“Para entender lo que pasa hay que haber llorado dentro del Calderón, que es mi casa, o del Metropolitano, donde lloraba mi abuelo con mi papá de la mano”.

 

Normalmente Joaquín Sabina nunca se equivoca y esta vez no fue la excepción, aún cuando la historia del Vicente Calderón haya terminado, para comprender lo que para tantos ha sido una traición en lo más amplio de la palabra, data de los días de esplendor del Coloso de Manzanares.

Fue en 1981 que un mexicano, surgido de la cantera más productiva del país, rechazó jugar con el Arsenal en la cuna del futbol para enfundarse la rojiblanca y jugar justamente en el Calderón, donde quizá tuvo meses complicados, pero al cabo de 4 años no hubo goleador que lo superara en la Península Ibérica.

El problema vino cuando cambió Manzanares por Chamartín. ‘Hugol’ lo había dejado claro: jugar y enfocarse en el Atleti para algún día vestir de blanco, pero siempre respetando al equipo colchonero, incluso besando el escudo.

En 1985, dejó al Atlético para regresar a México. Los Pumas de la Universidad lo repatriaron por 200 millones de pesetas, lo que equivale aproximadamente a un 1.200.000 euros, pero sólo a modo de triangulación porque el 28 de junio de ese año, en el Estadio Olímpico Universitario de la Ciudad de México, se consumó la operación y Hugo Sánchez firmó con el Real Madrid. Desde ese momento, cada gol, cada uno de los 4 pichichis y ligas que ganó vestido de merengue, eran clavos en los corazones rojiblancos.

Dejar Manzanares, con la renovación del inminente líder colchonero, en una nueva temporada llena de retos e ilusiones fue motivo de celebración, de la fiesta del Wanda Metropolitano, donde, al parecer, sumar cien partidos eran suficientes para recibir una invitación –y no una cualquiera sino que de calidad de leyenda–, aún cuando la persona en cuestión prefiriera vestir de blanco.