El Leganés ya no es aquel novato que llega el primer día de clase y mira a su alrededor impresionado por el escenario. Los del sur de Madrid, en boca de todos tras acabar con el monstruo de la capital en Copa, han superado los miedos escénicos y el agarrotamiento habitual que provocan las primeras veces. El curso anterior, con la permanencia más barata que nunca, pudieron tener una toma de contacto relativamente tranquila con el fútbol de élite. Un año más tarde, asentados ya en la categoría, los pepineros han dejado de ser aquel equipo tierno y adorable al que todos miraban con cierta gracia y condescendencia. A los blanquiazules les han salido colmillos. Y el principal exponente de esta nueva realidad es Gabriel Pires, reflejo de la transformación de un equipo abrumado por los elogios en los últimos días.

Gabriel se erigió en uno de los protagonistas indiscutibles de la eliminatoria madrileña. Como lo lleva siendo toda la temporada. Casi como si se tratara de una metáfora de lo que ha sido su evolución, en paralelo al crecimiento de los madrileños de la mano de Asier Garitano. Justicia poética para un jugador que encarna todo aquello que los blanquiazules pretenden mostrar al mundo del fútbol. El brasileño, que llegó cedido de la Juventus como un fino estilista más bien tímido e introvertido, fue el autor de uno de los goles más importantes y emblemáticos de la historia del Leganés. Una historia que está escribiendo sus mejores capítulos en los últimos tiempos y que amenaza con seguir ampliando sus páginas en dorado.

El futbolista carioca dio el histórico pase a semifinales, para más simbolismo, con un cabezazo. Un arte poco esperable, a priori, en un futbolista refinado y talentoso como el que parecía ser en sus primeros tiempos en Butarque. Como el Leganés, Pires tampoco es ya aquel jugador delicado y exquisito que resulta entrañable a ojos del espectador neutral. Al menos, no únicamente eso. Sin perder su esencia, altas dosis de talento gracias a su magnífica zurda, el jugador de 24 años ha sumado el ingrediente físico a su juego. Potencia y fuerza para dominar el mediocampo con mano de hierro. De una balada al rock and roll más puro. Al igual que su equipo. De un conjunto tímido –escondido tras la modestia del principiante que todavía no ha roto ningún plato– a un equipo descarado, capaz de hacer saltar por los aires la lógica en el Santiago Bernabéu.

 

Como el Leganés, Pires tampoco es ya aquel jugador delicado y exquisito que resultaba entrañable a ojos del espectador neutral. Ahora es algo más 

 

El bueno de Pires ha cogido los galones del equipo este curso. Hasta el punto de llevar incluso el brazalete, uno de los más simbólicos de la Primera División. Su reubicación sobre el césped, más cerca de la construcción y la génesis del juego, le ha convertido en un futbolista total. Un centrocampista que a su clarividencia y la visión de juego en tres cuartos que ya ofrecía en sus primeros años en Europa le ha añadido la capacidad de sacrificio y el poderío para desplegarse que no mostraba cuando saltaba al campo como un adolescente imberbe. Gabriel se ha hecho mayor. Quizás estimulado por el escenario y las compañías, ideales para tal reconversión. El futbolista ha ido añadiendo a su gen competitivo lo mejor que ha ido encontrado en su entorno. El orden, el sacrificio y la implicación defensiva que impone Garitano; el sentimiento de pertinencia y el carácter de un referente como Martín Mantovani; y la disciplina y el saber hacer de una institución admirada por casi todos por su buena gestión. La misma que permitió captar a este talento de la Juventus y convencer a la Vecchia Signora para que se quedara en propiedad en Butarque.

Gabriel, que llegó a Turín por 2 millones de euros procedente del modesto Resende de su país natal, ha encontrado en el sur de Madrid el lugar ideal para destaparse definitivamente como el pelotero que es. Tras pasar por varios equipos en Italia, desembarcó en Leganés con el equipo todavía en Segunda División. Su reconversión, la de un mediapunta talentoso a un todocampista trabajador y creativo, está haciendo crecer a los de Garitano de forma exponencial. El metamorfoseado mediocentro zurdo es uno de aquellos valiosos futbolistas que siempre mejoran las jugadas, aclaran el juego y dan criterio a su equipo cuando el balón pasa por sus dominios. Este curso, mucho más presente en la gestación, se ha soltado definitivamente, desinhibido y formando una pareja ideal con otro diamante como es Rubén Pérez.

Sus actuaciones, a buen seguro, no pasarán inadvertidas para los grandes clubes europeos. Como ya pasó cuando los juventinos se fijaron en él cuando era un pipiolo inexperto que solo mostraba destellos de su calidad. En un equipo coral y construido en base a una idea colectiva, el brasileño es el factor diferencial de los pepineros. Su crecimiento, la confirmación de lo que apuntaba, convertido en la brújula de la sensación del fútbol español. Su ejemplo bien puede tomarse como referencia para describir lo que es este Leganés. Un equipo modesto, con pocos recursos, pero en constante crecimiento. Un club que gracias a su acierto en los despachos, está pudiendo disfrutar de un grupo de jugadores que están haciendo soñar a los del sur de Madrid.