Dani Alves (Juazeiro, 1986) es un impostor.

Más que eso.

Es un perfecto impostor.

Durante años, si solo lo hubiésemos seguido en las redes sociales, o en las salas de prensa, donde siempre se sintió S. J. Perelman, habríamos reducido rápida e inocentemente su dimensión a la de un personaje secundario con poco más que añadir que un buen chiste al final de la noche, cuando en el bar ya solo quedan la sombra de los que se fueron y el camarero secando las copas vacías.

Un profesional del deporte, sí. Pero un tipo simpático, sobre todo. Con tendencia a hacer el payaso al notar la cámara encima y apuntalando aquel aforismo que dice que los futbolistas brasileños serían los mejores del mundo jugando sino fuera porque todavía hay dos o tres cosas que se les dan mejor.

Alves, sin embargo, mentía.

O mejor: solo decía la verdad a medias.

Si algo ha quedado claro después de verle subir la banda derecha durante una década y media en Europa (llegó con 19 años al Sevilla, habiendo costado 550.000 euros y siendo presentado por un Monchi entonces tan anónimo como él), es que a su figura hay que considerarla en dos planos.

Por un lado está el Alves frívolo, despreocupado, capaz de subir una foto en su Instagram haciendo el pino en un entrenamiento o de grabar un videoclip con su amigo Pinto y con las gafas de Lenny Kravitz.

Por otro, el Alves voraz que pisa el estadio. Y aquí hay que disculpar el intento imposible de atrapar con un solo adjetivo al futbolista que más títulos ha ganado de toda la historia.

 

Alves ha sido tan constante con su faceta cómica como con su obsesión competitiva. Un Dr. Jekyll y Mr. Hyde llevado hasta el extremo del contraste

 

Es sabido que a Stanley Kubrick nunca le gustó que le reconocieran como el célebre director de cine que era, tal vez cansado de la grandilocuencia a la que lo sometía esa pesada etiqueta. Corre el rumor de que mucha gente se acercaba a su casa de Hertfordshire para intentar hablar con él, y que era el mismo Kubrick el que se encargaba de abrirles la puerta presentándose como el mayordomo. Un método que le funcionaba muy bien. La mayoría de los que no eran de su círculo tardaron años en poder asociar su nombre a un rostro, lo que permitió que a principios de los 90 un tal Alan Conway viajara por el Reino Unido haciéndose pasar por él para conseguir mesa en restaurantes lujosos y entrada en las mejores fiestas.

Quizá Kubrick se sintiera mejor así. Jugando a ser un empleado de su propia finca. Consolando a los pobres estafados que venían a conocer a su jefe. Y quizá Alves también le encuentre una utilidad a su fingimiento.

Para no desviarte de tu camino, después de todo, lo mejor que puedes hacer es imaginar que otro lo recorre por ti.

Alves ha sido tan constante con su faceta cómica como con su obsesión competitiva. Un Dr. Jekyll y Mr. Hyde llevado hasta el extremo del contraste. Los encuentros en los que el lateral acusó la atonía o el relajamiento caben en un puño. Claro que pudo fallar algunas noches, tomar decisiones equivocadas en uno, dos, siete o veinte partidos, pero el origen de esos errores casi nunca se detectó en su actitud. Al contrario. Su terrible ambición chamuscaba las virtudes de los rivales. Y se refleja en su palmarés. “Admiro a los poetas porque su apuesta es a vida a muerte”, solía decir Bolaño. Y algo similar ocurre con el brasileño, que siempre comparece en el césped como ese recluta que penetra en zona enemiga y sabe que el único modo de volver a salir es llevándose a todo Dios por delante.

Tanto se estiró su éxito, tanto se alargó su afán por competir, y por no dejar de divertirse, que algunos compatriotas suyos empezaron a observarlo con reservas, como si fuera una extrañeza, una versión mejorada de su especie. Las mismas personas que, después de su fichaje por el Sao Paulo, ahora lo han visto regresar acompañado de una sonrisa que se desmarca de las anteriores.

En esta ocasión, una sonrisa honda, definitiva.

De quien sabe que engañó a todos para convertirse en algo mejor que ellos.