De pequeños, todos hemos afrontado dilemas que determinan nuestro camino. Y en el fútbol, desde el inicio, no iba a ser menos. Seguramente, aquellos muchos atrevidos que por primera vez se han calzado las botas dispuestos a emular a sus ídolos recuerdan la pregunta trascendental que han tenido que afrontar el primer día vestidos de futbolistas, con la indumentaria impoluta y embriagados por la emoción. Aquella que, para algunos, se toma casi como un encarrilamiento decisivo hacia el éxito o el fracaso de su incipiente carrera futbolística: “Y tú, ¿de qué juegas?”, asalta casi como una duda existencial. Una cuestión a la que la mayoría, osados soñadores inexpertos, responden con un ambicioso y rotundo: “Yo, de delantero, entrenador”. A los Gerard Moreno, Iago Aspas, Rodrigo Moreno y compañía, sin embargo, la disyuntiva les resultaría hoy algo más compleja de resolver.

Y es que en los últimos tiempos hemos asistido al surgimiento de un nuevo perfil de atacante. En realidad, hace tiempo que los conocemos y disfrutamos. Pero ahora parece que su figura ha creado escuela, con sello propio, perfectamente reconocibles en los roles con sus respectivos equipos. Rodrigo, en el Valencia; Gerard Moreno, en el Villarreal; Griezmann, en el Atlético de Madrid; Iago Aspas, en el Celta de Vigo. Se les puede distinguir rápidamente del resto. Son diferentes. Campan a sus anchas. Algunos llegan empujados por la rutilante lógica del fútbol y sus innegables facultades para entenderlo. Otros, reconvertidos desde otras posiciones en las que han examinado el juego hasta encontrar su acomodo perfecto en ese nuevo espacio todavía indefinido. Lo cierto es que todos ellos comparten una serie de características que los convierten en ejemplares imprescindibles para sus conjuntos.

Son los mediapuntas disfrazados de delanteros. Delanteros vestidos de mediapunta. Sin ser ni una cosa ni la otra. Pero siéndolo todo a la vez. Futbolistas casi indetectables para las defensas que irrumpen en zonas imprevisibles, como puntas de lanza, justo en el momento necesario para dar un salto de calidad a las jugadas. Jugadores cuya claridad, visión y clarividencia en tres cuartos de campo permite a sus equipos tejer sus salidas, mejorando cada situación que pasa por sus pies. Da igual si es para ejercer de lanzadores en contraataques o como calmantes al vertiginoso ritmo de los partidos. Interpretan heavy metal y baladas con el mismo grado de acierto. No importa si es para dejar de cara y oxigenar o para abrir a los costados y proyectar a los velocistas. Su papel resulta clave en todos los contextos, capaces de desarrollar cada acción con la lucidez y la precisión de un cirujano en plena operación a corazón abierto.

 

Son los mediapuntas disfrazados de delanteros. Delanteros vestidos de mediapunta. Sin ser ni una cosa ni la otra. Pero siéndolo todo a la vez

 

Bordalás, en un registro diferente, ha encontrado su cromo en Jorge Molina, para demostrar además que esta especialidad no es sólo cosa de zurdos. El alicantino, un delantero acostumbrado a vivir en el área, ha sabido en su madurez futbolística alejarse del gol para convivir con el juego. Y lo borda cada vez que tiene que sacar algo productivo para los azulones. El Espanyol, por su parte, ha sustituido a uno de los mejores ejemplares en este arte, buque insignia el curso anterior, con su apuesta por Borja Iglesias. Otro delicado ilusionista con pinta de plantígrado. Un goleador grandullón con aspecto de jugador más bien tosco capaz de desenvolverse con brillantez rodeado de rivales, donde los espacios escasean, para aclarar jugadas e iniciar prometedores ataques. Y todo ello sin olvidar su deber de aparecer en el área cada vez que el balón ronda la meta.

Casi todos tienen uno. Y si no, se los fabrican a medida. El debate en el Madrid lleva abierto las últimas nueve temporadas, desde que Benzema serigrafió en el dorsal de su camiseta el número ‘9’. Qué lástima que no se puedan poner decimales. El francés, alumno aventajado en el oficio de genio sin balón, se ha hartado de dar cátedras a sus dignos sucesores sobre cómo convertirse en una especie de base de baloncesto. Capaz de ordenar la jugada para que sea el pívot quien machaque el aro y se lleve los aplausos una vez tras otra. A veces, incluso, sin parecer importarle no engordar su estadística como consecuencia de irrumpir en la génesis de la jugada, lejos del gol, para subir marchas a la maquinaria blanca.

Son el paradigma de la figura del ‘9’ y medio. Aunque siempre han existido, no siempre se les ha encontrado el acomodo que parecen tener hoy, aumentando su influencia en el juego, convertidos en verdaderos artistas sin perder su olfato de goleadores –casi todos por encima de la decena el curso anterior–. En muchos casos, su progresiva conquista ha permitido escapar de los prejuicios que hablaban de su supuesta incompatibilidad con un ‘9’ puro. Incluso a veces acallando aquellos que discutían su presencia por no ser ‘ni chicha ni limoná’. Si no, que se lo pregunten a Bacca, Maxi Gómez, Ángel Rodríguez, Gameiro, Diego Costa y compañía, potenciados por figuras diseñadas para preparar un aperitivo gourmet y cocinar un asado con la misma eficacia. Pese a que cuando se les pregunte “y tú, ¿de qué juegas?”, a veces resulte difícil adjudicarles un número en la pizarra que se ajuste a su inabastable despliegue posicional sobre el verde.