Seis minutos después de que Pierluigi Collina decretara el inicio de la final de la Champions League en el Camp Nou un 26 de mayo de 1999, Mario Basler engañó a Peter Schmeichel con un lanzamiento de falta desde el balcón del área. En un visto y no visto, la barrera, poblada por ingleses y un alemán que jugó al despiste, fue un arma de doble filo para el guardameta danés, que, en un intento por conocer las intenciones de Basler, dio el maldito paso de la muerte hacia el otro palo. Cuando intuyó que por ahí no volaba nada, cuando giró el rostro angustiado, ya era demasiado tarde para ponerle ningún remedio. El balón dormía entre las mallas, el 1-0 iluminaba el marcador, la final se adivinaba cuesta arriba.

El Bayern plantó la fortaleza y dejó que el reloj hiciera el trabajo en su favor. Si fuera el fuerte de cualquier equipo, dices, ‘venga, vamos a por ello’; siendo el del Bayern, con tipos como Kahn, Matthäus o Effenberg delante, pues el asunto empieza a complicarse un poco más. Con todo esto, los de Mánchester, encima sin Keane ni Scholes -sancionados-, no encontraban la manera de dar con su juego. Beckham, reubicado en la sala de máquinas, lo intentó con soltura, pero el United fue incapaz de sacar algún rayo de esperanza en aquella primera parte. Por las bandas, Giggs a pie cambiado y Blomqvist desaparecido en el combate, escaso peligro causaron. Y Yorke y Cole, formando dupla de ataque, tampoco rascaron ningún balón que pudiera, siquiera, atosigar a los bávaros.

En el descanso, según recordaba Mario Basler, Ottmar Hitzfield les “habló de manera tranquila” a los futbolistas del Bayern, convencidos ellos de poder cerrar el encuentro con la sobriedad con la que lo iniciaron. Por las entrañas del Camp Nou, tras la puerta del otro vestuario, Sir Alex Ferguson adoptó un papel distinto al que siempre le caracterizó. Aparcó su temperamento y dejó arrinconado por un cuarto de hora al poli malo. Lo siento, hoy no toca. Y buscó otra manera para acercar a sus pupilos hacia un triplete nunca antes logrado por un equipo inglés. Nueve días atrás le habían ganado el pulso por la Premier al Arsenal y tres días antes de pisar el Camp Nou visitaban el viejo Wembley para conquistar la FA Cup ante el Newcastle. A 45 minutos de pasar a la historia, a tan solo dos goles, dos remates, dos instantes mágicos de la gloria, a Ferguson no se le ocurrió mejor manera de motivar a los suyos que prevaleciendo el incentivo a la crítica, los gestos amigables a las miradas torcidas, la proximidad a la frialdad.

 

“Al final del partido, la Copa de Europa estará a solo seis pasos de distancia de vosotros, y ni siquiera podréis tocarla si perdemos. Para muchos de vosotros, eso será lo más cerca que nunca estaréis de ella”

 

“El entrenador [Ferguson] fue muy positivo durante el descanso, aunque fuéramos un gol por debajo y no estuviéramos jugando particularmente bien. Aquello ayudó”, reconoció, en una entrevista para Goal.com, Andy Cole. El técnico escocés, entonces, se apoyó en el anhelo, en el deseo, por levantar el trofeo de sus jugadores: “Al final del partido, la Copa de Europa estará a solo seis pasos de distancia de vosotros, y ni siquiera podréis tocarla si perdemos. Para muchos de vosotros, eso será lo más cerca que nunca estaréis de ella”. Eso sí, antes de salir por la puerta les remarcó una cosa: “No os atreváis a volver aquí sin darlo todo”. Está claro que Ferguson siempre será Ferguson.

El segundo tiempo cogió otros tintes y los jugadores del United, con las palabras del entrenador grabadas a fuego lento en sus cabezas, mostraron otra cara. Pese a ello, dos balones envió el Bayern a la madera. Dos ocasiones perdidas para escribir las últimas líneas de la final, dejando la historia todavía abierta y cediéndole la opción al United de coger papel y lápiz y cambiar el manuscrito. Teddy Sheringham y Ole Gunnar Solskjaer, actores secundarios hasta los últimos pasajes del relato, aparecieron en escena cuando desde el graderío la función ya se daba por terminada. Mientras la afición del Bayern se agigantaba a punto de tocar la gloria, la mancuniana se empequeñecía. Pero con la inestimable ayuda del sedoso pie derecho de David Beckham desde una de las esquinas del Camp Nou, los ánimos del público se entrecruzaron cuando el tiempo reglamentario llegó a su fin. Primero con el disparo de Sheringham; dos minutos después, con el oportunismo de Solskjaer, el asesino con cara de niño.

Los deseos del entrenador fueron órdenes. Y cuando sus futbolistas volvieron al vestuario no se atrevieron a hacerlo sin la ‘Orejona’ debajo del brazo. “Football, bloody hell”, suspiró Sir Alex ante los medios después de la locura vivida. La copa, de manera fugaz, como nunca antes se había visto en una final de la Champions League, cambió Múnich por Mánchester. Los chicos de Ferguson hacían historia.