Si hay algo que nos ha enganchado a este deporte desde que el balón recibiera las primeras patadas es el alto grado de sorpresa que puede llegar a alcanzar. Su imprevisibilidad nos contagia, sus giros de guion nos desubican y su espontaneidad nos atrapa. Pero aun con la posibilidad de que el oportunismo inunde mis palabras, los octavos de final de esta Champions League han dejado entrever que no todo son sorpresas en esto del fútbol. “La sorpresa constante no sorprende”, escribió el argentino Alejandro Dolina. Y eso es lo que ha sucedido en estas dos últimas semanas por Europa: muertes que se veían venir, héroes habituales, ricos que son pobres de identidad… Los guiones dieron muchas vueltas, más de las presupuestas, pero la historia se acabó escribiendo tal y como los protagonistas quisieron que se desarrollara. 

 

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Tan imberbe como valiente, el Ajax se presentó en el Santiago Bernabéu sin preocuparle el rival, el escenario ni la competición en la que lo hacía. Y fue quizá esa inconsciencia, transformada en un fútbol de muchos quilates, una de las claves para que el Real Madrid cerrase una de las semanas más amargas de su historia con una abultada derrota, y ahora solo vea por delante tres meses innecesarios en el calendario. Los reyes de Europa se despedían de la competición, ‘su’ competición, y dos caminos podían trazarse: poner un punto y final a este capítulo o volver a leerlo, a ver si la historia que nos contaban es otra vez la misma. De momento, Zinédine Zidane ha vuelto a ponerse el chándal. Solo falta presenciar la segunda parte y comprobar si es igual de buena que la primera.

 

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El Manchester United se plantó en París con más gente en la enfermería que en el césped. Una decena de bajas, dos juveniles en sus filas y un 0-2 en contra no fueron suficientes para que el París Saint-Germain les tumbara ni diera por fin con la tecla que cambie a su conglomerado de estrellas en un equipo de los pies a la cabeza.

 

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Si Voltaire aseguraba que “la belleza complace los ojos y la dulzura encadena al alma”, algo así debemos sentir cuando vemos en acción a Leroy Sané. Sus zurdazos dejan por el camino miradas atónitas; la finura que el joven talento alemán despliega por el campo roba corazones.

 

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Decía Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada que “el odio y el amor son pasiones recíprocas”, y quizá nunca nadie haya representado mejor esa idea sobre el césped que Cristiano Ronaldo. Pocos han sabido sacarle tanto provecho a dos sentimientos tan dispares y a su vez tan cercanos como el portugués. Si son sus fanáticos los que le empujan a seguir siendo el animal competitivo que es a sus 34 años, son los del otro costado de la balanza los que provocan su insaciabilidad. Así lo apuntaba en sus días en Mánchester, con aquel eslogan corporativo que señalaba: “Tu amor me hace más fuerte, tu odio me hace imparable”. Entre cojones, vitrinas y hostilidades, Cristiano Ronaldo respondió con un hat-trick ante un Atlético de Madrid que despertó del sueño de disputar una final de la Champions en casa.

 

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“Estoy haciendo malabares en el borde, al límite, pero sonrisa en boca, como siempre”, cantaban Natos y Waor en Remember. Unos versos que Jurgen Klopp bien podrían hacerse suyos. Llegó al Allianz Arena, sus muchachos dieron espectáculo, se comieron al Bayern y el técnico no dejó de dibujar sus imborrables sonrisas de camino a los cuartos de final.

 

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Es sorprendente cómo nos sorprende que Leo Messi siga sorprendiéndonos. Ayer, una vez más, el argentino volvió a rompernos las cabezas cuando sentenció el partido y la eliminatoria con el 3-1. Son tantas, tantísimas, las veces que hemos visto al ’10’ deambular por el balcón del área buscando un hueco para ajustarla al poste lejano con su zurda, que cuando volvemos a verle por esos lares ya imaginamos cuál será el resultado final. Rosquita y gol. Pues no, contra el Olympique, en cambio, decidió engañar a Denayer y Marcelo, y al resto de humanos de paso. Se la llevó a la diestra, la que a Pelé no le acaba de molar, y provocó el respiro aliviado de un Camp Nou dubitativo tras un imponente primer tiempo y un inicio del segundo acto algo disperso.