Franz Beckenbauer y parte de los seleccionados que representaban a Alemania Federal en el Mundial de 1974, disputado en su propio país, llegaron a la cita mundialista después de arrasar con todo durante el curso. Sepp Maier, Gerd Müller, Paul Breitner, Uli Hoeness, Hans-Georg Schwarzenbeck y Jupp Kapellmann, junto al ‘Kaiser’, se plantaban en la Copa del Mundo después de levantar la primera de las tres Copas de Europa consecutivas que conquistarían entre 1974 y 1976 con el Bayern de Múnich. Y la ‘Orejona’ no fue el único título del año, pues también se llevaron una Bundesliga que cerraba un trienio en el que ningún alemán pudo clasificarse por encima de los bávaros en el campeonato doméstico. La ‘mancha’ en el historial de la 73-74 -‘mancha’ por decir algo, como si supiera a poco lo que lograron- fue la DFB Pokal, que viajó con el Eintracht a Frankfurt después vencer al Bayern en semifinales y al Hamburgo en la final.

Los teutones, los del Bayern y el resto de integrantes del combinado nacional, venían de petarlo en los últimos torneos internacionales. Dos años atrás se habían llevado la Eurocopa de Bélgica’72. Y dos más allá en el tiempo, en México’70, se plantaron en semifinales, donde los ‘Azzurri’ les ganaron el pulso en un partido para la historia, el Partido del Siglo. En el 74, entonces, y más siendo Alemania, el objetivo no era otro que ganar. Pero las primeras sensaciones no fueron del todo buenas. Cierto es que derrotaron a Chile (1-0) y a Australia (0-3), aunque el tercer partido de la primera fase de grupos se tornó en un duro golpe para la ‘Mannschaft’. Caer derrotados ante sus ‘hermanos’ de la Alemania Democrática no entraba en los planes. Que estos clasificaran por delante, todavía menos.

 

El resumen de aquel partido, y de aquel título, lo firmaría el propio ‘Kaiser’: “Johan era mejor pero yo gané la Copa del Mundo”

 

Aquel pinchazo, sumado a las resonancias políticas que arrastraba perder contra la ‘otra’ Alemania, provocó una revolución liderada por Franz Beckenbauer. “Le puse las pilas a todo el que pillé por delante, nadie pensó en dormir aquella noche”, recordaba el capitán. A partir de ese accidente balompédico, todo cambió. En la segunda fase de grupos -tiempos de otros formatos-, donde solo el primer puesto te permitía seguir vivo, y, de hecho, te enviaba directamente a la final, los alemanes dejaron de sembrar dudas. Ni Yugoslavia ni Suecia ni Polonia pudieron frenarlos. Tres partidos. Tres victorias. Siete goles a favor. Dos goles en contra. Un billete para la gran final. Enfrente, la sensación del torneo, una Holanda dirigida por Rinus Michaels que había encandilado al mundo entero ese verano con su fútbol total.

7 de julio de 1974. Bajo la vanguardista cúpula de plástico del Olympiastadion de Múnich, el fútbol del momento se citaba en torno a los dos últimos Balones de Oro: el neerlandés Johan Cruyff y el alemán Franz Beckenbauer. La final comenzaba de la peor manera posible para los de Helmut Schon: Holanda hiló una larga posesión de 17 pases hasta que el balón cayó en los pies de un Johan Cruyff que empezó a esquivar teutones para meterse dentro del área rival, donde fue derribado por Uli Hoeness. No había pasado ni un minuto de juego. Johan Neeskens transformaba el penalti pero Alemania Federal no quiso arrugarse. A pesar de la brillantez de los holandeses, Paul Breitner puso las tablas en el marcador con una falta y Gerd Müller le daba la vuelta al resultado antes del descanso. No volvería a celebrarse ningún gol en Múnich en ninguna de las dos porterías hasta el pitido final. A las 17:47 de aquel domingo, 20 años después de que lo hiciera Fritz Walter en Berna, el capitán Beckenbauer levantaba la segunda Copa del Mundo de la historia del fútbol alemán. El resumen de aquel partido, y de aquel título, lo firmaría el propio ‘Kaiser’: “Johan era mejor pero yo gané la Copa del Mundo”.


 


Fotografía de Imago.