Probablemente la forma de unir “héroes” y “tragedia” con “Superga” y “Torino” sea errónea en el titular. Muchos pensarán que los héroes eran del Torino y que la tragedia ocurrió en Superga, cuando el avión con la plantilla del equipo italiano casi al completo se estrelló en las inmediaciones de Turín, hace hoy 68 años. Puede que sí y puede que no, el titular que lo elija cada uno. Qué más da. Cuando dos conceptos van de la mano se pueden intercambiar sin que nadie se haya dado cuenta. Dicen que el orden de los factores no altera el producto. Héroes y tragedia; tragedia y héroes.

El escritor Francis Scott Fitzgerald sabe mucho de ambos conceptos. Él mismo fue un héroe y su vida fue una tragedia. Su obra no es más que una extensión del flirteo entre unos y otra. Jay Gatsby, Benjamin Button… ¿qué eran si no en su punto álgido? Talentosos, confiados y atractivos. Tanto como aquel Grande Torino que ganó cinco ligas entre 1942 y 1949, todas las posibles de hecho, ya que el Calcio estuvo detenido por un motivo mayor como era la Segunda Guerra Mundial. Aquel equipo liderado por Valentino Mazzola abastecía a la selección italiana. En un amistoso celebrado en 1947 frente a Hungría, hasta 10 jugadores del combinado italiano pertenecían al que por aquellas fechas pera el equipo más fuerte de Turín.

Y si de amistosos iba el asunto, el final del mítico equipo iba a tener su simiente en la porfía más nimia que existe en el fútbol. Fitzgerald condenaba a todos sus personajes a no poder prolongar su éxito, tal y como le sucedió a él, encerrado en el alcohol y sin poder publicar más de cinco novelas. El día a día le atropellaba y necesitaba sacarse unos cuartos que conseguía mediante relatos cortos, como bien podía haber sido esta historia de la escuadra transalpina. La interrupción del éxito del Torino se originó en un partido amistoso contra el Benfica, otro de los clubes de moda. La excusa del encuentro era homenajear al mítico Francisco Ferreira. El resultado, que siempre es lo de menos en el fútbol y más en un partido amistoso, terminó con 4-3 para los lisboetas, aunque la verdadera derrota del Torino llegaría en el viaje de vuelta. El partido se celebró el 3 de mayo y el equipo italiano decidió hacer noche en Lisboa, para volver el día siguiente a Turín, previa escala en Barcelona. A tan solo 20 kilómetros de Turín los héroes del Torino divisaron su propia tragedia. Una frondosa niebla provocó el precipitado descenso hasta el muro posterior de la Basílica de Superga, en la colina que porta el mismo nombre.

La interrupción del éxito del Torino se originó en un partido amistoso contra el Benfica, otro de los clubes de moda. La excusa del encuentro era homenajear al mítico Francisco Ferreira

 

El peor temor de Scott Fitzgerald era morir sin poder dejar legado literario, sin ser recordado. Morir en el ostracismo le quitaba el sueño al escritor, quizás porque imaginaba su entierro con apenas asistentes, como el de su mítico Gran Gatsby, despedido bajo la lluvia y con la única compañía de Nick Carraway. El reconocimiento le llegó más tarde que pronto. En cambio, la pleitesía al Torino apareció de forma temprana y el legado fue casi sempiterno. Tanto que el club, tras ganar aquel campeonato de forma casi póstuma, no volvió a alzar el Scudetto hasta el año 1976. La selección italiana también quedó convaleciente de aquel accidente. El Mundial de 1950 estaba demasiado cercano, en lo personal -el equipo viajó en barco- y en lo futbolístico. Tanto fue así que el seleccionador italiano apenas pudo urdir una táctica acorde con sus nuevos jugadores, así que se limitó a defender de la forma más ordenada posible. Una idea de juego inédita por aquel momento en Italia, que poco después se conocería como catenaccio.

“You’re all a Lost Generation”, le dijo Gertrude Stein a Hemingway en un taller y de la forma más mundana posible. El término se acuñó de forma oficiosa, en gran parte por su aparición en Fiesta y París era una fiesta, para aglomerar a escritores que habían sido sacudidos por la Primera Guerra Mundial, desde el propio Hemingway, hasta Faulkner, pasando por Dos Passos y Steinbeck. Y, cómo no, por Scott Fitzgerald.

Pocas se expresiones son más precisas para dirigirse al Gran Torino como Generación Perdida, en este caso por otro asunto. Fallecieron hasta 18 jugadores, miembros del cuerpo técnico, periodistas y tripulación. Entre ellos se encontraba el piloto Pierluigi Meroni, padre de ‘Gigi’ Meroni, futuro jugador del Torino fallecido en 1967. Fue atropellado  por Attilio Romero, que cerraría el círculo presidiendo el club hasta su refundación, en 2005. Pero eso ya queda para otro día. Cada héroe, y cada tragedia, a su momento.

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