El fútbol te da unos momentos rarísimos y preciosos, de esos que se quedan ahí, agarrados a la memoria con un gol en el último minuto. Hoy hace diez años que nació mi hija y además de la enorme felicidad que me produjo verla por primera vez tampoco se me olvidará otro detalle: era sábado y al día siguiente el Rayo recibía en Vallecas al Málaga. Evidentemente, no fui al campo, pero sí que pude ver desde el móvil la derrota por 1-2. La temporada terminó con el equipo en Segunda División mientras yo me hartaba de cambiar pañales. Hoy, una década después, Irya sopla diez velas y hasta podemos ver juntos al equipo en una competición europea, que no es poca cosa. El tiempo, ese narrador caprichoso, se dedica a mezclar recuerdos sin pedir permiso. A veces un gol en Polonia puede acabar oliendo al primer día en que sostuve a mi hija entre mis brazos.
Ayer, frente al Jagiellonia, tuve que ver el partido por televisión. Y la verdad que se me hizo raro. El himno de la Conference, los críos ondeando el escudo como si aquello fuera la Champions, ese aire de fiesta desconocido… Y luego Afimico Pululu, delantero nacido por y para esta competición: un tipo con nombre exótico y espalda de armario, que habla cuatro idiomas y el año pasado marcó goles de tacón, de chilena y de cualquier forma imaginable. Al verlo por primera vez, te vienen a la cabeza Castolo, Miranda u Ordaz, como si de repente se hubiera abierto un agujero negro y se hubiesen escapado del PES.
Y mientras veía todo aquello, me descubrí sonriendo como un bobo. No fue por el partido. Tampoco por el rival. Ni por Pululu, que parece construido por un demiurgo con demasiado sentido del humor. Fue por esa sensación infantil de que el fútbol sigue teniendo rincones que no entiendo del todo. Rinconcitos que me recuerdan que, aunque uno cumpla años, todavía hay cosas que le pillan desprevenido: un estadio polaco medio congelado, un jugador con nombre de novela y la certeza de que el Rayo está jugando un jueves en Europa. A veces, basta eso para reconciliarse un rato con el mundo.
Un estadio polaco medio congelado, un jugador con nombre de novela y la certeza de que el Rayo está jugando un jueves en Europa. A veces, basta eso para reconciliarse un rato con el mundo
Es la magia del Multifutbol: descubrir ídolos en las esquinas del mapa, algo impensable hace 25 años, cuando en la última participación europea me enteraba de los partidos por la radio porque ver muchos de ellos era ciencia ficción. No hace mucho hablaba de esto con Luis Cembranos, uno de los referentes de aquel equipo, que celebró un gol de Míchel ante el Viborg mirando un transistor en su casa, lesionado y rabioso. Aquella radio era lo más cerca que podíamos estar de Europa hace un cuarto de siglo, aunque en el 2000 también había cosas buenas. Una era la ausencia de las redes sociales, esa fábrica de cobardías anónimas desde un móvil, que en las últimas semanas ha puesto el foco en Sergio Camello. Por eso, cuando el delantero marcó el primero del 1-2 final, me alegré el doble: por él y por todos los que aguantan chaparrones sin merecerlos. Porque en un fútbol lleno de ruido tóxico, a veces un gol en Polonia es la mejor respuesta posible a los que solo saben gritar desde el sofá.
Ganó el Rayo, sonó La vida pirata en otro rincón de Europa y seguimos soñando con “aquellas pequeñas cosas” que cantaba Serrat. Porque al final, de eso va esto: de cómo el fútbol y la vida se cruzan a veces con una puntería perfecta, dejando momentos modestos pero inolvidables, tatuajes que uno lleva adentro sin saber muy bien por qué pero convencido de que no se irán. Hay noches en las que el universo parece inclinarse hacia nosotros, aunque solo sea un milímetro, como si quisiera susurrarnos al oído que incluso en las historias más humildes late un misterio imposible de descifrar.
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Fotografía publicada en las redes sociales del Rayo Vallecano.









