Levantarse cuando no se han puesto ni las calles conlleva implícita una fuerza de voluntad importante. Pero el día merece la pena. Porque en la provincia de Tarragona se avecina una jornada tristemente histórica. Tras 109 años de esfuerzos, alegrías y penas, el Reus Deportiu, uno de los principales clubes del sur de Catalunya, desaparecerá por culpa de una gestión pésima que ha llevado a la entidad a deber más de cinco millones de euros. “Anda que si eso le pasa a mi Betis…”, me digo a mí mismo. Los futbolistas, después de un trimestre sin cobrar, han decidido denunciar la situación y acogerse a la posibilidad de abandonar la entidad.

Con esa premisa arranco en dirección a Tarragona. No hay música, pero sí compañía y eso se agradece. Durante el trayecto recuerdo la conversación con el responsable de la tienda oficial del Reus en el Centro Comercial El Pallol. “¡Vente temprano que no quedan prácticamente entradas!”, me había dicho el día anterior. Por eso, cuando entro en el establecimiento y me saluda amablemente, no tardo en reconocer su voz. La tienda, pequeña, está decorada con camisetas y bufandas. Un cartel de liquidación refleja, irónicamente, la delicada situación del club. Sin embargo, ese letrero tan solo establece los precios de los diferentes productos rojinegros. Y me convence, pues me llevo una bonita bufanda de recuerdo. “¿Cómo ves este día? ¿Jodido, no?”, le digo apenado al vendedor. “Pues me acaban de decir que, en un 95% de las posibilidades, estamos salvados. Pagará Mendes”, me confiesa él con alegría comedida.

Vaya noticia y no hace ni diez minutos que he aparcado. Mi mente ha dado un vuelco con ese giro de los acontecimientos. Así que, tras un par de horas reflexionando por la ciudad, toca desplazarse hasta el estadio. Libreta en mano, bufanda en el cuello y entradas en la guantera del coche. Apenas son las doce del mediodía y la situación allí es de calma tensa. Me da por mirar al cielo y caigo, casi por inercia, en que la situación climática también está muy relacionada con el día. Muchas nubes, sí. Pero se van despejando por horas. Claro que el frío es notable. Y en ese estudio visual de todo lo que me rodea veo aparecer a compadres de la prensa. No intercambiamos demasiadas palabras, pero me guían hasta una de las personas más interesadas en la situación: Xavi Bartolo, entrenador del primer equipo del Reus, que está viendo un partido de fútbol base en la ciudad deportiva.

“Los futbolistas están hartos de esta situación”, asegura Bartolo. El técnico está visiblemente preocupado aunque trata de mantenerse firme. “La rueda de prensa parecía un velatorio. Si yo no confío en que esto se va a solucionar, ¿Cómo le digo a mis futbolistas que tienen que jugar esta tarde?”, añade el entrenador. Aprovecho para adelantarle las novedades que he recibido en la tienda esa misma mañana aunque supongo que ya conocía las buenas nuevas. “A Joan Oliver (propietario del Reus) no le interesa que desaparezca el club. Ya no te digo que vayas a ganar nada pero, por lo menos, no pierdes”, agrega Bartolo antes de poner el foco de nuevo en sus jugadores. “Hay futbolistas que ya lo tenían hecho con otros clubes. Pero si llega alguien y paga, se tienen que quedar”.

A medida que avanza la conversación tengo claro que se necesita mucho más para que un club como este desaparezca. Pero el broche definitivo llega con la sentencia y ratificación del técnico: “No van a dejar que el Reus desaparezca. No le conviene ni a Oliver, ni a nadie”. Más claro, agua. Me despido deseándole suerte y no solo por los 90 minutos que tiene que disputar ante el Córdoba. Sus palabras son alentadoras pero por lo pronto y a pesar de las informaciones positivas, el Reus sigue estando en el alambre.

Dejo pasar un par de horas porque con el estómago lleno, las cosas se ven mucho mejor. Azarosa decisión la de ir a caer a La Nau Brasería. Aquel local situado en el polígono que hay enfrente del estadio del Reus está decorado con los colores rojinegros de la entidad. Las mesas del restaurante están ocupadas por otros periodistas así que decido emular a los compañeros de profesión. Para calmar los nervios, los aficionados que hay en aquel lugar se agrupan frente a un proyector para ver el Valladolid – Atlético de Madrid. Pero ni con esas se despeja el runrún.

Pagar y salir. El ambiente fuera del campo ha cambiado. No hay aficionados pero un buen número de Mossos d’Esquadra y otros tantos de seguridad privada del estadio ya están protegiendo las puertas. ¿De quién? Por allí solo hay un anciano, que bien podría ser el fundador del Reus, enfundado en los colores del club. “Llevo 40 años viniendo al estadio y, desde los 18, yendo al antiguo”, comienza Ricard. Me sorprende su serenidad. Se me escapa algo más. “¿No está preocupado?”, le pregunto. “No. Está todo bien. Los jugadores ya han cobrado”, me responde con serenidad. Y continúa su camino hacia La Nau. Antes de entrar, echa un último vistazo a la entrada del Municipal, supongo que imaginándose en su asiento de toda la vida durante un puñado de años más. Yo, en mitad de la calle, permanezco perplejo ante el devenir de los acontecimientos.

 

“Oliver, dimisión” es uno de los cánticos que se van repitiendo en bucle. “Da la cara, cabrón” es otra de las peticiones de una afición visiblemente alterada

 

De presentimientos va la tarde. En el exterior, el día sigue alternando las nubes con esos rayos tímidos de luz pero la noticia está dentro de aquel local de restauración. En una de las mesas de la terraza hay un par de jóvenes rojiblancos, con sus respectivas cervezas, que han colgado una bandera en la que se puede leer RedBlacks. Quieren hablar y, sobre todo, ser escuchados. Así que, a los pocos minutos, me reúno con ellos en el patio trasero de La Nau. Cervezas y cigarros entre golpes de bombo y cánticos de animación. “La situación es muy triste. Yo he estado muy mal porque este es mi equipo. Llevamos unas semanas muy jodidas y queremos que Oliver se vaya”, asegura Javi San Felipe, más conocido como ‘Sanfe’ por los demás miembros de los RedBlacks“No quiero a nadie del entorno del actual propietario”, agrega el hincha del Reus. Regresa con sus compañeros no sin antes mandar un mensaje de apoyo a los futbolistas: “Con ellos estamos y estaremos a muerte”.

Salgo de aquel lugar y veo cómo el ambiente en la calle se ha multiplicado. Los colores rojinegros predominan en los aledaños pero las bufandas y camisetas verdiblancas del Córdoba también se dejan ver sin pudor. Lorenzo Doncel es uno de los aficionados más veteranos de la Peña Familia Blanquiverde El Abuelo y su trupe. “Estamos en una situación parecida. Es muy injusto lo que están viviendo”, confiesa Doncel. “Hemos hecho una pancarta porque los apoyamos en todo”, agrega el aficionado verdiblanco.

El reloj da las cuatro y media de la tarde. De La Nau arranca una marcha rojinegra llena de reivindicaciones. Gritos y pancartas se trasladan hasta las puertas del estadio en un paseo de unos 100 metros. “Oliver, dimisión” es uno de los cánticos que se van repitiendo en bucle. “Da la cara, cabrón” es otra de las peticiones de una afición visiblemente alterada. Pero nadie aparece, salvando a unos pocos trabajadores curiosos. Uno de los conductores de la marea expone un manifiesto en el que se pide transparencia y la depuración de responsabilidades por parte de “El Capo”. Menudo apodo para el propietario de la entidad.

Para entonces, ya nadie cree que el club pueda desaparecer. Claro que eso tampoco relaja las tensiones de los aficionados. Ese enojo se traslada a las gradas en cuanto las puertas se abren. Tenían razón cuando me dijeron que el estadio se iba a llenar. “Menos mal que me dio por venir temprano a Reus”, me digo. Y entre palabras poco cariñosas hacia Oliver y apoyo a los jugadores locales arranca el juego, que acabará siendo lo menos relevante de toda la jornada. Eso sí, tiembla la ciudad entera cuando Linares marca el empate. Son 90 minutos de aliento constante. Los RedBlacks llevan la voz cantante de la afición. También, por las diferentes zonas del Municipal, se oyen reiteradas críticas e insultos al árbitro del partido, el colegiado Varón Aceitón. No le perdonan al del silbato aquellos dos penaltis en contra que señaló en Gijón. Un deporte de riesgo, vestir de amarillo.

En los momentos más difíciles es mejor no estar solo. Por eso, cuando la afición del Córdoba despliega la pancarta con el lema “Ànims Reus” y comienzan a corear el nombre del equipo al que se enfrentan, el estadio entero vuela por los aires. Todos unidos y al unísono contra el propietario. Y claro, como muestra de agradecimiento y al término del partido, los RedBlacks corean el nombre de sus rivales al ver, de nuevo, el mensaje de apoyo. Piel de gallina en esos momentos.

Acaba el sábado y llegará el domingo. También para el Reus Deportiu pues, tras empatar sobre el verde, están ganando el partido más importante de su vida. Salvados – momentáneamente – por la campana, que se suele decir. “Sí que ha sido un día histórico para esta ciudad, sin embargo”, pienso durante el trayecto de vuelta. Claro que, lo que parecía ser un punto y final para la entidad, ahora se ha convertido en un punto y aparte. Se avecinan nuevas líneas en la historia del Reus y estas no estarán redactadas por Oliver.