En Nueva York, podría haber participado perfectamente en el rodaje de El diablo viste de Prada. Haciendo el papel del atractivo y prometedor escritor que protagonizó Simon Baker, y por el que Anne Hathaway, una joven aspirante a periodista, se sintió tremendamente atraída. Si pienso en la llegada de Andrea Pirlo a la Gran Manzana, me lo imagino bajando del jet privado con sus Ray-Ban negras, el típico sombrero italiano y un impoluto traje de lino blanco. El hoy exfutbolista no solo derrochaba clase disparando faltas o haciendo controles orientados, fuera del césped siempre ha mantenido esa imagen de gentleman tan característica.

A sus 35 años, Pirlo cambió el Calcio por la MLS y la Juventus por el New York City FC, que le hizo una propuesta irresistible. Vivir en una ciudad en la que puedes pasar desapercibido era algo que anhelaba, además de sentirse atraído por el deporte en los Estados Unidos. “Siento mucha libertad aquí. Puedo ir a comprar mi periódico o salir a cenar. Eso era algo que no podía hacer en Turín y lo valoro mucho”. Llegó a su nuevo club en el verano de 2015. Tan solo unos meses antes, había disputado como titular la final de la Champions League en Berlín entre el Barça y la Juve.

En 2016, el italiano realizó su mejor temporada en el fútbol norteamericano. Después de una primera campaña irregular y con alguna que otra crítica, Pirlo volvió a jugar por momentos a un nivel propio de sus mejores años en Europa. Debía ser una delicia presenciar los rondos y los disparos a puerta en los entrenamientos del New York City. Un equipo dirigido desde el banquillo por otro mítico centrocampista como Patrick Vieira y, desde el césped, por dos jugadores que formaban el centro del campo que siempre elegíamos en la PlayStation pero que nunca se había construido en la realidad: Pirlo y Lampard; que había llegado a Estados Unidos el mismo año que el italiano.

 

Los turistas que quisieran ver y sentir la esencia italiana, siempre tenían la opción de comerse una pizza napolitana o acudir al Yankee Stadium y ver a Andrea Pirlo acariciando el balón

 

Esa temporada sirvió también para que Pirlo se estrenara en la faceta goleadora, dándole la victoria a su equipo 3-2 frente a Philadelphia con un magnífico lanzamiento de falta. En la liga de la Conferencia Este, acabaron segundos a tan solo tres puntos del otro gran club de la ciudad, el New York Red Bull. Eso les valió para clasificarse para los play-offs de la Copa MLS por primera vez en su historia. El centrocampista contribuyó de manera notable en ese logro, repartiendo once asistencias de gol en 32 partidos, muchas de ellas a otra estrella que pasaba por allí sus últimos años de fútbol, David Villa. Un delantero con el que Pirlo declaró entenderse a la perfección: “Villa me recuerda a Luca Toni, él siempre sabía dónde le iba a tirar la pelota”.

Se notaba que ya estaba perfectamente acoplado y disfrutaba dentro del campo. Afirmó que se sentía encantado con el estilo del deporte en Estados Unidos y en julio de esa misma temporada fue incluido en la lista del MLS All-Star Game. Por delante, tenían el mayor reto de la corta historia del New York City FC, un equipo fundado en 2013. Iban a disputar su partido más importante hasta el momento, la ida de los cuartos de final de la Copa MLS ante Toronto. Una lesión hizo que el italiano no pudiera jugar aquel choque, en el que cayeron 2-0. Una semana después, con Pirlo ya disponible, tenían el difícil reto de remontar dos goles, pero el rival les pasó por encima de forma apabullante con un 0-5. Y eso que el centro del campo lo formaban Lampard, Iraola y el propio Pirlo. Un lujo.

Quedaba ya poco del Little Italy en Nueva York, el barrio donde se concentraron miles de italianos llegados a Estados Unidos a principios del siglo XX. China Town lo estaba absorbiendo todo. Los turistas que quisieran ver y sentir la esencia italiana, siempre tenían la opción de comerse una pizza napolitana o acudir al Yankee Stadium y ver a Andrea Pirlo acariciando el balón.