Hubo delanteros con más goles y carreras más largas, hubo delanteros con más títulos e internacionalidades, pero la figura de Rafael María Moreno Aranzadi, ‘Pichichi’, de cuya muerte se cumplen 100 años, reúne todos los elementos para convertirse en un mito; entre ellos, el de un cierto misterio, como el que rodea a cómo y quién le empezó a llamar así, Pichichi.

Ese mote se acabaría consolidando como sinónimo de gol, una de esas palabras que incluso los no futboleros conocen a la perfección, pero ¿quién fue realmente Pichichi? Viajamos al Bilbao de los primeros años del siglo XX, y al Bilbao actual, concretamente al museo del Athletic, para conocer mejor su historia.

Es una historia curiosa y fugaz: nacido en Bilbao en 1892, era hijo de un abogado que había sido alcalde de la ciudad, Joaquín Moreno Goñi, y de Dalmacia Aranzadi, que era prima carnal de Miguel de Unamuno. Cuentan que ese parentesco con Unamuno le ayudó en su etapa escolar, en los Escolapios de Bilbao, donde los profesores le trataban con cierta condescendencia. Rafael no heredó precisamente de Unamuno la pasión por los libros y el estudio y siempre fue un pésimo estudiante. También en la universidad: cuando su padre lo envió a estudiar Derecho a Deusto, Pichichi suspendió todas las asignaturas.

Para entonces ya arrastraba ese mote, Pichichi. Algunos cuentan que se lo puso su hermano Raimundo –que años después sería uno de los fundadores del Athletic de Madrid, precursor del Atlético- porque Rafael era un niño muy menudo. “No se sabe con exactitud quién le puso el apodo”, explica a Panenka Asier Arrate, el responsable del museo del Athletic, “en realidad el apodo tampoco significa nada, porque no es una palabra en euskera, pero todos lo identificamos con la idea de pequeñito o enclenque. Lo de Pichichi viene desde que empezó a jugar en los campeonatos organizados por el Athletic en 1903, en la campa de los ingleses de Bilbao; Pichichi era muy chiquitín y solía jugar con gente mayor que él”.

 

No era especialmente corpulento ni potente, sino rápido y habilidoso, y con un punto de picardía que dejaba boquiabiertos a los rivales. Solía jugar en lo que hoy sería el interior, pero no de delantero centro. Y casi siempre con un pañuelo blanco atado a la cabeza

 

Todos los intentos de su padre para que Rafael llevase una vida seria y ordenada acabaron fracasando frente a la seducción del fútbol: dejó la carrera de Derecho por razones obvias y su padre le consiguió un puesto de funcionario en el ayuntamiento, donde tampoco duraría mucho.

Poco después, entró a trabajar en la fábrica metalúrgica de la familia Merodio, donde conocería a su futura esposa, Avelina, sobrina de los Merodio. Su imagen, apoyado en una barandilla y hablando con Avelina, inmortalizada por el pintor Aurelio Arteta, es uno de los grandes iconos del Athletic, aunque también en este punto conviene detenerse y plantearse la duda. ¿Era realmente él?

“Popularmente siempre se ha dicho que el personaje del cuadro es Pichichi”, matiza Arrate, “pero eso no está documentado ni aparece en ningún escrito de la época. Es más, los socios más veteranos y antiguos del club, con los que traté hace 25 años, comentaban que el retratado fuese seguramente Ramón Belauste, tanto por su complexión, porque era un jugador robusto, como por su actitud, porque decían que le gustaba flirtear con las chicas”.

Para entonces, Rafael ya había debutado en el Bilbao FC, una suerte de filial del Athletic, y no tardó en dar el salto al primer equipo. Frente a lo imperante en la época, Pichichi no era especialmente corpulento ni potente, sino rápido y habilidoso (de hecho, se libró del servicio militar por unos problemas respiratorios), y con un punto de picardía que dejaba boquiabiertos a los rivales: cuando era objeto de una falta, se arrastraba fingiendo dolor para levantarse rápidamente y sorprender al adversario; en los saques de esquina daba conversación a los defensas e incluso los pisaba; y aparentaba desconectarse del partido por cansancio para desmarcarse, recibir el balón y marcar goles. Solía jugar en lo que hoy sería el interior, zurdo o diestro, pero no de delantero centro puro. Y casi siempre con un pañuelo blanco atado a la cabeza.

Aunque algunas fuentes se lo atribuyen a Zuazo, suyo fue el primer gol que se marcó en la historia de San Mamés, el 21 de agosto de 1913 ante el Racing de Irún. Ya era uno de los grandes ídolos de la afición del Athletic; tanto que dos años después, en 1915, fue invitado a participar en un festival taurino a beneficio de la Asociación de Prensa de Bilbao. Toreó con capote y muleta y se llevó dos orejas.

A Pichichi le gustaba disfrutar de la vida: frecuentaba el Salón Vizcaya, una especie de teatro de cuplés donde nació la expresión ‘alirón’, después de que el Athletic ganase el campeonato de España (la Copa) de 1914. La Liga aún tardaría 15 años en nacer (Pichichi ni siquiera la vería).

Pocas semanas después de casarse con Avelina, Pichichi recibe la convocatoria de la primera selección española, que iba a competir en los Juegos Olímpicos de Amberes. Estaba fuera de forma y poco entrenado: llevaba tiempo sin jugar y en los alrededores de San Mamés ya se escuchaban las primeras críticas contra él.

Pese a todo, acudió a la cita olímpica. Fue titular en el primer partido de la historia de la selección, ante Dinamarca. Y marcó su único gol con la ‘Roja’ en la final de los Juegos, que España perdió ante Holanda (3-1).

 

“Hay visitantes que no tienen ni idea de quién fue, la mayoría sabe que el máximo goleador de la Liga lleva su nombre y los muy futboleros saben que jugó en el Athletic”, explica Arrate, responsable del museo del Athletic

 

A su regreso a Bilbao, empezó a plantearse la retirada: comprobó que el público de San Mamés le había dado la espalda –ya se escuchaban las primeras críticas al goleador- y colgó las botas. Atrás quedaban cuatro títulos de España y más de 80 goles con el Athletic. No se convirtió en entrenador ni dejó del todo el fútbol, sino que se hizo árbitro.

Fue entonces cuando le sobrevino la muerte, que contribuyó a forjar el mito: Pichichi falleció muy joven –le faltaban menos de tres meses para cumplir los 30 años-, víctima de unas fiebres tifoideas que al parecer le habían provocado unas ostras en mal estado. Era el 1 de marzo de 1922.

Tuvo casi un funeral de Estado en Bilbao. El público que le había criticado se reconcilió de inmediato con su figura de jugador hábil, técnica exquisita y mente privilegiada para el fútbol.

Cuatro años después de su muerte, y por iniciativa del presidente del Athletic Ricardo de Irezábal, se levanta un busto en San Mamés en memoria de Pichichi, obra del escultor Quintín de Torre.

El busto ha ido cambiando de ubicación a lo largo de los años, pero sigue formando parte indisoluble de San Mamés. Ahora está justo en la entrada del túnel de vestuarios y es ahí donde se sigue cumpliendo con la tradición: los equipos que juegan por primera vez en San Mamés depositan un ramo de flores junto a la imagen de Pichichi, un gesto que nació espontáneamente cuando se inauguró la estatua, en 1926 (varias entidades de Bilbao llevaron flores) y que se consolidó definitivamente el 1 de enero de 1927, cuando el MTK de Budapest, invitado a un amistoso, también dejó un ramo de flores al pie del busto.

Quizá todo hubiera quedado ahí si en 1953 el diario Marca no hubiese tenido la iniciativa de crear unos premios a los mejores jugadores de la Liga. Lucio del Álamo, director del diario, había sido admirador de Pichichi y decidió bautizar el premio al mejor goleador con el apodo de Rafael Moreno Aranzadi.

Su muerte prematura, su fama de héroe romántico y su capacidad para transitar por caminos poco comunes –en el fondo fue un pionero y un iconoclasta- hicieron el resto. Había nacido una leyenda.

Su nombre forma parte del vocabulario habitual de cualquier aficionado. Fuera de España, quizá no tanto. “Hay un poco de todo, en realidad”, explica el responsable del museo del Athletic, “hay visitantes que no tienen ni idea de quién fue, la mayoría sabe que el máximo goleador de la Liga lleva su nombre y los muy futboleros saben que jugó en el Athletic”.

 


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Fotografía de Cordon Press.