Caía la noche en Nápoles y la ciudad se vestía de gala. Tan colorida como siempre, acogía un partido de esos que no dejan indiferente a nadie. Da igual de qué equipo italiano seas, las batallas entre el norte y el sur suelen ser entretenidas. Los aficionados no caminaban a San Paolo con la única consigna de animar a sus jugadores. Esta vez no. La misión principal era gritar al traidor, observar con sus propios ojos que la deslealtad fue efectuada. Cambiar el “no puede ser” por un “efectivamente, puede ser”. El drama de ver a una ex pareja con otra persona caminando por la calle. Esa angustia de no sentirse correspondido sin conocer las razones por las que aquella relación terminó tan mal. Quizá la lealtad en el fútbol sea un cuento y jamás haya tenido sentido. Es la excusa que nos montamos en la cabeza para hacernos creer que nuestro jugador favorito nunca vestirá otra camiseta.

Lo que no nos queda claro es el porqué de la traición. ¿Qué hay detrás de la salida de un ídolo al equipo rival? El primer señalado, sin duda, es el propio jugador. Se suele dar el caso que tras jurar amor eterno a unos colores, terminará portando el escudo que tanto decía odiar. Frases como: “me daría vergüenza jugar para este equipo” o “en mi vida le haría eso a mis aficionados” se volverán en su contra. Son auténticos clásicos, una ley no escrita del fútbol. Cuanto mayores sean sus halagos hacia el club más cerca estará su salida. El futbolista ante el cambio tiene tres variantes para mostrarse como una víctima. Primera opción: la culpa es del entrenador por no darme minutos. Segunda opción: el presidente me obligó a salir, yo no quería. Y la tercera alternativa es una unión de ambas. Su afición no creerá sus palabras, la táctica de hacerse el mártir rara vez surte efecto. Lo típico de “es que iba borracho y no recuerdo qué es lo que hice”. Algo así. Al menos en su nuevo club será el ídolo por antonomasia. Aquel que miro a los ojos a su rival, les dijo que les quería y después se marchó con otro.

El presidente del club vendedor tampoco sale reforzado, aunque lo intentará. En estos traspasos a saber cuánto ha hecho por evitar la salida de su estrella, y si realmente tenía otras ofertas sobre la mesa. El famoso pacto de no agresión, que luego ni es pacto ni es nada. No hay nada más cierto que los futbolistas juegan donde ellos quieren, pero los presidentes tienen mucho que decir. Actuarán como auténticas víctimas y situarán al jugador como un traidor ante su afición. Mirad cómo os ha apuñalado este tipo. Aurelio De Laurentiis, presidente del Napoli, afirma que en un traspaso hay cuatro partes: los dos clubes, el futbolista y su mujer. El cineasta añade que quien mayor efecto produce es la mujer, ella es quien elige un destino u otro. No sé hasta qué punto esto será cierto, pero como en toda separación la peor parte se la llevan las terceras personas. En este caso los aficionados. ¿Qué será de aquellas camisetas de Baggio en la Fiorentina? Habrán pasado de ser la prenda más utilizada a convertirse en trapo para casa o incluso combustible de un hoguera. Al menos las de Götze se han reutilizado, no hay nada como reciclar. La solución posiblemente sea no encariñarse demasiado de los futbolistas, teniendo en cuenta que la traición algún día llegará. De este modo la dosis romántica se desvanece pero se estará preparado para el futuro. Como última recomendación: si usted acude a comprarse la camiseta de su equipo evite que porte el nombre de algún jugador. Son más caras y dan más disgustos.