Odei, que en la actualidad significa nube en euskera, era, en la mitología vasca, un genio causante de truenos, relámpagos y tormentas. «Lo que significa mi nombre es lo que estamos haciendo poco a poco esta temporada en la Copa con el Mirandés», comienza, con una tímida, modesta, sonrisa, Odei Onaindia (Lekeitio, 1989); el ‘5’ del soñador conjunto de Anduva. Pero, a diferencia del mencionado genio, que atemorizaba a los campesinos echándoles a perder sus cosechas desde los cielos, el Mirandés ha vuelto a inscribir su nombre en la historia del fútbol español rebelándose, ambicioso, contra los terratenientes, contra los equipos de la máxima categoría. «Ya hemos eliminado tres clubes de Primera División. Y ahora queremos el cuarto. No queremos bajar de las nubes. Queremos continuar viviendo algo así; tan bonito, tan hermoso, como todo esto. Y para hacerlo sabemos que tenemos que dar un último paso. Un último esfuerzo. Sabemos que tenemos que darlo todo», acentúa el zaguero vizcaíno, tan solo 36 horas antes de recibir a la Real Sociedad en el duelo de vuelta de las semifinales de la Copa del Rey de las sorpresas.

«Estamos súper alegres. Felices. Ilusionados. En las nubes. Ansiosos de que llegue el silbido inicial. De saber que nos hallamos a las puertas de alcanzar la final; que sería una locura. A un pasito. A un pasito de la final de la Copa jugando en Segunda; siendo gente humilde, que está debutando en Segunda División o que lleva pocos años en la categoría. Sabemos que será un partido difícil, muy difícil, que llevan una racha espectacular; pero si hemos llegado hasta aquí será por algo. Es por méritos nuestros. Y la eliminatoria, con el 2-1 que conseguimos en Anoeta, está viva. Y más que abierta. Y se decidirá aquí, en Anduva. Ahora ya da igual qué equipo tienes delante. Da igual el rival, la categoría, el campo. Porque vas con todo. Estamos contentos de haber ido pasando eliminatorias, pero, ahora que ya hemos llegado a las semis, todos sabemos que estamos a un paso, a un pasito, de la final. Ya no hay un equipo de Primera División y un equipo de Segunda División. Hay dos equipos. Y 90 minutos. Y puede pasar cualquier cosa», sentencia el central del Mirandés; convencido de que «si hacemos bien las cosas tendremos nuestras posibilidades».

«Ya hemos llegado hasta aquí. Y, joder, ya que hemos llegado hasta aquí, ahora vamos a darlo todo. Vamos a poner toda la carne en el asador. Vamos a seguir, que tan solo queda un pasito. ¿Y por qué no podemos conseguirlo? ¿Por qué no? Ellos vendrán con muchas ganas, pero nosotros no tenemos nada que perder. La presión la tienen ellos. Nosotros venimos de abajo. E iremos hasta donde lleguemos. Ya no nos ponemos topes. Nuestros rivales son de Primera, pero la ilusión que tenemos nosotros no la tienen ellos. No la tiene nadie. Sabemos de donde venimos, y mantenemos los pies en el suelo, porque tampoco queremos excedernos, porque los nervios podrían jugarnos una mala pasada; pero, joder, podemos llegar a la final. No queremos tirar la toalla todavía. Lo vivimos con mucha felicidad, pero también siendo cautos porque podemos llegar a la final. Estamos a un pasito de conseguirlo. ¿Y por qué no?», repite el ‘5’, tan ambicioso como humilde, de un Mirandés que, tras plantarse en semifinales por segunda vez en ocho cursos al deshacerse del Coruxo Gallego (4-5) y el UCAM Murcia (2-3) de forma agónica, épica, en la prórroga, y del Celta de Vigo (2-1), el Sevilla (3-1) y el Villarreal (4-2), sueña con continuar desafiando la lógica, con alargar su sueño, con llevar el ¿por qué no? hasta el extremo; convencido de que nada es ya imposible, de que, quizás, nunca volverá a estar tan, tan, cerca de alzar al cielo un título de esta magnitud.

Espoleado por una pequeña ciudad, de unos 35.00 habitantes, en la que todos son del Mirandés, desde los más pequeños, que juegan al fútbol por las calles, por las plazas, con la camiseta de su equipo, hasta los más mayores; e ilustrando que el dinero todavía no lo es todo en este frío mundo del balompié moderno; el Mirandés se aferra a sus brutales números en el Estadio de Anduva, donde este curso solo ha encajado una derrota (0-2 contra el Cádiz, en la segunda jornada del campeonato de la categoría de plata) y a la brutal temporada que está completando; también en la liga, en la que, a pesar de ser un recién ascendido, de contar con uno de los presupuestos más modestos de la competición, se halla en un cómodo undécimo puesto, más cerca del playoff de ascenso (4 puntos) que de las posiciones de descenso (6). A pesar de que lleva ya nueve partidos de liga sin sumar los tres puntos, desde que cerró el 2019 goleando por 0 a 3 al Girona, contra el que este pasado fin de semana empató a un gol en Anduva; el conjunto de Andoni Iraola tan solo ha perdido dos partidos de los últimos 17. Tres de los últimos 22. Cuatro de los últimos 26. Cinco de los últimos 30.

 

«Tan solo nos queda un paso, un pasito, para alcanzar la final; que sería una locura. ¿Y por qué no podemos conseguirlo? ¿Por qué no?»

 

Las cifras, pues, avalan el optimismo de un Mirandés que quiere continuar haciendo vibrar el Estadio de Anduva; aún emocionado por lo que vivió en la noche del inolvidable 5 de febrero con el triunfo contra el Villarreal. «Fue súper especial. Mágico. Un instante único. De felicidad plena. Cuando el árbitro pitó el final nos abrazamos todos. Ni nos lo creíamos. Habíamos llegado a las semifinales. Pero no nos lo creíamos. Todavía no somos conscientes, de hecho, de todo lo que hemos hecho. Y tardaremos tiempo en serlo», asegura el zaguero vizcaíno de 30 años, que fue uno de los grandes protagonistas del partido de vuelta de los cuartos de final del torneo del KO ante el conjunto groguet. Odei cometió un penalti en el minuto 56′ que supondría el empate a dos, obra de Santi Cazorla, pero, rebelándose, se redimió volviendo a situar a su equipo por delante en el electrónico apenas dos minutos más tarde. «Me pasaron mil cosas por la cabeza en ese minuto 56. ‘Con lo que me ha costado llegar hasta aquí ahora no lo puedo dejar escapar’. ‘Esto no puede acabar aquí. Esto tiene que ser algo más bonito’, me dije. ‘Tengo que hacer algo. Tengo que arreglar esto’. Y entonces metí el gol. Fue un partido muy especial», sentencia Odei; el protagonista de una acción, casi una metáfora, que ilustra a la perfección la realidad de aquellos futbolistas humildes, modestos, siempre conscientes de sus orígenes, de sus raíces, que, a pesar de haberlo tenido muy difícil, supieron hallar el valor para no rendirse, para levantarse del barro, del polvo, después de cada caída; pero sin olvidar jamás su olor.

Odei, que comenzó jugando al fútbol en el equipo de su Lekeitio local, ha tenido que pelear diez años en Segunda B, acumulando más de 250 partidos en la categoría de bronce de la mano del Amorebieta, el Barakaldo, el Burgos, el Bilbao Athletic, el Melilla y el propio Mirandés, al que llegó la temporada pasada. Pero «ahora ya no hay tristeza. Todo es felicidad», asiente el central; un jornalero del balompié que también vistió las camisetas del juvenil del Athletic, del Elgoibar, del Basconia y de la Cultural de Durango. «A nosotros no nos han regalado nunca nada. Casi todos venimos de jugar en Tercera, en Segunda B; de haber pasado años y momentos duros. Descensos. Impagos. Hemos ido escalando poco a poco; dando más de mil vueltas, sacrificándonos. Y todo esto hace que seamos siempre conscientes de donde venimos. Y que valoremos más, mucho más, hasta donde hemos llegado; que todavía no nos lo creemos. ‘Mira cómo hemos estado. Y mira cómo estamos ahora’. Todo esto hace que ahora todo sea súper bonito. Estamos viviendo el lado más bonito del fútbol; como si fuera una recompensa por todo lo que hemos sufrido, por todo lo que nos ha costado llegar hasta aquí. A mí me ha costado diez años llegar a Segunda. Y, al final, ahora, ver que en el primer año en Segunda División, después del ascenso, estás en una posición bastante buena en la liga y que en la Copa hemos llegado hasta semifinales… Es que yo no recuerdo nada más bonito en mi vida», concluye el ‘5’ de un Mirandés que ha llegado hasta las semifinales reivindicando el fútbol humilde, modesto, humano, real. «El fútbol al que jugábamos de pequeños con nuestros amigos en el pueblo, en Lekeitio. En la plaza o en la playa; haciendo las porterías con dos zapatillas y jugando con la camiseta de Julen Guerrero», acaba un Odei Onaindia que en la arena de Lekeitio aprendió que la marea, como la vida, como el fútbol, como todo, sube y baja; que lo que un día son truenos, relámpagos y tormentas al siguiente pueden ser sonrisas. «¿Por qué no?», repite.

 


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Fotografías cedidas por el Club Deportivo Mirandés.