Tic, tac, tic, tac. La vida va pasando, el balón sigue corriendo y las oportunidades no esperan a nadie. Las tomas o las dejas. Los 90 minutos que perdiste ayer, no volverán mañana. “La vida solo tiene sentido yendo hacia atrás, pero hay que vivirla hacia adelante”, aseguraba Brad Pitt encarnando al protagonista de El curioso caso de Benjamin Button. Qué fácil sería que así fuera. Poder coger el tren que perdiste para llegar pronto a aquella entrevista, reconducir las frases que soltaste y te guiaron a esa agria discusión, saltar a la acción en el momento que tocaba o evitar tomarte esa última copa tan innecesaria. Quizá esos errores, esas oportunidades perdidas, nos hagan aprender, pero evitarlos nos ahorraría muchos disgustos, como los hubo en la quinta jornada de la Champions League, en la que algunos supieron aprovechar lo que tenían entre manos y otros dejaron los deberes aún por hacer. Y es que los defensas del Liverpool no van a poder volver al Parque de los Príncipes para parar a un Neymar desatado; como tampoco el Inter viajará de nuevo a Wembley para asegurarse un hueco en la siguiente fase, dejándolo todo a expensas de lo que suceda en el Camp Nou y en el Giuseppe Meazza. 12 equipos ya tienen asegurada una papeleta en el sorteo de octavos de final, el resto de aspirantes que siguen con vida todavía gozan de una última bala en el cartucho. Si saben dispararla o no, lo averiguaremos dentro de dos semanas.

 

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El Ajax de este curso en la Champions League es el reflejo de lo que le está sucediendo al fútbol holandés tras haber tocado fondo al verse fuera de la Eurocopa de Francia’16 y del Mundial de Rusia’18. Juventud, frescura -de mente y de piernas- y ganas de recuperar el terreno perdido, así ha resurgido la selección neerlandesa y también el Ajax. Si los duros golpes de los últimos torneos internacionales sirvieron para que Ronald Koeman regenerase la ilusión entre el pueblo holandés gracias al talento y el liderazgo de los Depay, van Dijk, Babel y compañía, en el Ajax ha sido Erik ten Hag el culpable de que los Ajacied vuelvan a sonreír en Europa después de más de una década de desilusiones. Hacía 13 años que el Ajax no conocía más allá de la sexta jornada de la fase de grupos. Siempre la misma historia, o a la Europa League o para casa. El martes, en Atenas, dos goles de Dušan Tadić provocaron que el Ajax recuperase sensaciones de la grandeza de su pasado; 13 años después, el cuatro veces campeón de Europa regresa a los octavos de final de la mejor competición del continente.

 

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“No ganan siempre los buenos, en ocasiones ganan los que luchan hasta el final”, aseguró en su día Diego Simeone. Quizá no sea bonito, ni estético, ni la primera opción para el entrenador, pero si algo se puede elogiar de Marouane Fellaini es exactamente lo que hizo ante el Young Boys: luchar, saltar, pelear, trabajar y dar la victoria a su equipo. A manos del belga, el United ya está en octavos.

 

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Al fin respondió el Paris Saint-Germain en Europa, al fin salvó un matchball el equipo que lleva desde 2012 soñando con la ‘orejona’, al fin vimos a los parisinos salir victoriosos de una gran noche de Champions. Viéndose entre la espada y la pared -una victoria del Liverpool, acompañada de los tres puntos del Nápoles, mataba cualquier posibilidad de ver al PSG en octavos-, los de Thomas Tuchel sacaron a relucir sus mejores armas para allanar el camino que le puede llevar a otro febrero. Rápidos, incisivos y controlando desde la sala de máquinas, se impusieron a los Reds en una primera parte exquisita tanto a nivel grupal como de un Neymar que se puso el equipo a las espaldas al más puro estilo Neymar. Por mucho que fuera Alberto Gambino quien cantara aquello de “y que digan de mí lo que quieran y quien quiera que venga a por mí. Por muchas veces que me caiga al suelo, yo me levanto y sigo aquí”, perfectamente nos podríamos imaginar al ’10’ del PSG recitando sus letras. Pues la actuación de Neymar fue por el mismo trayecto. Regateó, se ofreció, comandó los ataques, marcó, enfureció a los rivales y acabó siendo silbado por su grada. Un día más, el brasileño no deja indiferente a nadie ni para lo bueno ni para lo malo.

 

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“No me creo a la prensa ni las opiniones del momento, yo solo me creo la historia del Real Madrid. Y ellos han demostrado más de una vez de qué son capaces. Ayer quizá todo estaba perdido, pero mañana no lo verán igual”. Estas palabras de Pep Guardiola [febrero de 2011] podrían repetirse en bucle temporada tras temporada. Nada define mejor el gen ganador del club blanco. Cuando las dudas inundan todo lo que rodea al vestuario, cuando los ‘antis’ cogen la calculadora para confabular con un tropiezo tan descomunal como inesperado en la fase de grupos de la Champions, cuando el Eibar les pinta la cara en Ipurúa, es ahí cuando el Real Madrid puede causar mayor temor a sus enemigos. De la cantada de Casillas al imperial salto de Sergio Ramos en Lisboa; del “Cheryshev, te quiero” a la Undécima; de la temerosa visita de Neymar, Mbappe y Cavani al Bernabéu, a la conquista de Kiev. El martes, en el Olímpico de Roma, 0-2. ¿Jugaron bien? ¿Jugaron mal? No importa, el Madrid pasa como primero de su grupo y la vida sigue igual.

 

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Cuenta la leyenda que antes de una importante reunión, uno de los ayudantes del rey Fernando VII, angustiado por la situación, no daba una en su intento de vestir al monarca. “Vísteme despacio que tengo prisa”, le comentó el rey. Quizá ese sea el truco para ver la mejor versión de Ousmane Dembelé. Con calma y paciencia puede que lleguen más actuaciones como la que se vio este miércoles en Eindhoven.

 

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En Turín, la fina línea que separa el éxito del fracaso estuvo representada por un córner botado por Dani Parejo. Dicen que es tan fina porque justo cuando llega el clímax, en el punto álgido de la trama, cualquier acto inesperado puede darle un giro radical al final de cada historia. “La vida es cuestión de pulgadas”, apuntaba Al Pacino en su discurso en el vestuario en Un domingo cualquiera. “El margen de error es muy pequeño”, continuaba, “medio segundo más lento o más rápido y no llegas a pasarla, medio segundo más lento o más rápido y no llegas a cogerla”. Esa pulgada, esa mísera pulgada, fue la que separó a Mouctar Diakhaby de celebrar el gol que ponía por delante al Valencia y le daba alas para seguir en la lucha por acceder a los octavos de final. La misma pulgada que alejó a Wojciech Szczesny de recoger el balón de entre las mallas y celebrar una parada descomunal que acercaba a la Vecchia Signora al objetivo marcado. Después, un fino Cristiano Ronaldo y un atento Mario Mandzukic se aseguraron de sellar el billete de los Bianconeri a la siguiente ronda.