“Hablemos de ruina y espina”, canta Vetusta Morla. De quien se levanta el día siguiente de una grave lesión y se da cuenta de que no fue un sueño. Del camino de regreso, de lo que va a dejar de vivir. De lo que pesan en la cabeza, aún por llegar, seis, siete u ocho meses sin sentir el balón. Como si sediento, cada día fuese una insuficiente gota de agua que ni sacia la sed ni ameniza la espera. “Hablemos de polvo y herida”. Del lado opaco, vil y olvidadizo del fútbol. De las lesiones, de las compañeras de viaje de Rafinha Alcántara. De unas cicatrices que reniegan del olvido. Del menisco. Del ligamento cruzado anterior, ese nombre tan hitchcockniano que produce pánico.

“De mi miedo a las alturas. Lo que quieras, pero hablemos”. Rafinha sabe lo que es caer por las escaleras que conducen a las puertas del cielo, en tu punto álgido, cuando más futbolista te sientes. Los contratiempos han llegado a crear un pleonasmo entre Rafinha y lesión. Un nexo inseparable, una redundancia que nos ha impedido valorarlo de forma objetiva. El brasileño es un jugador de fútbol sala de sangre. Porque tiene una sensibilidad extraordinaria con el balón, por el control pisado -como el de su hermano Thiago- en lugar del interior. Sus raíces no le permiten ser otra cosa que imaginativo. Las condiciones que Rafinha trae de fábrica son una invitación a que su entrenador le imagine y dibuje una posición: interior, mediapunta, extremo o falso extremo. Es la dulzura de su toque y su manera de entender el futbol, de hacer sonreír al balón y al espectador, la que nos invita a ser más de Rafinha que de su equipo. De seguirle, de sentirle como uno de nuestros jugadores fetiche.

Como Jack Kerouak, Rafinha se vio obligado a viajar. Por la deriva de la vida, por encontrar respuestas o escapar de ellas. No dio rodeos con las lesiones, no las obvió ni apartó la mirada. Las dinamitó, las atravesó hasta el punto de saber vivir con el miedo. “El mundo se abría ante mí porque ya no tenía sueños”, escribe Kerouac; solo la intención de jugar a fútbol, rehusando de los que quieren agarrarse a la última esperanza por temor al porvenir. Un viaje de vuelta a Vigo y una parada en Milán fueron la excusa que el Barcelona necesitó para enviarle un mensaje: ya no era necesario.

 

Los contratiempos han llegado a crear un pleonasmo entre Rafinha y lesión. Un nexo inseparable, una redundancia que nos ha impedido valorarlo de forma objetiva

 

El viernes pasado, Rafinha debutó con el PSG. Pasó de sentir el vértigo del descenso con el Celta a aceptar la propuesta del subcampeón de Europa, ante un inmutable Barça que le dejó irse gratis. Y tenía que ser un viernes noche. Cuando la rutina baja la persiana, el fin de semana se presenta en la puerta de tu casa y te invita a la marcha, a las luces de neón de los bares. A sentarte en la barra, escuchando el ritmo que Rafinha compone.

“Hablemos. De todo menos del tiempo, que se escurre entre los dedos”, prosigue Vetusta Morla. En Nimes, Rafinha se presentó con un nombre distinto en su camiseta: Rafael. Reivindicando la llegada de la madurez, demostrando dejar de ser por fuera el niño que seguirá viviendo en su interior y le atizará si deja de regatear, de tirar caños o de dibujar pases imposibles. Rafael es un punto y seguido en su carrera, el olvido de la eterna promesa que el tiempo se comió. El adiós a las lesiones, el ser otro; la llegada de la edad perfecta: los 27 años.

El fútbol le examinó en los primeros minutos en el Stade des Costières, cuando Loïck Landre le clavó los tacos prácticamente a la altura del pecho. Pero el nuevo Rafinha, a pesar de la sangre, se levantó y siguió jugando. Rafinha ya es Rafael. El brasileño se inventó una magistral asistencia a Kylian Mbappé y reivindicó que no se fue a París para ser testimonial. Que detrás de Neymar y Mbappé y entre Marco Verratti, Ander Herrera o Ángel Di María, ha llegado un futbolista para brindarle el anhelado trono europeo al PSG.

El debut en viernes noche es algo premonitorio. Es el deseo cumplido de volver a los terrenos de juego y hacerlo brillando, el deseo de volver a los bares y bailar un tango o lo que surja. “No es por maldad, lo juro. Es que me divierte el juego”, parece replicarle el fútbol. Pero Rafael está más dispuesto que nunca a jugar, al cara a cara con su pasado y a afrontar el futuro. A seguir declarándole el amor incondicional al fútbol y a sus eternas caricias al balón. Malditas lesiones, Rafinha. Maldita dulzura, Rafael.

 


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Fotografía de Getty Images.