Mi amigo Bashkim Shehu, escritor y traductor, está estos días en Tirana, Albania, soportando temperaturas de más de 40 grados mientras trabaja en la traducción al albanés del libro Todo Messi. Ejercicios de estilo, que publiqué en el levemente turbulento año de 2018. Nada más conocerse el comunicado del FC Barcelona, esas nueve líneas (y un paréntesis acusativo) que con toda la frialdad administrativa liquidaban 16 años de ensueño, Bashkim me escribió para preguntarme qué haríamos ahora. “¿Piensas añadir cosas a tu libro?”, decía. Todavía en shock —bloqueado, tal como diría el propio Messi—, acerté a responder que por supuesto habría que cambiar cosas. De hecho, mi libro nació como un work in progress paralelo a la carrera de Leo Messi: mientras él siga jugando, el libro estará vivo y cambiará, que es una forma de decir que yo estaré vivo para contarlo. 

A lo largo de estos últimos años, cada vez que se traducía a un nuevo idioma —de Turquía a Irán, de Holanda a la China, de Italia a Polonia—, dedicaba varias horas al placer de actualizar datos (goles de falta, hat-tricks, balones de oro…) y otros detalles menores. Sin embargo, hasta el año pasado, cuando “se armó todo el lío del burofax y todo eso”, nunca me había imaginado que Messi no terminaría sus días jugando en el Barça y, por lo tanto, ahora se abre frente a mí una página en blanco que será difícil de rellenar: un ejercicio de imaginación proyectada hacia el futuro que ni siquiera el jugador había previsto. El peso de lo cotidiano, esa rutina extraordinaria de admirar su juego desde hace tantos años, nos ha narcotizado hasta el punto de creer como algo normal lo que no lo era, y ahora tendremos que desacostumbrarnos: desengancharnos quizá sea la palabra adecuada.

De momento cada uno busca remedios para calmar el dolor, la añoranza que ya se intuye. Unos salen a la calle y corean su nombre una y otra vez, “¡Messi, Messi, Messi”. Otros se ponen su camiseta y no piensan quitársela, o se tatúan su nombre, su número, lo que sea. Otros escriben en la agenda cada día: “Olvidar a Messi”. Otros buscan consuelo en los vídeos de los goles que resumen su carrera en azulgrana, las faltas, los regates, las imágenes icónicas… En mi caso, la forma de soportar y entender su marcha es escribiendo. Escribiendo y recordando cómo he vivido el carácter universal de Leo Messi… 

La pregunta de Bashkim desde Tirana, por ejemplo, me hace revivir una ocasión en que estuve en Albania. Miércoles de Champions, Real Madrid-FC Barcelona, en ese 2011 del duelo más ensañado, Guardiola-Mourinho. Al final 0-2 con dos tantos de Messi, claro, y una expulsión de Pepe que fue casi más coreada que los goles. Tirana estaba en campaña electoral para renovar su ayuntamiento y los dos principales candidatos, un socialista y un conservador, habían levantado carpas en la avenida principal de la ciudad, con una pantalla gigante para ver el partido. El fútbol como reclamo, pues, y durante la media parte lo aprovecharon para arengar a los seguidores —clara mayoría del Barça— con sus ideas políticas y pedirles su voto.

 

No me perderé ningún partido de Messi. Seguiré viéndolo como una extensión del jugador que me ha hecho feliz tantas veces. Sus goles tendrán siempre la semilla de lo que nosotros vimos primero y, en el fondo, serán también un poco nuestros

 

También puedo recordar a Messi en Japón, en el 2004, cuando con 17 años recién cumplidos Rijkaard se lo llevó a su primera gira asiática. Además de revivir la timidez de ese chico solitario, hoy me viene a la cabeza su imagen de novato que cargaba la red con los balones del entrenamiento, como si ahí, entonces, ya se iniciara una amistad íntima con la pelota como concepto, con todas las pelotas que pasarían por sus pies. O en la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010, que seguí entera desde Múnich, y de la que acabé viendo los cuartos de final (Argentina-Alemania) en un bar, rodeado de alemanes hartos de cerveza y felices por la goleada de los suyos (4-0): yo era el único que defendía a la ‘Albiceleste’ y rezaba a algún dios pagano para que Messi arreglara aquel desastre, pero mis plegarias no fueron atendidas. O durante una visita a Buenos Aires, el 2018, donde todas las charlas y discusiones que tuve con los taxistas me confirmaban que Messi es querido como el mejor ser humano, pero por debajo del dios Maradona.

Podría seguir con decenas de ejemplos de esta pasión global, pero sería solo un subterfugio para no afrontar la realidad que nos viene ahora. “El futuro está contenido en el pasado”, escribió el poeta T.S. Eliot, y la memoria del fútbol vivido es una gran aliada a la hora de disfrutar más del presente. Vemos el fútbol en un doble plano: lo que ya conocemos (y que nos agita el recuerdo) y lo que descubrimos en directo, en el preciso instante en que tiene lugar ante nuestros ojos. ¿Qué nos ocurrirá a los barcelonistas cuando veamos a Messi jugando en otro equipo? Llevamos años de entrenamiento para intuir sus gestos, sus movimientos, incluso esa seguridad de que, con él sobre el césped, algo extraordinario puede y probablemente va a suceder. En unos meses, por ejemplo, es posible que le veamos combinar maravillosamente con Neymar en el Paris Saint-Germain, y al instante nuestra memoria juguetona nos hará revivir algún detalle de las grandes noches en que coincidieron en el Barça. Además, sabemos por experiencia que Messi es también el maestro de los goles marcados dos veces. ¿Conseguiremos entonces que ese recuerdo sea dulce? No lo sé, pero yo sé que no me perderé ningún partido de Messi. Seguiré viéndolo como una extensión del jugador que me ha hecho feliz tantas veces. Sus goles tendrán siempre la semilla de lo que nosotros vimos primero y, en el fondo, serán también un poco nuestros, de cuando los cantábamos en el Barça. Me gusta formularlo con este espejismo: sus piernas viajarán a otro país y a otra liga, pero su corazón seguirá en Barcelona. Así, en ese doble plano que esbozaba antes, cada nuevo gol será también un gol que podría haber marcado con el Barça.

Todo este panorama queda ensombrecido por la forma en que se ha tenido que marchar Messi, a la fuerza y contra todo sentido común. Me da por pensar que, como los héroes de la épica griega, algunos futbolistas parecen haber venido al mundo para entretener a los dioses. Es el caso de Leo Messi, pero su talento es tan extraordinario que además a medida que crecía y ganaba títulos con el Barcelona, los dioses se lo agradecían con nuevas habilidades y una sabiduría del fútbol que es exclusiva e irrepetible. Incluso hoy, a sus 34 años, cuando se acerca a la edad en que su juego tiene más memoria que futuro, esa sabiduría le convertía en un jugador imprescindible para el Barça, igual que lo sería en cualquier equipo. Por eso resulta incomprensible el final que ha vivido en el club de su vida. Por ahí solo se me ocurre una explicación igualmente sobrenatural: también tenía que entretener a los dioses a los que no les gusta el fútbol. 

 


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Fotografía de Imago.