala de prensa y asegurar que todo está bajo control. Cuando no es verdad

 

Sigamos para bingo. No me dirán que el día en el que Gareth Bale lo tenía casi hecho con un generoso club chino no sonrieron junto a Zidane cuando dijo aquello de que “hoy no juega porque se encuentra mal” horas antes de un amistoso. Pues el galés estaba dándole al golf. Y hace dos días, sumando dos sobre par en el hoyo de La Cerámica para alivio del preparador francés. ¿Qué pasará con Bale cuando se recupere Hazard?

Para terminar: Marcelino García Toral. Una Copa diez años después, un sufrido billete a la Champions, una plantilla que, bueno, vale, quizá no se apuntaló del todo, pero al menos se conoce. Todo en orden. ¿Seguro? Pues tres semanas ha estado el asturiano jugando a poner, a sacar y a volver a poner en el campo a su estrella porque cada día era el día en el que estaba vendido al Atlético. ¿Se imaginan lo que habría pasado si Rodrigo llega a marcharse a las pocas horas del cierre y a Marcelino le traen, con la liga empezada y a las puertas de la fase de grupos de la Liga de Campeones, un delantero para estrenar? Menudo susto.

Y la tragicomedia puede ir a más. Porque los entrenadores ya no es que no puedan desarrollar su trabajo con un mínimo de dignidad hasta que el mercado se cierra. Es que, en muchos casos, lo peor empieza precisamente con el mercado cerrado, cuando toca seguir siendo respetado dentro de un vestuario, restablecer jerarquías dañadas y levantar el ánimo de aquellos que, por ejemplo, fueron moneda de cambio o empujados a irse o al revés: quisieron irse y no pudieron.

Algunos dirán que todo esto podría minimizarse adaptando el fin del mercato al de la liga inglesa: eso es, antes de que empiece a rodar el balón de forma oficial. Honestamente, lo único que ayudaría realmente a tomar conciencia de lo jodido que debe ser trabajar en estas condiciones sería ver a un entrenador alegando estrés para sentarse el fin de semana siguiente en el banquillo. “Les voy a ser sincero: hay otro club que me está rondando y, la verdad, no tengo la cabeza para sacar un once de garantías“. Cabría otra posibilidad, algo más contundente. “¿Ya se cerró el mercado? Pues ahora que gestione esta plantilla su pu… madre“.