Cada vez cuesta más distinguir a los buenos futbolistas de los que no lo son tanto. Ante un juego enmudecido por el estruendo del dato, en el que la ley de la cifra ha aplastado con crudeza a todas las demás, descubrir el jugador diferente, el jugador especial, el jugador quéclasetienescabrón, se ha convertido en una quimera. Ya no se lleva eso de asomarse a un partido y probar a detectar en un par de minutos qué talento es superior al resto. Ahora quizá percibes algo, un pellizco, cuando ese tipo singular engancha el balón en una banda y rompe como una estrella fugaz hacia dentro. Pero no te atreves a compartir esa impresión con los demás, mucho menos a tuitearlo. ¿Te has vuelto loco? Pronto aparecerán las estadísticas del encuentro, y muy probablemente estas indiquen que tu elegido no es el que más kilómetros ha recorrido, ni el que más pases hacia adelante ha completado. Así que mejor callar, no fueras a hacer el ridículo. Hoy es imposible expresar una opinión en vivo sobre un futbolista y no sospechar que el tiempo te acabará quitando la razón. Ya no te dejas llevar, ya no te fías de tu instinto. ¿Y si a la media parte resulta que los expertos te dicen que ese mediocentro finito por el que tú has perdido la cabeza perjudica la transición defensiva de su equipo? ¿Y si argumentan que en realidad está siempre mal posicionado? ¿O que no ejecuta las coberturas como es debido? No hay nada que hacer, camarada. Ponte a cubierto.

Cada día es más complicado saber de fútbol. Cada día es más complicado saber de algo. Pero hay esperanza. Algunas excepciones. Leyes no escritas del deporte que, de milagro, siguen aguantando, y cuyo valor intangible no sucumbe frente al peso de la evidencia numérica. A ellas hay que aferrarse para no acabar por los suelos. Aquí va una: de cada tres futbolistas que saltan al campo con las medias bajadas, cuatro son unos jugones de escándalo.

Porque sí. Porque un jugador que no se sube las medias hasta las rodillas es un jugador que va a partirlo. Y punto. Se agradece la certeza. Por fin una superficie sólida en la que sujetarse. Que Jack Grealish sea un atacante tan difícil de neutralizar se debe, para empezar, a que elige salir de la cabaña y enfrentarse al mundo con las piernas descubiertas. Luego recibe a un costado, desmonta a Bellerín como si fuera una Yamaha compitiendo contra una bici del Decathlon y le regala el gol a su compañero. Pero eso es posterior. En el inicio, antes que su brutal calidad, está su decisión: no estirarse las medias. En el césped, como en cualquier parte, esta clase de menudencias definen una personalidad. Y lo decantan todo. A fin de cuentas, los días pasarían mucho mejor si fuéramos capaces de atarnos los zapatos con un nudo fuerte, de envolver correctamente el sándwich con el papel de aluminio o de atusarnos el pelo antes de que se seque. Ya lo advertía Morrissey, el cantante de The Smiths: “Si tu peinado está mal, tu vida entera está mal”.

 

De cada tres futbolistas que saltan al campo con las medias bajadas, cuatro son unos jugones de escándalo

 

Un jugador que comparece con las medias caídas en un campo de fútbol le está haciendo un favor a ese aficionado nostálgico que no se aclara entre tanto mapa de calor y comparativa de Transfermarkt. Le conecta de nuevo a su intuición, que es la base de su relación con el espectáculo. Le confirma que para nada se ha atrofiado, que va a seguir clavándola. Le concede un respiro, una tregua necesaria. Todos tuvimos un flechazo el primer día que vimos a Dybala finalizar una acción, o a Depay desbordar a un contrario. Pero no nos quedamos aliviados hasta que el realizador nos mostró el plano de sus tibias destapadas. Entonces, sí; ya podíamos asegurar que eran dos delanteros de nivel.

Existen muchas familias de futbolistas, pero pocas poseen el encanto de la de los que pisan la hierba con las espinillas al aire. Están hechos de otra pasta. Surgen de un cúmulo de peculiaridades. Para empezar, son supersticiosos. El propio Grealish declaraba hace unos años a la prensa británica que la razón por la cual utilizaba medias de una talla menor se debía a que en una de sus primeras temporadas se le encogieron al lavarlas, y como acabó haciendo un muy buen año, no vio motivo para volver a usar las convencionales. Una manía que en cierta manera emparienta al joven de Birmingham con el gremio de los artistas, tan generoso en cuanto a fetichismos, y que recuerda, aunque sea mucho más modesta, a la que afectaba a Dickens cuando escribía. Por lo que se conoce, el padre de Oliver Twist no podía empezar a trabajar si en la estancia donde se encontraba no había un jarrón de flores frescas, dos estatuas de bronce, un abrecartas y un tarro de tinta. Si esos elementos no estaban ahí, la inspiración, directamente, tampoco se presentaba.

Hay quien dice, además, que las medias molestan. Como van ceñidas a la piel, ejercen una presión sobre el gemelo que puede llegar a agobiar al que las viste. Esto sitúa a estos curiosos especímenes en un nuevo plano: el hedonista. Es sencillo. Como yo juego al fútbol para pasármelo bien, para disfrutar con los míos, si veo que hay algo que me aprieta me lo quito. Se trata de anteponer la comodidad a cualquier obligación o formalismo. Y eso, evidentemente, tiene un impacto en el campo. No puede ser casualidad que el jugador que resuelve bajarse las medias para que no le estorben al correr sea el más creativo, el más osado, el que menos complejos arrastra. El fútbol como reflejo de un estado de ánimo.

 

No puede ser casualidad que el jugador que se baja las medias para que no le estorben al correr sea el más creativo, el más osado, el que menos complejos arrastra

 

Rafael Gordillo, leyenda del Betis, representante ilustre de esta estirpe de epicúreos, solía comentar que él no se subía las medias porque en un partido de juveniles se notaba cansado y las echó para abajo, y entonces sintió que volvía a nacer, que estaba como nuevo, y pudo seguir corriendo hasta que el árbitro pitó el final. Su justificación sonaba tan lógica que no admitía réplica. Como tampoco la hubieran admitido las de Jorge Valdano u Óscar de Marcos, si en algún momento de sus carreras hubieran aclarado que ellos tampoco se estiraban las medias porque hubiera sido una pena que el público se perdiera esas piernas tan largas y apuestas. Después de todo, si el destino te ha regalado dos zancas espléndidas, ¿por qué no enseñarlas cuando todos miran?

Son legión los motivos que acumulan estos brujos para que les demos de comer aparte. Pero hay uno que resalta más de la cuenta, el trazo que completa el cuadro. Nos referimos al riesgo. Bajarse las medias comporta un efecto colateral; te fuerza a jugar sin espinilleras, o, en el caso de que el protocolo de tu competición no lo permita, a competir con unas que sean extrapequeñas. De esa forma, claro está, tus extremidades inferiores quedan mucho más expuestas ante las patadas del rival. La probabilidad de lesión aumenta. La opción de que un central furibundo te parta en dos es real. Y, sin embargo, aceptas el reto. Como si necesitaras sentir el aliento del demonio en tu nuca para desplegar la mejor de tus versiones. “Yo solo juego con mi vida, nunca con mi dinero”, decía un personaje de La momia de Stephen Sommers. Y la frase podría atribuirse también al adolescente Pedri, el último atrevido de la saga, cuyos movimientos en el césped son bellos precisamente por frágiles, porque sabemos que el hechizo puede frustrarse en cualquier instante, con una entrada o un mal golpe que mande al crío directo a la enfermería, y sin embargo ahí sigue, resistiendo, cada vez encerrado en espacios más reducidos, cada vez más asombroso, sorteando la mala suerte con la delicadeza de un trapecista. “Da un poco de miedo, pero es bonito. Tener tanto que perder es bonito”. Tiene gracia -y mucho sentido, bien pensado- que los regateadores más hábiles sean aquellos que peor parados pueden salir de cada envite.

Sergio Ramos o Neymar, por citar a dos grandes estrellas, jamás tuvieron que bajarse las medias para añadir un nuevo logro a sus carreras. De hecho, en sus casos, pudieron hacer crecer su nombre, y trepar hasta lo más alto, con el tejido a la altura de los muslos, prácticamente tapados como dos Power Rangers. Su ejemplo, como el de tantos otros, viene a corroborar que existen muchos modos de alcanzar la grandeza en el fútbol. Pero una cosa es el triunfo, y otra el grado de belleza que se esconde tras él. Las piernas de Grealish y Pedri, entre otras evidencias, también nos aseguran eso: no hay éxito más hermoso que el que se impone en la forma y el fondo.

 


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Fotografía de Getty Images.