¿Cómo se mide la grandeza? Que yo sepa no existe un termómetro o una fórmula que sea capaz de medirla, cada club de fútbol se siente grande dentro de sus limitaciones. Ya sea por las copas que llenan sus vitrinas, su fanática masa social, los futbolistas que vistieron sus colores o por poseer un estadio que aún huele a las hazañas del pasado. Durante años me he hecho la misma pregunta cada temporada, cada inicio de curso: ¿por qué la opinión general considera a la Roma un club grande? Siempre entre los favoritos a levantar el Scudetto, siempre candidata a conquistar la Coppa Italia y siempre ofrece la impresión de que hará un buen papel en Europa. Pues bien, cada temporada ninguna de esas tres máximas se cumple. Por lo tanto, ¿qué es lo que falla en esta ecuación? Posiblemente se junten dos cosas: Roma ciega a cualquiera y las expectativas están creadas para no ser cumplidas. Como esa promesa de dejar el tabaco cada 1 de enero o esa intención de acudir al gimnasio mientras vas ya por la tercera cerveza. Es difícil decirle a un club con la relevancia social de la Roma que es mejor que viva sin expectativas, que se limite al día a día y a una cantera que llegó a ser la más prolífica de todo el país. Allí no existen las temporadas de transición, tan solo se compite.

Haciendo cálculos, durante los últimos diez años han pasado diez técnicos por el banquillo romano. Esta es su lista reciente de entrenadores: Fonseca (56 partidos), Ranieri (12 partidos), Di Francesco (87 partidos), Spalletti (75 partidos), Rudi García (118 partidos), Andreazzoli (17 partidos), Zeman (25 partidos), Luis Enrique (41 partidos), Montella (16 partidos) y Ranieri (84 partidos). Como veis varios de ellos ya eran viejos conocidos, en la Roma suele ser habitual que un técnico cumpla dos o tres etapas en el banquillo. Hasta el bueno y mito checo de Zdenek Zeman tuvo una segunda oportunidad. Pocos de esos entrenadores llegaron a la capital en el ocaso o en la recta final de su carrera, el ambiente que rodea al club quema a cualquiera, seas Ranieri o Montella. La presión no distingue entre leyendas o primerizos, asfixia a todos por igual. Es difícil afianzar un proyecto cuando vas a casi un entrenador por temporada, el clima óptimo no existe para trazar un plan a tres o cuatro años vista. Todo se reduce a la propia novedad y su energía inicial, esas primeras jornadas en las que todo son risas, gracias y coñas antes y después de los entrenamientos. Después la prensa ahogará, por algo es la Roma y no el Karpaty Lviv.

Claudio no estaba como emperador cuando la Roma levantó su último trofeo, pero se les hacen largos a sus aficionados estos doce años en los que apenas han disfrutado de celebraciones y alegrías, incluso en su última final en 2013 cayeron ante la Lazio. Las penas y tristezas también unen, pero es ya el colmo de la mala suerte. En la Serie A, por su parte, durante las recientes dos décadas han quedado hasta en nueve ocasiones en segundo lugar. Unos resultados que suenan insuficientes para sus aficionados. ¿Pero qué quieren o qué esperan del club? Si en sus casi cien años de historia tan solo han levantado en tres ocasiones el Scudetto (41/42, 82/83 y 00/01). Teniendo en cuenta estos antecedentes, lo normal es que al conjunto capitalino no logre la Serie A, por lo tanto el nivel de exigencia histórico no debe existir. Lo que sí puede ser motivo de enfado es que se hayan quedado ocho temporadas lejos de la Champions League o que no lleguen hasta la fase final de una Coppa Italia que han conquistado hasta en nueve ocasiones. Si bien es cierto que hace dos años llegaron a las semifinales de la Champions, en las competiciones europeas la Roma suele caer en octavos, ya sea en la máxima competición o en la Europa League. ¿Tienen plantillas para llegar algo más lejos? Sin duda, pero no poseen esa exigencia histórica aquí tampoco.

El trabajo de los giallorossi reside en crear ese sentimiento de identidad y pertenencia que se ha ido apagando tras la pérdida de Totti primero y de De Rossi después. Para ello necesitan de tiempo y sobre todo de la paciencia de un entorno que lo devora todo a su paso, algo que a día de hoy se antoja complicado de conseguir. La comparativa sale sola, pero para que nos entendamos, el entorno de la Roma es parecido al que vive el Valencia, con la diferencia de que al club español sí le respaldan los éxitos del pasado. Este pasado verano el empresario americano Dan Friedkin compró la Roma por unos 600 millones de dólares. Friedkin ha ganado una fortuna en la venta de vehículos y componentes de Toyota en Estados Unidos. ¿Esto es lo que necesita el club para lograr la estabilidad que tanto demanda? Todavía es pronto para afirmar nada, pero el anterior dueño, James Pallotta, ha abandonado la capital tras ocho años y sin conquistar un solo título. Roma es el lugar idóneo para perderse entre sus calles pero no parece el más adecuado de los ambientes de trabajo, ya que el peso de la exigencia que rodea a la entidad hace que la historia quede difuminada.

 


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Fotografía de Getty Images.