Un 4-1 duele, lo mires por donde lo mires. Duele para el que lo encaja, pues es uno de esos resultados que te derriten hasta el último argumento. Puedes acusar al colegiado, al mal tiempo o a tu caprichosa suerte, que suele irse de parranda cuando menos lo esperas. Pero hagas lo que hagas, si es que realmente te atreves hacer algo que no sea acostarte pronto y sollozar para dentro, como hacía el Joker, solo conseguirás que se agrande el escarnio público que ya está cayendo sobre ti.

Aunque un 4-1 también aflige al que se lo adjudica, he aquí lo curioso del caso. Es un regalo de doble capa. Una trampa. Te induce al desmelene, al jolgorio, a la relajación. Te va conquistando poco a poco con sus elogios de cartón piedra, “que si qué bien pinta esto”, “que si hoy si hubiese querido la meto hasta con el churro”,  “que si ven y toca mis pies, nena, que son de tacto seda”, hasta que llega la siguiente jornada, ya nada fluye como antaño y cuando te cae el palo, por tonto, te duele el doble. En cierto sentido, las goleadas recuerdan al vino. Su efecto es instantáneo. Dos copas de un Campo Viejo y a volar. Pero en cuanto se agote la despensa y bajes del limbo, la batucada cerebral que te espera será demoledora.

Quizás por este motivo, la alegría en Londres, París y Florencia sea ahora mismo comedida. Tres de sus equipos han cerrado el fin de semana a lo grande, celebrando cuatro tantos y recibiendo solo uno. Pero no hay que olvidar que todavía no hemos descorchado el mes de octubre y que esperan muchas batallas por librarse. Demasiadas, pensarán algunos.

A parte del PSG, cuya estocada era algo más previsible (venció en el campo del Nantes, que parece que se ha abonado a la parte baja de la Ligue1), lo que consiguieron Tottenham y Fiorentina, el primero en su feudo y el segundo como visitante, sí que justificó más titulares, puesto que desarmaron a City e Inter, los dos líderes de sus respectivas competiciones. Los tres festines dieron para tanto que incluso pudo verse a Di María haciendo un rato de Di María, a Kane celebrar otro tanto al galope sin que se le descuelgue un pelo y a cientos de españoles entrando a trompicones en Wikipedia para chequear el nombre de un tal Kalinic.

Por cierto, y para que de ésta no salga nadie ileso. Conviene apuntar que un 4-1, aparentemente, sí que es amable e indulgente con un sujeto: el espectador neutral, que teniendo el corazón aparcado en doble fila pues no es su equipo el que está jugando, se sienta en el sofá de su casa a ver un partidito de fútbol internacional con la única ambición de que al menos caiga ante sus ojos un buen saco de goles. Pero me niego a reconocer que esto es cierto. Las goleadas, por muy ajenas que sean, también nos acaban afectando. Ya pueden quedarse quietecitas y bien lejos, leche. Que no sería la primera vez que uno se baja al bar por la solidaria causa de dar conversación a un colega mientras éste se toma una copa, y que la historia acaba con el amigo recogiendo sus bártulos a la segunda y un servidor negándose a sacar los codos de la barra hasta que no se haya conquistado la Undécima.

Se desconoce si en alguna de esas universidades punteras de los Estados Unidos en las que siempre lo descubren todo se está empezando a investigar sobre este asunto. Si no es el caso, deberían. Porque en el fútbol y en la bebida, así como en la vida, la salud mental del gentío está permanentemente en juego. A este paso, con los resultados que están cayendo, corremos el riesgo de quedarnos todos peor que la Karmele saliendo de un after, sin sujetador y estelada en mano. Y claro, con el pecho al aire, con ese fresquito que se está viniendo, y las neuronas en ultratumba, a ver quién es el valiente que sigue acudiendo a trabajar todos los lunes.