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Al pequeño Rafael nunca le tiraron mucho los estudios. Su árbol genealógico ramificaba con el de grandes personalidades de la época de Bilbao y de todo el país. Pero aquel mundo no casaba con él. No le iba la escritura ni la filosofía, por lo que no siguió los pasos de su tío Miguel de Unamuno. Y tampoco la política. Así que el hecho de que su padre fuera alcalde de Bilbao a finales del siglo XIX no influyó en su camino. A él le iba la pelota. Solo quería la pelota. Jugar en la calle junto a su hermano mayor Raimundo y sus amigos, en unos partidillos en los que se ganó el sobrenombre de ‘Pichichi’, por ser el más menudo de todos entre los que jugaban en aquellos duelos.

Acabado el bachillerato, y con un ojo puesto siempre en el fútbol, el joven Rafael comenzó la carrera de Derecho. Bien, bien, no le fue. No aprobó ni una sola asignatura en el primer año. Por lo que la solución de su padre fue ponerlo a trabajar en el ayuntamiento, donde estuvo poco tiempo antes de irse a trabajar a la empresa metalúrgica de los hermanos Merodio; en una época en la que el bueno de Rafael ya comenzaba a despuntar en las filas del Bilbao Football Club, una especie de filial del Athletic, club en el que acabaría en 1911 y de donde no se movería hasta colgar las botas.

Cuenta la historia que ‘Pichichi’ era uno de los típicos futbolistas con mucha picaresca y pillería en su juego. Apenas llegaba al metro sesenta, aunque el tiempo haya difuminado sus centímetros y lo hayan dibujado con otras dimensiones, por lo que desde su posición habitual de delantero interior zurdo, pese a que también había días que jugaba por el costado diestro del ataque, sacaba a relucir todo tipo de artimañas para aventajar y despistar a uno defensas centrales enormes y robustos. Que si una protesta por una decisión arbitral, que si una charla para despistar a la defensa, que si fingía agotamiento para volverse el más rápido. En definitiva, era el clásico ‘pesado’ sobre el césped que, además, y sobre todo, contaba con un magnífico y muy fuerte disparo y también con una calidad técnica exquisita, con la que driblaba a un zaguero tras otro con magistral clase.

Todo esto le valió para convertirse rápidamente en uno de los futbolistas más queridos por la afición del Athletic. A lo que habría que sumar un hito histórico: ser el primero que marca un gol en San Mamés. Fue un 21 de agosto de 1913, ante el Racing de Irún, en un encuentro que acabaría en tablas en el marcador, después de que el primer invitado en casa de los ‘Leones’ consiguiera igualar el tanto inicial, y eterno, de Rafael Moreno Aranzadi. Ya era historia del Athletic, pero no era suficiente, quería más. Y consiguió mucho más. Porque a aquel gol le siguieron tres Copas en 1914, 195 y 1916 juntamente con otros tantos Campeonatos Regionales de Vizcaya en esos mismos años. Unos éxitos que no se entenderían sin la aportación goleadora de un Pichichi que dejó para los anales de la historia del fútbol español, entre muchas otras actuaciones destacables, un hat-trick

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en la final de Copa ante el Espanyol en 1915.

 

Un nombre eterno, que sale de la boca de cualquier futbolero, conozca o no la historia de Rafael, para honrar la memoria de aquel tipo que marcaba muchos goles en un fútbol todavía incipiente

 

Aquellos primeros éxitos con su Athletic fueron solo el preludio para que Pichichi acabara pasando a la historia. Después de las tres Copas consecutivas, también vino una convocatoria con la selección española para los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, donde el combinado nacional, con Pichichi como titular en el equipo, acabó llevándose la medalla de plata al vencer a los Países Bajos (3-1) en el encuentro definitivo para lograr el segundo puesto, con Pichichi sentenciando el duelo al marcar el tercer gol español en el segundo tiempo.

Justo antes de tomar viaje hacia tierras belgas para disputar el torneo olímpico, a Pichichi le habían caído las primeras críticas por su juego en San Mamés. Su físico, casi alcanzada la treintena, ya no era el de un chavalín de apenas 20 años, y constantes eran los abucheos por parte del público bilbaíno. Lo que provocó que en 1921, con la cuarta Copa de su palmarés bajo el brazo, anunciara su retiro como futbolista para pasar a ejercer de árbitro. Se despedía de su Athletic con 83 goles en 89 encuentros y empezaba una nueva historia vestido de negro y con un silbato en la boca. Aunque esta historia duró demasiado poco. El 1 de marzo de 1922 fallecía repentinamente Rafael Moreno Aranzadi a causa de una fiebre tifoieda provocada, según dice la historia, por haber tomado ostras en mal estado.

La noticia sacudió a toda Bilbao, que salió a las calles para despedir a aquel menudo futbolista que consiguió erigirse como el primer gran ídolo de un San Mamés que en 1926 honraría su memoria colocando un busto de su rostro en el palco presidencial, y en el que, tras una visita del MTK Budapest un año más tarde, se hizo tradición que todo nuevo equipo que pisa por primera vez como visitante el estadio de los ‘Leones’ le ofrezca un ramo de flores a la figura de Pichichi, que, más allá del Athletic, también fue sempiterna en todo el fútbol español después de que el diario Marca decidiera, en los años 50, ponerle su nombre al trofeo de máximo goleador de la temporada. Un nombre único, que aparece en el diccionario futbolístico español. Un nombre eterno, que sale de la boca de cualquier futbolero, conozca o no la historia de Rafael, para honrar la memoria de aquel tipo que marcaba muchos goles en un fútbol todavía incipiente.

 


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