Manuel Pellegrini es alérgico al bullicio. “Una persona tranquila, cerebral y calculadora”, según Diego Forlán, quien se encumbrara como Pichichi y Bota de Oro en Europa con el Villarreal bajo la gestión del entrenador chileno.

No devora partidos en sus ratos libres ni posee una desmesurada colección de cintas. No estila quedarse a deshoras para desgranar matices tácticos ni introduce conceptos de juego novedosos en las ruedas de prensa post-partido. Es de esos anormales que disfruta la vida más allá del fútbol. Le gustan la pintura, la literatura, la música y, ocasionalmente, jugar a golf. Compatibilizó sus estudios en ingeniera civil con su carrera como futbolista y, aunque tiene fama de introvertido, se considera “una persona absolutamente normal”.

“El que dedica 24 horas al día al fútbol es muy mal entrenador. Si sólo de fútbol sé, nada sé. El fútbol es una combinación de personalidad, gusto, exigencia, liderazgo. El liderazgo se aprende leyendo, viendo, viviendo”, explicó.

Para Pellegrini, el fútbol de la élite tiene ciertos paralelismos con el movimiento impresionista, una corriente subjetiva que promovía la reproducción de las sensaciones que en los autores despertaban cualquier estímulo externo, en donde existía una gran diversidad de estilos y conceptos artísticos en pos de la excelencia. También es de los que piensa que el fútbol es de los futbolistas, porque aunque “siempre existe una predisposición desde el banquillo a intentar aplicar un determinado tipo de juego”, el intérprete está condicionado por un cúmulo de factores emocionales y contextuales que repercuten en su rendimiento.

 

Es de esos anormales que disfruta la vida más allá del fútbol. Le gustan la pintura, la literatura, la música y, ocasionalmente, jugar a golf

 

El Villarreal de los sudamericanos fue su primer gran highlight como entrenador en Europa. Con un Juan Román Riquelme pletórico y la eclosión de Marcos Senna como centrocampista de culto, se quedó a un penalti de forzar la prórroga ante el Arsenal de Thierry Henry en las semifinales de la Copa de Europa. Del Real Madrid salió por la puerta trasera. La bochornosa eliminación ante el Alcorcón en Copa, la enésima caída ante el carismático Olympique de Lyon en Champions y los bestiales estándares impuestos por el Barcelona de Guardiola le obligaron a buscar nuevos horizontes. Su hoja de servicio sedujo a los acaudalados inversores del nuevo Málaga. Con Isco, Joaquín y Toulalan bordó un equipo ultra competitivo, y ocasionalmente virtuoso. De no ser por un offside no cobrado en aquel agónico tanto de Felipe Santana en Dortmund, se habría colado nuevamente entre los cuatro mejores de Europa. Una hazaña conmovedora, cuando menos.

Luego le llegó una oferta de la Premier League para hacerse cargo del Manchester City, un equipo que había ganado la liga tras 44 años con el camaleónico Roberto Mancini tirando del talento hasta el último suspiro. A partir del balón, intentó redefinir un colectivo anárquico y juntó a los buenos aun sabiéndose vulnerable. Una decisión no necesariamente coherente a ojos del resto, aunque para el ingeniero el camino de la victoria “no es una obsesión, por mucho que nos guste ganar. Hay antes una satisfacción personal”. Yaya Touré dominaba la Premier por pegada, pero en la Copa de Europa de Messi, Cristiano y Robben no podía sobrevivir sin proteger su espalda. La paciencia se agotó y el club pensó que Pep Guardiola, el entrenador más influyente de su tiempo, era el camino para trascender en Europa. Pasara lo que pasara, Manuel Pellegrini habría de marcharse de Manchester en verano.

Tras un brevísimo periplo por el West Ham, ha vuelto a tocar las puertas de élite con el Betis. Con la gran versión coral del conjunto andaluz en la primera vuelta, había quien sugería que al ingeniero le debíamos el mejor Villarreal, el mejor Málaga y el mejor Betis de la historia. Pueden existir ciertas sospechas, pero no hay demasiada evidencia para decir lo contrario. Hoy está a las puertas del último lugar a Champions y en la antesala de una final de Copa del Rey ante el Valencia. Ha dirigido más de 400 partidos y coleccionado 200 victorias en una de las ligas más competitivas del mundo. Del chandal retro ya se ha escrito mucho, aunque nunca será suficiente.

Mirando todo esto en perspectiva, quizá no sea tan conveniente hablar de un simple liberador de talento. Por mucho que se asuma como el contrapeso de los radicales de la pizarra, alguna cuestión sobrenatural debe tener el discurso del ingeniero.

 


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Fotografía de Imago.