De vez en cuando conviene recordar a ciertos futbolistas que nos hicieron felices sin que ellos lo supieran y sin que la mayoría del público conociera su existencia. No me digáis cómo, estas cosas surgen así, pero recordé hace varios días la figura de Giuseppe Mascara. El siciliano cumple los requisitos del típico futbolista italiano talentoso: técnica depurada, balón pegado al pie y escasa altura. La historia de Mascara es como la de otros tantos, de esos jugadores que da la sensación de que estaban para mucho más pero su trayectoria fue por otro camino. Recuerdo aquel Catania como un equipo muy molón. Estaba lleno de argentinos, era una cosa de locos, y peleaban todas las temporadas por eludir el descenso. Eran la supervivencia personificada. Poseían jugadores de calidad y ante los grandes del calcio tenían instantes de lucidez, eran mejores de lo que marcaba la clasificación.

Mascara siempre fue un descarado, un sinvergüenza. A lo largo de su carrera siempre dejó detalles de una inmensa calidad, pero me voy a quedar con dos. Casualidad, o no, ambos fueron en el mes de marzo, aunque en años diferentes. El primero sucedió en 2009, en Palermo, en todo un derbi siciliano. El equipo de la capital estaba repleto de magníficos jugadores: Amelia, Kjaer, Balzaretti, Cavani, Miccoli, Nocerino. Sin embargo, el Catania era una plantilla muy justa de calidad, para qué nos vamos a engañar. Ambos equipos sicilianos vivían en dos realidades muy distintas que aspiran a cosas diferentes. Sin embargo, aquella tarde en el Renzo Barbera el Catania ganó 0-4, de hecho se fue al descanso con tres goles de ventaja. En el 44’ Mascara marcó el gol más bonito de su carrera. El número siete anotó de volea desde el centro del campo, como si nada. “Ni siquiera miré la posición del portero”, afirmó. Ese gol le define, era puro talento e instinto sobre el verde. Tiempo después, ya retirado y a sus 40 años, todavía le recuerdan ese gol en la calle. Y no es para menos.

El segundo momento ocurrió un año después en el Angelo Massimino. Quien visitaba el feudo del Catania era el Inter de José Mourinho, que tan solo uno meses después lograría la Champions League y se alzaría con el triplete. Llegados al minuto 80, con 1-1 en el marcador, a los locales les pitaron un penalti a favor. El balón, cómo es lógico, lo cogió Mascara. Enfrente estaba Julio César, el mejor portero del mundo durante aquellos años. ¿Qué hizo el bueno el Giuseppe? Hizo honor a esta revista y anotó de Panenka. El portero brasileño todavía está buscando el balón. Esa genialidad tan solo se le ocurre a un inconsciente o a una persona que es consciente de sus cualidades técnicas. Mascara poseía ambas cosas. Ese Inter de Mourinho tan solo cayó en cuatro partidos durante aquella Serie A, uno de ellos fue en casa del capitán siciliano. Al propio Julio César y al equipo de Milán también les metió un gol para el recuerdo en el año de su debut en la máxima categoría del fútbol italiano.

Mascara vistió la camiseta de la selección italiana mientras aún era capitán general en Sicilia. En 2009 recibió la primera y única llamada en un amistoso frente a Irlanda del Norte; llegó a reconocer que durante el himno se emocionó tanto que ni podía ni respirar, y no es para menos. Mascara pasó del fútbol amateur italiano a la selección nacional. Sin duda es todo un ejemplo para ese fútbol obrero donde hay más calidad de la que muchos podrían llegar a esperar, el talento siempre prevalece. Pasados ya los 30 años, llegó una oferta desde Nápoles que no pudo rechazar. Sin embargo, con una delantera formada por Cavani y Lavezzi los minutos se le vieron recortados. Aun así, Mascara debutó en la Champions y Europa League, siendo el premio a una trayectoria lejana a los focos pero con un fútbol en sus botas que bien pudo saborear noches así durante más días. Todavía recuerdo aquellos duelos sicilianos entre Miccoli y Mascara, dos talentos únicos que vivieron este deporte desde una perspectiva distinta.