No sé si es cosa de envidias, de celos o de pelusilla, o si es por el amor por lo caótico, lo inesperado o lo poco coherente, pero escribir Premier League en el buscador del móvil y darle a la pestaña de clasificación dibuja una sonrisa en mi rostro. El Everton, primero; el Villa, segundo; y los Big Six, desparramados por el resto del tablero. Dudo que el cuento acabe así. Pero le pido a quien haya construido este guion, le exijo, incluso -por pedir que no falte-, que alargue esto hasta la treinta y pico. Lo máximo posible. Que estire el chicle hasta romperlo, hasta que a los gigantes del fútbol inglés se les haga pegajoso, molesto, que les roben sus posiciones de privilegio. Quiero dudar con esta Premier, hasta que los datos no dejen lugar a dudas, como diría Pasteur.

Y no tengo ni idea de si la historia que me viene ahora a la cabeza, cuando saboreo el tablero inglés, tiene alguna relación con lo que está aconteciendo en las Islas, pero hay algo de ella que me envía directo al país del football. La cuestión es que hace unos meses me fui de excursión con los amigos al Pirineo francés. El Circuit des 9 lacs du Carlit. Muy recomendable, por cierto. Y con nosotros venían dos perros. Uno, una bestia parda, mezcla de mastín, labrador y a saber cuántas razas más. De esos chuchos que, si desconfías de la familia de los cánidos, preferirías contemplar de lejos y no de cerca. El otro, en cambio, un pequeño schnauzer, simpaticote, que conquistaría el corazón del humano más hater de los canes.

Lo lógico, viendo sus dimensiones, sería caer en la trampa y pensar que el primero, el enorme, era lo más parecido a un Liverpool o un City de la vida. Alto, fuerte, esbelto. Nada de eso. Aquello era antes, de pequeño, cuando era un puto loco y reventaba cualquier zapatilla que viera a su paso o cualquier perro con el que se cruzaba en la calle. Juro que nunca le vi perder una batalla. Pero ahora la edad le ha calmado, es pacífico, se mete en pocas peleas y no monta shows cada vez que le abren la puerta de casa. Extrapolándolo a la Premier, sería como el Everton o Villa de turno. Que hasta septiembre pensábamos que vivirían en tierra de nadie, hablando sobre los éxitos en pretérito, evocando a los 80, últimos tiempos de bonanza en la liga y, en el caso de los ‘villanos’, también en la Copa de Europa.

 

Espero que ningún guionista salte al rescate. Que nos permita seguir disfrutando de James cuando ya no esperábamos disfrutarlo, que arquee tantas veces como quiera la incontrolable ceja de Ancelotti, que no le moje la pólvora a Calvert-Lewis

 

Y los schnauzers, por muy adorables que sean y la dulzura que desprendan al jugar, también causan algo de retintín. Son muy pijos, caminan con esa musicalidad de a quien todo le va bien y los problemas solo los ven en casas ajenas. Ellos son los verdaderos Big Six, que no nos mientan sus ojitos de cordero. Te sonríen a la cara y se mean encima de la alfombra cuando estás de espaldas. Malditos.

Regresando a la excursión, no nos desviemos, en una de las tantas paradas que hicimos ocurrió algo que nos dejó descolocados durante todo el viaje. Dudas de qué hacer, de cómo gestionarlo. Mientras el schnauzer caminaba a sus anchas cerca de las mochilas, entre nuestras piernas, como si el monte fuera suyo y sin entender que nadie pudiera atosigarlo, de repente, en un despiste de todos, del dueño, de los del grupo y del propio perro, aquella bestia parda regresó de un plumazo a sus orígenes. Se lanzó sobre el otro. Gruñido y dientes encolmillados. Una cara de mala hostia que te cagas. La reacción del schnauzer, ponerse patas arriba, encorvado, asustado; defendiéndose de un ataque ilógico, años tarde, cuando nadie lo esperaba.

“Colega, tú ya no eras así”, decían sus ojos, atemorizados. Unos ojos que bien podrían ser los de ‘reds’, ‘citizens’, ‘blues’, ‘gunners’ o ‘red devils’. Suerte que aquel ataque pudimos pararlo a tiempo. Aunque yo me quedé con la duda de qué hubiera ocurrido de encontrarnos un poco más lejos de los canes. Y mejor que nos acompañe hoy la incertidumbre. Con la Premier, en cambio, espero que ningún guionista salte al rescate. Pido, y exijo, de nuevo, que lo deje todo patas arriba. Que nos permita seguir disfrutando de James cuando ya no esperábamos disfrutarlo, que arquee tantas veces como quiera la incontrolable ceja de Ancelotti, que no le moje la pólvora a Calvert-Lewis, que el Aston Villa le meta siete a quien quiera, que Grealish siga en ‘modo ilusionista’ y que Ollie Watkins aspire a ser el nuevo ‘9’ de los ‘Tres Leones’. ¿Habrá mordisco en la treinta y pico?

 


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Fotografía de Getty Images.