Que si el regate está muriendo a manos del pase. Que si la táctica amenaza con ahogar a la fantasía. Que si la academia tritura al jugador callejero. Quizás sean ciertas pero estas teorías se han desplomado en el estreno de esta Liga 2018/19, superadas por la suerte suprema del fútbol. El gol sube el marcador, sí, pero las fintas son alimento para el espíritu del aficionado. Quizá no recuerdes el autor de un tanto, porque hay muchos y no todos merecen ocupar espacio en nuestra CPU. En cambio difícilmente olvidarás un quiebro. Un dribbling. Una gambeta. Si el gol lo gritamos como un orgasmo liberador, al regate asistimos con el gozo de la seducción previa, del ligue de bar, de las miradas que conectan y las palabras que inflaman. Ese momento en el que piensas que no puede pasar… y va, y pasa.

Ese momento en el que José Luis Morales pensaba que no iba a pasar tuvo lugar en 2011. Tenía ya 24 años, una edad en absoluto precoz para firmar por un filial –el del Levante- que entonces vagaba por el grupo valenciano de Tercera División. Salido de un barrio humilde, el de San Isidro de Getafe, Morales había madurado en el fútbol metropolitano de Madrid: Brunete, Parla, Fuenlabrada. Entonces le llegó la llamada del Mediterráneo: “por la edad que tenía, era la última opción que me daba el fútbol”, me confesó en 2017. “Si no hubiera salido bien, me habría dedicado a otra cosa”.

Cinco años más joven, aquel verano de 2011 pilló a Àlex Gallar pensando en su futuro. Fogueado en los campos del Vallès barcelonés (Mercantil, Jàbac, Terrassa) Gallar apenas jugaba en el filial del Mallorca. Así que decidió volver a casa: Rubí, en Tercera División. La misma categoría, aunque en otro grupo, en la que competía Morales. Aquel paso atrás le permitió coger impulso: de nuevo al Terrasa y de ahí a su explosión en Segunda B con el Cornellà: 8 goles en 31 titularidades. Corría la temporada 2014/15.

En ese lapso, Morales se había ido cedido al Eibar, entonces un modesto que acababa de promocionar a Segunda. A las órdenes de Gaizka Garitano se convirtió en una pieza fundamental del milagro que llevó al cuadro armero a la máxima categoría. Aquello le valió regresar al primer equipo del Levante. Debutó el penúltimo día de agosto de 2014. Del barrio de San Isidro a la catedral de San Mamés: Morales ya había llegado. Tenía 27 años.

 

Si el gol lo gritamos como un orgasmo liberador, al regate asistimos con el gozo de la seducción previa, del ligue de bar, de las miradas que conectan

 

A Gallar aún le costaría un paso por el Hércules, donde se vio relegado al papel de suplente habitual. La temporada siguiente, Rubén de la Barrera le ofreció las llaves de una ‘Cultu’ ambiciosa: él y Toni Villa –hoy en el Real Valladolid- devolvieron a los leoneses a la categoría de plata por primera vez en cuatro décadas. Pero Gallar no se quedó para vivirlo: aceptó un encargo parecido pero una división más arriba. Y de nuevo lo logró: el 21 de mayo de 2018 firmaba en Lugo el gol que le abría a la SD Huesca la puerta de la elite por primera vez en la historia. Tenía 26 años.

Quizá parezca que Morales no es rápido, ni resistente, ni delicado con el balón pero en realidad es las tres cosas. Se quedó en el Levante cuando los granotes descendieron, lo devolvió a Primera y el año pasado lo sostuvo ya con los galones de capitán. El viernes desarboló al Betis con una conducción de 77 metros plena de pillería en la que dejó a cinco rivales en la cuneta antes de batir a Pau López. Luego engañó a Feddal en el desmarque del 0-3. Firmó un doblete y fue el segundo jugador con más recuperaciones del partido. El apodo de ‘El comandante’ se le queda corto.

Gallar es un extremo fino y zurdo, o sea, doblemente fino. Tiene desborde y balón parado. En su debut en Primera, que era también el de su club, sentó cátedra en un escenario, Ipurua, siempre incómodo para el visitante. Llevaba seis minutos en la elite cuando agarró el balón y comenzó a brujulear en el centro de un triángulo formado por Jordán, Cote y Arbilla. A este último le enseñó la pelota con la izquierda, le amagó con la cadera y remató con la derecha. Media hora después servía una falta lateral con su zurda: la comba que se envenena hacia adentro, Dmitrovic que recula, Cucho que amaga con peinarla, bote, gol. Firmó un doblete y le puso un balón a Moi Gómez que a punto estuvo de convertirse en el tercer tanto oscense.

Morales y Gallar, Gallar y Morales. A ambos les une su obstinada determinación por salir del barrio a base de regates. Y sí, han salido del barrio pero el fútbol de calle no ha salido de ellos. Y ojalá no lo haga nunca.